lunes, 31 de agosto de 2020

La justicia social
P
ara entender la motivación de la Cuarta Transformación, debe comprenderse la noción de justicia social, olvidado a veces y mal entendido otras. Recordar el concepto, recuperarlo por haber estado ausente por mucho tiempo de la vida de México, ahora apenas entreabriendo la puerta como posibilidad verdadera de ingresar a nuestras casas, a nuestras comunidades, ya no como promesa repetida por décadas, sino como una meta al fin alcanzable.
Entender cuál es la causa profunda que nos mueve hacia un cambio, requiere volver al concepto que es la piedra angular del proceso, ahora tan atacado por una minoría pero defendido por el pueblo, entidad real, informada y atenta, que sabe apreciar una esperanza de mejora generalizada; debemos volver a la definición, que no es nueva, pero no pierde vigencia.
La justicia social una de las vertientes de la justicia a secas. En la Roma clásica se entendió por justicia la voluntad constante de dar a cada quien lo que es suyo, lo que le corresponde; y cuando la intención de alto valor ético toma carta de naturalización en el cristianismo naciente, se le define como una virtud cardinal y se le reconoce como una cualidad de la voluntad, firme y constante.
Desde entonces y hasta hoy, la doctrina distingue entre dos tipos de justicia, la conmutativa y la distributiva; por la primera se restituye a cada persona en lo individual lo que es suyo y en la otra, en la distributiva, origen de la justicia social, muy cercana al ideal del bien común, se trata de una forma más equitativa de distribuir todos los bienes de una comunidad. Es superar al máximo las desigualdades sociales y poner al alcance de todos, todo; asegurar oportunidades y acceso a las exigencias indispensables que una persona requiere para una vida digna; esto es, garantizar el derecho a casa, vestido, sustento, salud, educación, recreación, seguridad.
No hay justicia social y es necesario procurarla cuando unos pocos tienen todo en exceso y otros muchos carecen de casi todo. La injusticia se hizo patente cuando la revolución industrial, los grandes inventos mecánicos, la codicia desbordada, el li­beralismo manchesteriano, generaron a gran escala injusticia y dolor a personas, fa­milias y comunidades enteras. Entonces la repulsa al sistema, el reconocimiento de la infelicidad y dolor que provoca, dieron lugar a la denuncia y a las propuestas de cambio, surgidas desde todas partes y alentadas por muchos.
Marx, enseñó que la historia avanza a saltos, por medio del choque de contrarios; los explotados enfrentan en cada etapa a sus explotadores. Esclavos y cristianos contra la estructura del imperio romano; siervos frente a señores feudales; el estado llano, incendiando París y finalmente obreros en contra de los dueños del capital. De cada enfrentamiento nace una nueva forma de organización sustentada en la estructura económica. Marx, en El capital, cuando organizó la Internacional Socialista, cuando con Engels lanzó el Manifiesto, vio una injusticia admitida sordamente, encapsulada en las estructuras jurídicas y sociales y convocó a la revolución.
También denunciaron la desigualdad lacerante los socialistas utópicos, los creadores de sistemas ideales, pero irrealizables. Marx los hostigó por ingenuos, por creer que la justicia puede lograrse sin una lucha de clases y desde entonces, utopía equivale a un sueño inalcanzable.
Alguien más se percató de lo perverso del sistema capitalista, con otra lente, desde otra óptica; la Iglesia católica, que entre dos fuegos, como ha vivido siempre, combatió al materialismo dialéctico que niega el espíritu y simultáneamente denunció al otro materialismo, al capitalista, por injusto y por generador de miseria y dolor a gran escala. Desde ese frente, primero fue la encíclica Rerum novarum, del papa León XIII, que definió la necesidad de remediar la injusticia.
Encontramos en ella amplias consideraciones de indudable precisión, como ésta: Explotar la pobreza ajena para mayores lucros es contra todo derecho divino y humano. Uno de sus capítulos se refiere al deber del Estado de promover la justicia social, se denomina El estado debe promover y defender el bien del obrero en general. Allí define “[entre] los deberes no impropios ni ligeros de los príncipes [gobernantes], toca mirar por el bien del pueblo, el principal de todos, es proteger a todas las clases de ciudadanos por igual, es decir, guardando inviolablemente la justicia llamada ‘distributiva’”.
A este documento, a través del tiempo, han seguido otros y el papa Francisco recientemente, expresó con toda claridad que defender al pueblo no es comunismo y que la preferencia por los pobres está en el centro del Evangelio.
La justicia social, en resumen, busca evitar los abismos insalvables entre pobres y ricos, y pretende que los bienes se distribuyan con más equidad y alcancen para todos, y esto, por medio de la acción de todos, en forma pacífica y encabezada por gobernantes responsables.

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