No somos delincuentes
Ojo por ojo
Álvaro Cueva
2009-11-15•Acentos
Somos rehenes de nuestros diputados, pero también de nuestros bancos.
Hoy le quiero contar una historia de terror que tal vez no sea muy diferente a las que usted ha vivido, una historia que confirma lo que le acabo de decir.
Desde hace varios meses, especialmente los fines de semana, el teléfono de mi casa ha estado sonando alrededor de las 6:30 de la mañana.
En mi familia, por diferentes razones, siempre tenemos que estar pendientes del teléfono. Siempre.
Imagínese usted el impacto de escuchar el aparato a esas horas. Obviamente todos nos asustamos, nos despertamos y corremos a contestar.
¿Y quién es? Gente que llama a nombre de un banco preguntando por un tal Ricardo que, al parecer, les dio nuestro número y se fugó debiéndoles una lana.
Las primeras veces, de buena gana, yo le decía a esos ejecutivos la verdad, que no era Ricardo y que, en mi familia, nadie lo conocía.
¿Me creería si le dijera que esas personas me respondían frenéticas? Una, de plano, me exigió que llevara a la oficinas centrales del banco las escrituras de mi casa para demostrar que no los estaba engañando. ¡Ya parece!
El caso es que las llamadas jamás pararon y que, de un tiempo a la fecha, ya no nos despiertan telefonistas, nos despiertan grabaciones que nos exigen que llamemos a un número para aclarar “nuestra situación”.
¿“Nuestra situación”? ¿Cuál situación si nosotros no les debemos nada a esos señores? Ah, pero eso sí, siempre nos despiertan y nos asustan. Y, a ver, ¿quién los molesta a ellos?
Una vez se me ocurrió llamar al número de la grabación y salí regañado. Una telefonista me dijo que “la culpa” era mía por no haber investigado los antecedentes de mi número cuando me lo dieron en Telmex.
Tengo más de seis años con mi número. Imagínese usted.
Para no hacerle el cuento largo, el domingo pasado, a las 6:14 pero de la tarde, sonó mi celular. Era un telefonista del mismo banco. Se me olvidó pagar mi tarjeta de crédito y llamaba para cobrarme.
Perfecto. Debo, pago. No hay problema. Pagué. Pero me llamó la atención que ese joven me estuviera llamando a mi celular en domingo por la tarde como si fuera mi amigo íntimo y le pedí el nombre de su coordinador.
Me preguntó la razón. Yo, honesto, le dije que le iba a reclamar porque su procedimiento de cobro era irregular.
¡Bueno! Al tipo casi se le caen los calzones del susto y me comentó que no me podía dar esa información porque era “confidencial”.
Qué curioso, mi celular no es información confidencial para el banco y algo tan elemental como el nombre de un coordinador, sí. Eso fue lo que le dije.
El muchacho se molestó, me dijo que si tenía dudas que llamara a un número 01-800 e insistió, en todo momento, que él no trabajaba para ningún despacho sino para el banco.
Amor con amor se paga y yo también me molesté. No me parece que me llamen en domingo a mi celular y exigí la información. Además, en mi aparato no aparecía registrado el número de un banco, aparecía un Telcel.
El caso es que, entre más le preguntaba, peor se ponía la cosa hasta que, buscando datos, lo acusé de ser un secuestrador.
Pánico es poco. Al telefonista se le cortó la voz y me colgó.
Marqué al Telcel registrado y estaba apagado. Marqué a la línea 01-800 que me dio y entraba una grabadora que decía que esa línea sólo trabajaba los domingos hasta el mediodía.
¿Por qué si la línea del banco había cerrado a las 12:00, me estaban molestando varias horas después?
Pregunté a varios amigos y me enteré de historias peores, de gente que ha tenido que cambiar de número para librarse del acoso de los bancos, de hombres y mujeres que, cansados, jamás contestan si no es de un número conocido, y de quejas a instancias oficiales que sólo quedan en eso, en quejas.
¿A eso es a lo que nos han orillado los bancos? ¿Ahora resulta que nos tenemos que esconder de ellos? ¿Esos son los bancos que nos ayudan a progresar?
¿Por qué, a sus clientes, nos tratan como delincuentes? Estamos pagando. ¿Usted paga para que lo traten mal? ¿Usted paga para que lo confundan con otro?
Esto no puede ser. Es una injusticia, un abuso, una falta de respeto, una violación a la intimidad. ¿Lo vamos a permitir?
No cabe duda, en este país somos rehenes de muchas cosas, entre ellas de los diputados y los bancos. Somos rehenes. ¡Auxilio!
alvarocueva@milenio.com
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