jueves, 20 de agosto de 2020

Lozoya no es Bejarano: la torre de naipes que salpica a la 4T y hunde a Cabeza de Vaca

Miguel Barbosa Huerta.Cortesía

Lozoya es un caso más grande: no es sólo una persona, es toda una clase política que compra y vende dignidades

Se ha filtrado una versión pública de la denuncia realizada por Emilio Lozoya ante la FGR contra quienes fueran sus amigos, socios, compañeros y hasta su jefe: el ex presidente Peña Nieto.
Ojalá quedara ahí. La denuncia de Lozoya desnuda tan solo una parte del engranaje político que funciona con una simplona lógica empresarial, y deja en evidencia al fichaje que, dentro del idílico sistema de pesos y contrapesos, utiliza su parcela de poder para colocar a la venta y rematar las poquitas facultades legislativas.
Dos personajes dan cuenta del entretejido de corrupción y los sobornos por parte de la brasileña energética Odebrecht para campañas presidenciales: Miguel Ángel Barbosa, gobernador de Puebla, y Francisco García Cabeza de Vaca, gobernador tamaulipeco.
Aunque Lozoya ha dicho en innumerables ocasiones que fue presionado por sus superiores para aceptar sobornos y hacerlos circular, la relación de amistad y complicidad entre los directivos de Odebrecht, así como entre el equipo más íntimo de Peña Nieto, deja claro que esto no solo trata de dinero, sino también de favores.
Favores que seguramente el lector, como persona común y corriente, ni la que escribe tendrían. Barbosa ha sido ya un fichaje lamentable. Desde su carencia moral en Puebla para hacerse de la gubernatura, hasta la constante necedad al momento de enfrentar realidades como la Covid-19 y el machismo, Barbosa ha demostrado quitarle más a la 4T de lo que le pudiera aportar.
Ha incomodado hasta al propio presidente con respuestas cínicas ante los cuestionamientos por su Informe de Gobierno, cuando a declarado que él, como Andrés Manuel, haría un informe “cuando quiera”, ignorando el mandato legal. Pero todo eso, definitivamente, son nimiedades ante el peso de la realidad: Barbosa no tendrá consecuencias legales ―ni investigación, siquiera― por sus vínculos, tráfico de influencias y favores recibidos por parte de Lozoya.
Según la denuncia filtrada por parte de la propia defensa de Lozoya, el actual gobernador de Puebla no se menciona implicado en el pago de sobornos por 100 mil dólares que están investigando.
Aparece implicado en la petición de “un favor” para su hermano, arrancado casi casi a la fuerza, pues al menos en lo presentado por Ciro Gómez Leyva, Barbosa, cuando era senador por el PRD, habría solicitado dinero para no “alborotar” a su grupo parlamentario y un cambio en las instalaciones de Pemex para ser enviado hasta la Ciudad de México.
De los panistas, ni hablar. Si es que un partido se tomó muy en serio aquello de ser “empresarios” fueron ellos, que sustituyeron las empresas por el sicariato de la democracia. A pesar de que cada acusación tendrá que ser confirmada por la Fiscalía, la red de implicados es demasiado clara e íntima ―hasta los equipos más cercanos― como para pensar que los asistentes y asesores técnicos fueron los únicos corrompidos.
El gobernador Francisco Javier García señaló como sus representantes legales a tres abogados: Roberto Gil Zuarth, otro de los implicados en esta red de corrupción, y a conocidos de Collado, el abogado que continúa en prisión.
POR CIERTO. Mucho han tratado de comparar a Emilio Lozoya con René Bejarano, pero sus casos fueron muy distantes. Bejarano estuvo en prisión por el escándalo de las ligas casi un año, pagó fianza, reparó daños y su vida política estuvo estancada por años. Gustavo Ponce estuvo 10 años en la cárcel. El golpe a Bejarano tenía como fin darle, en 2004, al entonces jefe de Gobierno, Andrés Manuel López Obrador. Nunca se supo si fue trampa o fue práctica cotidiana, que, como fuera, es condenable.
Pero Lozoya es un caso mucho más grande: no es sólo una persona, es toda una clase política que compra y vende dignidades, que aspira a la democracia de los negocios y a la competencia desleal con los verdaderos empresarios.
Lo más triste es que el único parecido entre Lozoya y Bejarano, es que en México la justicia es selectiva y la santa inquisición de las redes sociales, la opinión pública y los medios tan sólo se aparece cuando hay VOLUNTAD POLÍTICA. ¿Cuántas otras reformas salieron a billetazos y a quienes beneficiaron? Tal vez un día lo sabremos.

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