domingo, 16 de septiembre de 2018



Y si la corrupción mata, los corruptos más que simples ladrones son asesinos. Foto: Cuartoscuro.
Leo en los periódicos sobre el ultimo escándalo de corrupción de este régimen al que quedan apenas un poco menos de tres meses de vida. “Me atacan, dice Rosario Robles en el colmo del descaro, porque mi nombre vende”. No, señora, -le respondo en Twitter- se le señala como corrupta porque usted se vende al mejor postor y porque usted y sus cómplices se han enriquecido desviando dinero de los programas sociales. “Que me investiguen hasta por debajo de las piedras”, vuelve a declarar la funcionaria. Los medios trivializan el asunto, los columnistas que sirven al régimen tratan de vender la idea de una vulgar vendetta política y a mí los 220 caracteres me quedan cortos y me siento frente a la máquina a escribir con rabia.
Los muros de la Casa Blanca, ese “proyecto matrimonial” de Enrique Peña Nieto, están manchados de sangre. Otro tanto sucede con los muros de las muchas casas, departamentos, ranchos y haciendas de Javier Duarte o con los muros de las propiedades mal habidas de cualquiera de los integrantes de esa legión de gobernantes, funcionarios como Rosario Robles, jefes militares y policiacos, jueces y fiscales que, por décadas, se han enriquecido gracias al saqueo sistemático e impune de las arcas nacionales.
Manchados de sangre inocente están también los muros de las mansiones de los traficantes de influencias y de los empresarios deshonestos cuyas fortunas se han multiplicado exponencialmente gracias a las concesiones obtenidas ilegalmente, a los contratos conseguidos a punta de sobornos, al saqueo de los bienes nacionales. Sus yates, sus aviones privados, sus flotillas de automóviles de lujo, sus casas de playa, sus viajes por el mundo se han pagado con sangre.

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