PEDRO MIGUEL.- Sigo reflexionando sobre el episodio de Culiacán y considero necesario ahondar sobre la entrada anterior. Ahí va.
“Humillación”, “derrota”, “falta de huevos”: las expresiones favoritas de la reacción oligárquica para denostar la actuación del gobierno en Culiacán. Estamos ante un machismo táctico como sucedáneo de programa y ante la añorante identificación con Calderon, quien recurrió a la extrema violencia de Estado extrema para eludir su propia pequeñez y su insignificancia existencial.
Es la conducta instintiva del reptil que reclama su territorio, del perro que marca el suyo y del macho cabrío que en presencia de un rival desafiante no ve más salida que la aniquilación. Al margen de esa testosterona primaria y reivindicativa (o de esas infancias de niños maltratados y vulnerados en su dignidad), la vida es más compleja que la disyuntiva entre ser derrotado o aplastar al adversario a cualquier costo.
No todos los rivales, adversarios o enemigos desaparecen por un acto de voluntad: la mayor parte de las veces su existencia impone una convivencia necesaria para dirimir el conflicto por vías distintas a la violencia armada. El cobrar conciencia de ello es el principio de una decisión de construir la paz.
Hay antagonismos políticos, ideológicos y legales mucho más exacerbados e infranqueables que el existente entre el Estado mexicano y los cárteles de la droga. Por ejemplo, el que hubo entre el régimen racista de Pretoria y los movimientos negros de liberación en Sudáfrica. O el que hubo entre los militares de El Salvador y las organizaciones guerrilleras: para los primeros, las segundas eran terroristas y estaban fuera de la ley; para las segundas, los primeros eran genocidas y merecían ir a juicio por crímenes de guerra. Pero acabaron negociando.
A pesar de las descargas de testosterona que exigen la continuación de una guerra frontal y estúpida, hay un hecho evidente: la delincuencia organizada no va a ser derrotada por medio de la violencia y ha llegado el momento de adoptar una concepción radicalmente distinta. Pero más allá de esa testosterona primaria y reivindicativa, las decisiones del gobierno de la 4T ante la crisis de Culiacán son totalmente congruentes con el cambio de paradigma en materia de drogas, criminalidad y seguridad pública.
Algunos tienen dificultad para entender esa congruencia porque la Estrategia Nacional de Paz y Seguridad ha sido muy poco leída. La histeria opositora ha reducido la discusión a uno de los 8 puntos de ese documento: la creación de la Guardia Nacional. Otros, simplemente encontraron en lo ocurrido en Culiacán una oportunidad para hacer campaña en contra del gobierno de López Obrador y se esfuerzan por aprovecharla al máximo.
Para finalizar, creo que la violencia no resuelve ningún problema y para emprender o continuar una guerra no se necesitan “huevos”, como lo han estado clamando los calderonistas; sólo se requiere un cerebro muy poco evolucionado y una derrota de la neurona a manos de la testosterona.
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