domingo, 28 de diciembre de 2014

Sobre el (des) orden de las cosas
Rolando Cordera Campos
L
as noticias recientes refuerzan la sensación, magnificada por los medios y redes de comunicación masiva, de que el caos que irrumpiera hace tres meses con los asesinatos en Iguala no va a desembocar pronto ni indoloramente en un nuevo arreglo de gobierno y gobernanza de la sociedad y del Estado. Se dice rápido, desde la vacación a la que nos aferramos, pero no lo viven así los lugareños de la Tierra Caliente o Tamaulipas, donde todo vuelve a empezar con saldos mortales crecientes, como ocurrió en La Ruana, Michoacán, y ocurrirá en otros lares al menor descuido, ya no de la autoridad sino del mero azar.
Eso de vivir en medio de una crisis del Estado sin solución de continuidad aparente es una circunstancia que ningún mexicano vivo había experimentado. Lo peor es que el apenas nacido nuevo orden democrático no ha dado noticias efectivas de su imperio; más bien, si de algo nos enteramos diariamente es de lo contrario, de una capacidad inaudita de autodestrucción por parte de quienes deberían ser sus actores y abanderados por excelencia: los partidos y los funcionarios del Estado.
Lo que sufrimos es una fractura mayor en el orden de las cosas y, desde luego, en los términos de la ecuación en que habría de basarse nuestra convivencia colectiva después de arribar a la mayoría de edad con la transición a la democracia. A la vista de lo hecho y des-hecho en estos meses, hay que asumir que no estábamos preparados para hacer frente a la erupción de un subsuelo nutrido de devastadora criminalidad y artera corrupción; nunca satisfecho, además, con la impunidad desbordada que la propia debilidad del orden público le ha brindado por demasiados años.
Con acciones punitivas lanzadas desde tribunales erigidos al calor de la ira, se avanzará poco o nada. Peor aun, de desplegarse como Fuente Ovejuna, esta supuesta justicia popular protagonizada por una igualmente inventada sociedad civil depuradora, inevitablemente nos regresará a la fuente del desorden que nos legara el viejo régimen en su perniciosa habilidad para sobrevivir, pero la sociedad contará con disposiciones y capacidades muy mermadas para, de nuevo, intentar arreglar las cosas por la vía gradual del ajuste legislativo.
Este pernicioso culto al eterno retorno, más que mito parece rito de iniciación interminable para un régimen que se decretó superado apresuradamente, sin que los oficiantes de su muerte se hayan tomado el mínimo cuidado y el tiempo indispensable para por lo menos imaginar su relevo. De aquí el vacío institucional y la rutina discursiva que marcan la hora actual y amenazan con volverse un corrosivo sentido común del despropósito.
No hay como sembrar en tierra ensalitrada o pantanosa para recoger frutos no deseados. Tal es la ley profunda y vieja de la tierra a la que habría que haber visitado antes de tanta aventura dizque estructural. Pero en su lugar nos engolosinamos con la reverencia al mercado que, para neoliberales y corifeos, era la veravuelta a lo básico, para desde ahí conquistar una modernidad cosmética, de opereta.
Pasó hace muy poco, pero ya fue debidamente registrado en el archivo muerto del desvarío republicano: la ruptura del quórum por parte de los senadores panistas, junto con la cansina astucia de los priístas que han hecho del cultivo yucateco su práctica parlamentaria por excelencia, dejó en el buzón la reforma política del DF, las reformas legales indispensables para dar al salario mínimo un mínimo de dignidad y coherencia y el examen de las propuestas presidenciales en materia de seguridad pública y corrupción. Nada más y nada menos. Como si nada pasara o hubiera pasado.
Sin preocuparse demasiado por las implicaciones de sus excesos, estos legisladores nos dieron en una sentada una clara sinopsis de lo que nos pasa: los representantes sólo se representan a ellos mismos y se guían por sus humores o disposiciones a la servidumbre. Por su parte, tristes o resignados ante tanta ignominia, los mandantes se descubren huérfanos de cualquier capacidad para ejercer su ciudadanía, tanto en el plano civil como en el político. Para no mencionar de nuevo lo que ocurre en lo económico y social, donde desde hace mucho, imperan el desprecio absoluto del poder de la riqueza por los derechos consagrados y la subordinación abierta del Estado ante el ejercicio plutocrático cotidiano de tal poder, cuya única ley de referencia es la del más fuerte.
Rehabilitar el Estado implica rehabilitar la política, lo que obliga a no recaer en la ilusión de que, como está, como nos la dejó la transición, se puede salir del hoyo. Si los partidos renuncian a su condición de entidades de interés público y embisten a diario contra la legalidad a la que se deben y ponen en jaque al INE y al Congreso de la Unión; si el Ejecutivo desdeña el marco federal, pero no contribuye a gestar un orden sustituto efectivo para la recomposición del pacto fundacional; si el sistema judicial coadyuva a la reproducción de la impunidad al liberar culpables con cargo a sus propias deficiencias procesales, inadmisibles como se ha mostrado que son; si los hombres de la riqueza concentrada se dedican al chantaje vulgar y, a cambio de su fantasmal apoyo, piden la rendición fiscal del gobierno, coreados por la izquierda y la derecha; si estos son los términos de la ecuación que gobierna nuestro intercambio común, entonces no hay política normal que aguante.
Sólo con un cambio constitucional profundo y extenso, que nos lleve pronto a un nuevo arreglo para el ejercicio del poder, podremos plantearnos esa rehabilitación de la política como práctica superior que es indispensable para recomponer nuestra convivencia como Estado. En España se dieron un nuevo rey, quien parece haber encontrado el hilo de Ariadna y convoca a sus ciudadanos a arriesgar seguirlo para salir del laberinto. Pero aquí no hay siquiera ranas pidiendo monarca, sino un circo de tres pistas para actuar y repetir hasta el cansancio una simulación que nos llevó no sólo a perder el orden de la cosas que alguna vez imaginamos promisorio, sino a caer en el peor de los desórdenes, el que empieza por ser mental y acaba por ser desorden moral que, de continuarse, será letal.
Con todo y por todo, feliz año nuevo… y porque Conaculta y la SEP cumplan con sus deberes legales y constitucionales y le paguen a los muchos que les deben.

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