miércoles, 23 de diciembre de 2015

La muerte en Facebook, el cementerio virtual

@NietzscheAristomié 23 dic 2015 10:17
  
 
Foto propiedad de: Internet
                                                        
Facebook es un cementerio, está lleno de muertos, claro; por fortuna, sin cruces. Algunos no pudieron, otros no quisieron eliminar su cuenta antes de morir. Los primeros, porque fueron asesinados, sufrieron un accidente mortal o un ataque al corazón. Los segundos, por desinterés, desdén, decisión u olvido antes de fenecer de muerte prolongada o suicidio. Al extremo, algunos se han matado por accidente al jugar con algún arma para subir una selfie; otros han anunciado su auto aniquilamiento: La foto del instante anterior al fin no dice mucho por sí misma, antes bien hace especular en múltiples posibilidades. En tanto que algunos muertos habrían deseado cerrar su cuenta al morir, otros la han dejado como testimonio de su acción. Y al final, este panteón virtual se convierte en depositario de recuerdos y sentimientos que van del amor al odio; en éste último caso, cuando se ha tratado de algún feminicida, las víctimas del acoso (bullying), o del autor de un crimen en serie que se ejecuta a los pocos minutos de su acto.
No deja de inquietar la idea de que al abrir ciertas cuentas de amigos, conocidos, o desconocidos que llaman nuestra atención porque han sido noticia por su muerte, el difunto aparezca sonriente o sombrío en sus fotografías de perfil y portada o en los álbumes de fotos; como si continuara con vida. Hay algo de macabro en esa prueba objetiva del azar y de la intrascendencia de la vida, en esa angustia frente a la mortalidad y la finitud del individuo: la prueba de la nada.
Para proporcionarme un efímero ejemplo de la ambigüedad de la experiencia de la muerte en Facebook, cito algunos casos de personas públicas que me han hecho reflexionar sobre el asunto:
Andrew Walsh. Artista. Cantante. Su última foto de perfil es una bella toma donde aparece recostado de manera elegante y lánguida sobre una butaca teniendo como fondo la nieve invernal alemana. Agonizó de cáncer.
Hiroyuki Okayama. Cantante. Compositor. Maestro. Administrador cultural. Después del terremoto, tsunami  y desastre nuclear de Fukushima en 2011, murió de cáncer con abrumadora y doliente entereza japonesa. Su rostro afable imbricado a la imagen de una foca con audífonos y lentes de sol nos mira con gracia, interés y curiosidad.
Luis Fernando Luna. Músico. Talentoso director de coros y de un programa musical para jóvenes en Yucatán. Asesinado por un ex alumno y ex amante. Su última foto de perfil lo muestra lúgubre. Un brazo de hamaca (extremo) pareciera salir de la parte trasera de su cuello y al responder comentarios a la foto, bromea, “Mas bien parece que me voy a ahorcar! Me colgué de la hamaca”. Su muerte fue por ahorcamiento e incisiones de cuchillo en el cuello un año después de la toma.
Marco Fonz. Poeta. Se suicidó en Viña del Mar, Chile. Tras prolongada gira por Sudamérica, tomó la decisión de colgarse. Los testimonios dicen que siempre tuvo la tentación de la muerte a mano propia. Junto a la sombría foto final del perfil, la de portada presenta un autorretrato de Francisco Goitia, quien pintara “Los ahorcados”.
Nadia Vera. Activista social. Promotora cultural. Asesinada junto con el periodista Rubén Espinosa y otras tres personas en el crimen irresuelto de la Colonia Narvarte. La foto final del perfil es una amplia y hermosa sonrisa.
Injustificadamente, diciembre es un mes con muchas muertes de toda variedad. Hastío, melancolía, sobreexcitación, cansancio, exceso de comida y alcohol… No sé si haya estadística de la muerte en Facebook. Difícilmente, ya que la empresa raramente recibe notificación, certificación y prueba de los decesos con lo cual, parece, accedería a cancelar las cuentas. Lo cierto es que el panteón de esta red social crece día con día y nuestras cuentas también acumulan amigos o conocidos en el mismo.
Creo que una de las condiciones para darse de alta en la red debiera ser la de manifestar expresamente el deseo en relación a qué hacer con la cuenta una vez que se ha muerto: cerrarla o no. Una variante sería la de confiar en una persona cercanísima la voluntad respecto al punto proporcionándole la clave de acceso a la cuenta; desde un principio, ante el imponderable del azar. Sin embargo, el espacio íntimo, los mensajes siempre quedarían en una condición de vulnerabilidad. Así que más vale confiar en el mejor amigo o amiga posible; en esa persona que sabe todo o casi todo de y sobre nosotros; ¿no? Aunque ante la muerte, nada importa ya; ¿o sí?

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