COLUMNAS
París era una fiesta; la sombra de hoy
París era una fiesta, escribió y describió Ernest Hemingway en la bella novela autobiográfica póstuma, A Moveable Feast. Hoy es una tragedia. El encanto de la ciudad ideal para tantos en los años 20 del XX allí recreado y que inspira a Woody Allen Midnight in Paris, sería roto por la segunda guerra mundial.
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Francia y Europa lograron levantarse de la tragedia de las dos guerras del siglo XX y de las consecuencias de la guerra fría y del autoritarismo. El escepticismo de Albert Camus fue asimilado o superado en apariencia aprendiendo a vivir con la realidad concreta, sin ilusionarse demasiado con el futuro o el “más allá” y, sobre todo, y he allí uno de los problemas de hoy, con el olvido.
A pesar de la crisis económica como una constante amenaza a las sociedades, Europa ha logrado cierto estándar de vida para la población que tiene como modelo más álgido a los países escandinavos, a Alemania y Francia. Y aun en la pobreza o entre quienes eligen el derecho a no vivir una vida “normal”, hay cierto nivel de responsabilidad y protección por parte del estado.
Sobre todo, Europa había logrado, después de la caída del muro de Berlín, algo envidiable: que el individuo o la familia, que el ciudadano ya sin fronteras o el turista, pudieran caminar en las calles sin temor, transitar y disfrutar en paz la belleza y la complejidad de la existencia; aceptar y vivir la multiculturalidad en la geopolítica.
Y en esa apacibilidad engañosa ha ido creciendo la entraña del terror. La masacre de Oslo el 22 de julio de 2011 encontró el móvil en el fundamentalismo cristiano. El ataque terrorista del 11 de marzo de 2004 en Madrid, fue una extensión del fundamentalismo islámico que aterrorizó a Nueva York el 11 de septiembre de 2001. El acoso y el crimen oficial contra palestina también sostienen su tono en el fundamentalismo. Dejando de lado la verdad de que no ha habido mayor daño a la humanidad que el infligido por los tres monoteísmos (como ha explicado, entre otros, el filósofo francés Michel Onfray), la tolerancia ha devenido en una necesidad extraordinaria para la convivencia. Y Europa ha tratado de vivir así: se percibe en las calles y en las rutas distintas, aun en los países más atribulados económica o políticamente como España o Grecia, o en los más lejanos, como los bálticos.
Sin embargo, estos grandes actos de terror han ido multiplicándose en “pequeños” crímenes, incendios, enfrentamientos. El asesinato en las instalaciones de Charlie Hebdo y los constantes enfrentamientos de los fanáticos contra la policía parisina han sido el aviso de la masacre del 13 de noviembre de 2015 (que toma como “pretexto” inmediato la decisión de Francia de combatir el terror en Siria).
¿Cuál es el problema más serio de Europa en estos momentos más allá de tratar de resolver las urgencias cotidianas? Se percibe en las calles con marcado énfasis en el último decenio y con un acento en el presente: 1) El oleaje de inmigración que trae consigo las conexiones con el reclutamiento del terror. 2) El terrorismo fundamentalista alimentado desde los propios países de origen y que actúa como estado criminal.
No es la inmigración per se, pues Europa ha tenido que abrirle la puerta como parte de su responsabilidad histórica en los procesos de colonización y como una condición humanitaria. Sin embargo, el asesinato de cerca de 150 personas ha sido un atentado contra el Estado francés, contra Europa y contra la humanidad. El presidente Francois Hollande ha responsabilizado al Estado Islámico del atentado en al menos seis puntos simultáneos de la ciudad (ya reivindicado por éste en comunicado), del crimen de seres humanos pacíficos que no tienen como propósito sino el fluir de la existencia. Lo grave es que la seguridad sea burlada, que cualquier espacio público o privado, Le Bataclan o Charlie Hebdo, sea invadido por el terror. ¿Cómo responderán los gobiernos ante la amenaza y la filtración?
Francia ha cerrado sus fronteras. Hace bien. Quizá lo deba hacer Europa toda por un tiempo. La Unión Europea, Vladimir Putin, Barack Obama, la ONU, deberán de acordar decisiones y acciones en común. No bastan las condenas y la solidaridad. Porque el riesgo de acción criminal pesa prácticamente contra la humanidad. Un estado psíquico de terror quedó tras el 9-11. Sin duda algo similar sucederá en Francia y en la sociedad europea tras el 11-13. Y no es un fantasma lo que hoy recorre al mundo, es una realidad, la sombra, la amenaza del terror y el horror.
Se ha pedido a los parisinos algo contrario a su naturaleza vital: Que no salgan a las calles; por ahora. Y sin embargo, la fiesta de París, su belleza, su existencia artística y cultural, sus cafés y callejuelas, su condición inspiradora para la creación, para el arte y la poesía, su fluir entre sueño y realidad, no debe apagarse ni claudicar. Hacerlo sería el principio de una mayor derrota: la del súmmum cultural de la humanidad.

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