domingo, 18 de agosto de 2013

18/AGO/2013 00:00 HRS

El gran fracaso

Han pasado ya 30 años desde que México inició el viraje político, económico y social hacia el proyecto neoliberal. Y a pesar del tiempo transcurrido, y de los funestos efectos de dicho acontecimiento, otro gobierno más, el de Enrique Peña Nieto, insiste en prolongar los sufrimientos de la nación mexicana al empecinarse en darle continuidad a un proyecto viejo, cuestionado en el país y en el mundo entero.
Una generación entera ha nacido, ha crecido y se ha reproducido en el neoliberalismo. Y sólo ha oído hablar de crisis, recortes, pobreza, desempleo, quiebras, inflación, deuda, devaluación, etc.
El gobierno mexicano se resiste al cambio y pretende darle vida artificial a un modelo económico que ha demostrado ser un fracaso absoluto.
En un primer momento, ese proyecto se presentó como un ajuste necesario para superar la crisis económica de 1982. Y pronto se propuso como un nuevo modelo para el desarrollo futuro, con grandes promesas de crecimiento, bienestar e incluso de entrada al primer mundo. Pero nada de eso ocurrió: las crisis continuaron, la economía no se recuperó, el país no creció, y en cambio, el nuevo modelo trajo numerosos problemas adicionales, mayor miseria y polarización.
El neoliberalismo ha exacerbado realidades lacerantes como los niños de la calle, la feminización de la pobreza, los rechazados de las universidades, la migración de millones a Estados Unidos, la inseguridad masiva, las ejecuciones por hora, la economía del narcotráfico, el crecimiento desmedido de la economía informal, el boom del comercio sexual callejero, la proliferación de la pobreza urbana, la multiplicación geométrica de los suicidios juveniles, la sequía económica del campo, la riqueza más insultante junto a la pobreza más desoladora, la era de la corrupción financiera, la ruptura del tejido social, el repunte de enfermedades que se suponían desaparecidas, así como el desánimo social y la muerte de las ilusiones de las nuevas generaciones. Eso es lo “nuevo” que trajo este modelo.
Iniciado por Miguel de la Madrid y continuado por Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Vicente Fox y Felipe Calderón, Enrique Peña se aferra a darle continuidad. Tiene ya tantos años en el poder como los que duró la dictadura de Porfirio Díaz. Y ha recibido muchos nombres: “ajuste estructural”, “política tecnocrática”, “monetarismo”,  “reconversión industrial”, ”modelo friedmaniano”, “reformas estructurales”, “modernización”, “adelgazamiento del Estado”, “globalización”, “proyecto privatizador”, “apertura”, “consenso de Washington”, etc. Pero cualquiera que sea la denominación, su aplicación ha sido dañina, lesiva, para la gran mayoría de los mexicanos. Con ella, muchos trabajadores perdieron su empleo, otros vieron disminuir su salario, otros más vieron quebrar sus empresas. El neoliberalismo le destruyó su vida a millones de mexicanos, sus seguridades, sus certezas, sus mínimos de bienestar y sus expectativas en el futuro.
A pesar de las múltiples oportunidades que este modelo ha tenido para mostrar sus bondades, los saldos han sido terribles una y otra vez. Después de cada gran reforma estructural que promete crecimiento, viene el desastre. Es un círculo vicioso que se repite.
Y a lo largo de cinco sexenios ha perjudicado a casi todos: profesionistas, intelectuales, académicos, obreros, comerciantes, ejidatarios, pequeños y medianos empresarios, pueblos indígenas, universidades, instituciones públicas, empresas mexicanas de tradición, jóvenes, mujeres. Todos han perdido, todos están damnificados. Todos…menos un grupo muy pequeño que aparece año con año desde fines de los 80s en las páginas de la revista Forbes.
La afectación que este modelo ha propiciado para la inmensa mayoría de mexicanos ha provocado respuestas muy fuertes de la sociedad. La insurgencia cívica con Cuauhtémoc Cárdenas en 1988, el alzamiento zapatista en 1994, el voto contra el PRI en el 2000 (aunque fuera canalizado por Fox), el movimiento que en 2006 y 2012 encabeza Andrés Manuel López Obrador, son irrupciones políticas por medio de las cuales los mexicanos han expresado, de una u otra manera su hartazgo del neoliberalismo.
El sistema se ha defendido como gato boca arriba para impedir el cambio de rumbo, a veces con el fraude, a veces con el engaño, a veces con el crimen, a veces con el dinero. El descontento social contra el neoliberalismo fue revertido en 1988 con el fraude electoral. Seis años después, el descontento fue replegado con el terror que inspiró el asesinato político de Luis Donaldo Colosio. En el 2000, ante la inexorable derrota electoral del PRI, el sistema fingió el cambio a través del farsante Vicente Fox. En el 2006, un sistema desesperado recurrió a todo: videos, desafuero y otra vez al fraude. En 2012, simplemente se utilizó todo el dinero que fuera necesario para comprar la presidencia de la República, y se buscó presentar el regreso del PRI como el cambio frente a los gobiernos del PAN. Pero entre Miguel de la Madrid y Enrique Peña Nieto hay una línea recta de continuidad.
Al comenzar el sexto gobierno de la era neoliberal, se reitera la obcecación, misma que se alimenta de los grandes intereses económicos, la falta de respaldo popular del gobierno, las grandes presiones internacionales y un dogmatismo ideológico que raya en el fanatismo.
El nuevo administrador del modelo transexenal nos dice que “se quitarán los obstáculos para liberar todo el potencial económico de México”. La amenaza de una acelerada realización de nuevas privatizaciones, desnacionalizaciones y ajustes sociales se oferta como el cambio, cuando se trata de un simple y llano continuismo.
Este modelo ha destruido la economía nacional, ha pauperizado a la clases medias, ha llevado a los pobres a la extrema pobreza, ha sumido a un país que creció durante más de 40 años a una tasa superior al 6% anual a un mediocre crecimiento que no llega al 2% promedio en 30 años. Pero quiere más, es insaciable, quiere otra oportunidad.
Una generación entera ha nacido y se ha perdido en el modelo neoliberal. Una nueva generación crece en el escepticismo y la incredulidad, nada espera. Las viejas generaciones ven con asombro cómo se destruye lo poco o mucho  que se creó en otras épocas: la seguridad social, la estabilidad en el empleo, la movilidad social, la unidad familiar, las expectativas de prosperidad.
Cuando Enrique Peña Nieto llega con una avalancha copiada del salinismo para imponer rápidamente las llamadas reformas laboral, educativa, de telecomunicaciones, energética, fiscal, etc., prometiendo con ello el crecimiento y la bonanza, tenemos no solo el derecho sino la obligación de decir NO, porque más de lo mismo significa más estancamiento, más desigualdad, más pobreza, más descomposición social, más delincuencia,
México tiene el derecho a cambiar de rumbo. Histórica y socialmente, está obligado a hacerlo para resurgir y darle bienestar y futuro a todos los mexicanos.
(Fragmento de mi nuevo libro: "El gran fracaso, las cifras del desastre neoliberal mexicano", editado por la Fundación Rosa Luxemburg Stiftung, Morena Cultura y la Brigada para Leer en Libertad. Puedes descargarlo gratuitamente aquí:http://brigadaparaleerenlibertad.com/programas/el-gran-fracaso/)
Twitter: @martibatres

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