jueves, 15 de diciembre de 2016

Fidel y el PRI: una relación olvidada

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Los múltiples artículos aparecidos con motivo de la muerte de Fidel Castro han omitido referirse a un tema que tuvo enorme significado para las relaciones entre México y Cuba durante el siglo XX. México fue el único país miembro de la Organización de Estados Americanos (OEA) que se negó a cumplir la resolución de la IX Reunión de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores que decidió el rompimiento de relaciones entre los países miembros de dicha organización y el gobierno de Fidel Castro. Al hacerlo, marcó un hito importante en la política exterior de México e impidió el aislamiento total de la isla. Las relaciones aéreas y marítimas proporcionaron un importante puente de comunicación para todos aquellos que viajaban hacia y desde Cuba; no fue un hecho intrascendente.
Con el mantenimiento de relaciones entre los dos países en los años difíciles de la Guerra Fría, cuando no era común oponerse a los designios de una de las dos grandes potencias, México confirmó que tenía un sitio especial en la política internacional. Era visto como el país que tenía el “derecho a disentir” de los Estados Unidos, lo cual lo singularizaba, positivamente, dentro de los países latinoamericanos. Asimismo, hizo notar la congruencia de su política exterior con su tradicional apego a principios de derecho internacional, como la autodeterminación de los pueblos, así como el respeto a causas revolucionarias que, en algunos temas, evocaban su propia revolución.
Desde otra perspectiva, el mantenimiento de relaciones con Cuba contribuyó a la estabilidad política interna del país. A diferencia de lo ocurrido en otros países latinoamericanos, el entendimiento con Fidel tuvo como una de sus consecuencias que no hubiese apoyo cubano a movimientos guerrilleros en México. Por lo contrario, Fidel fue hasta finales del siglo XX un amigo solidario de los gobiernos del PRI. Así lo hizo sentir en momentos críticos políticamente, como fue la tragedia de Tlatelolco en 1968, o las acusaciones de fraude en las elecciones presidenciales de 1988.
A pesar de fuertes polémicas respecto a la legitimidad del triunfo priista, Fidel asistió a la toma de posesión de Calos Salinas. Sectores de la izquierda mexicana todavía no lo perdonan, con la excepción del más interesado por haber sido el probable ganador, Cuauhtémoc Cárdenas, quien con motivo de la muerte del líder no ha vacilado en reconocer la grandeza de los ideales revolucionarios que persiguió.

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