sábado, 28 de diciembre de 2019

AMLO y los obradoristas: yo, el pueblo
P
ara continuar las reflexiones sobre el régimen que emergió en las elecciones de 2018 tomaré ahora un atajo conceptual para analizarlo en un marco teórico específico. Por un lado, he citado y continuaré utilizando algunos conceptos claves de Antonio Gramsci.
Ahora me concentro en los libros de Nadia Urbinati. El primer texto que leí de esta autora fue una introducción llamada Otro socialismo al libro traducido del italiano del escritor Carlo Roselli Socialismo liberal (Princeton, 1994), en el cual, siguiendo a este gran activista antifascista asesinado en los años 30 en Francia donde estaba refugiado, señala que para Roselli la legitimidad del socialismo liberal descansa en la convicción que tiene en la fuerza moral para continuar el camino abierto por el movimiento liberal.
Democracia desfigurada (2018), quizás uno de los textos más sofisticados escritos recientemente, parte de la democracia como una diarquía compuesta por voluntad (que significa, para la autora, el derecho a votar y los procedimientos e instituciones que hacen posible ese derecho) y opinión (que significa el ámbito extrainstitucional de las opiniones políticas). Señala que las sociedades son democráticas porque prometen que las elecciones y el foro de la opinión pública constituyen a las instituciones en el asiento del poder legítimo y objeto de control y escrutinio. La insatisfacción con el desempeño de los procedimientos democráticos lleva a la autora a analizar deformaciones de la democracia que denomina sucesivamente: los giros epistémicos y no políticos de la deliberación, la reacción del populismo y el plebiscito de la audiencia en contra de la democracia representativa.
Los tres fenómenos son relevantes para el momento actual. De la primera deformación me interesa subrayar que no se refiere sólo a la suplantación de las instancias representativas por órganos de expertos –el clásico gobierno tecnócrata–, sino a la intención de ampliar la esfera de las decisiones despolitizadas y la concepción de una autoridad que apela a la legitimidad en los resultados y no en los procedimientos por medio de los cuales es designada. Para Urbinati lo anterior está basado en la idea de que electores y representantes electos son inadecuados para tomar decisiones correctas, porque están contaminados por la política. La discusión no implica que se hagan de lado las opiniones técnicas o se subestime el papel de los expertos en los gobiernos democráticos, sino en evitar que en esas discusiones técnicas se elimine la participación ciudadana. Es decir, cómo fortalecer la deliberación pública para combatir desde ahí el discurso de la antipolítica.
Las otras dos deformaciones han sido tratadas de manera más amplia en su reciente libro Me the people (Harvard University Press, 2019) En este texto argumenta primero que el populismo emerge de las entrañas de la democracia: no busca suprimirlo como los fascismos o las dictaduras totalitarias, pero sí busca deformarlo. Si bien las elecciones son el elemento central de legitimidad para el populismo, las deformaciones ocurren en el segundo ámbito de la democracia, que es el foro de la opinión pública.
El argumento central de Urbinati distingue entre movimientos populistas y el populismo como gobierno, entre el tránsito de una narrativa contra el establishment –antisistemismo– y un discurso antipolítica; hacia una narrativa, en el poder, que apela al pueblo. Define el populismo como un antipartidismo que convierte la representación en una estrategia para crear una autoridad central que postula hablar en nombre del pueblo todo mientras que realidad es incluyente de un segmento amplia de éste, pero es excluyente de otros segmentos. Para ilustrar sus reflexiones analiza dos movimientos populistas europeos: el movimiento Cinco Estrellas, de Italia, y el Podemos, de España.
Seguiré con estas reflexiones en mi próxima entrega.
Twitter: gusto47

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