La pinche vieja del perrote
El arte se degrada con el tiempo. Es lo que ha sucedido con la tragedia griega, por ejemplo. Y más que en su variante ática -que de Eurípides se decanta en una línea que arriba a Shakespeare y se extiende al teatro moderno-, en su versión más antigua –encarnada por Sófocles y Esquilo-, que no encuentra expresión posterior sino en el mutilado arte de la ópera, esa “imitación simiesca” del drama antiguo, según Nietzsche.
Una prueba de tal degradación, es este texto.
Apareció en el horizonte de la acera recién inaugurada. Una silueta sinuosa jalando detrás de sí a un gran animal. Imagen atrayente, ropa ajustada oprimiendo una figura curvilínea, melena ensortijada teñida, tipo amulatada o caribeña poco común en la ciudad de México con un trasero redondo, opulento, aunque con una cualidad de artificio que lo hacía ver, si no poco apetecible, dudoso. Pasó junto a mí destilando el olor de un perfume dulce e incisivo. Asido a su mano, un perro enorme, prieto, que tras mirarme a los ojos se detuvo a los pocos árboles a mear y a los pocos metros a cagar sobre el aún fresco y orgulloso pavimento recién construido.
La vi 3 o 4 veces durante la semana; siempre sola, con el chucho detrás dejando el rastro de su existencia y de la irresponsabilidad de su dueña, como hacen tantos otros canes según denuncian sus vestigios en las bases de las plantas y los árboles y, en realidad, en infinidad de calles, parques y barrios de la ciudad al grado de producir extraños personajes, como los asesinos seriales mataperros.
Más que por su provocadora cualidad femenina, quise hablarle por el perro, señalar su falta. Algo que he hecho con otros ciudadanos a quienes he recriminado o felicitado cuando recogen la materia fecal de sus mascotas. Aunque ella me dirigió algunas sugerentes miradas de soslayo, no me atreví.
Una vez, cerca de la media noche, me adentré un poco demás en el arrabal de la colonia para comprar unas cervezas. Y de pronto, la vi venir hacia mí, sola; pero sin el can. Venía a la tienda en que yo compraba. Por un momento pensé en su aspecto de frescura sin reparar demasiado en el aparente artificio del trasero; segundos después, pensé de nuevo en la posibilidad del saludo de aproximación; no obstante, un tercer momento me arrojó la imagen de los orines y las cacotas del enorme terranova (muy lejos del mínimo y curioso pomerania). Pagué y me fui.
Al día siguiente hablaba con el “poli” del edificio sobre el hartazgo de los perros cagones y sus propietarios. También del asco en que se había convertido la nueva acera. Una vecina llegó y se solidarizó en la queja. Les comenté de la mujer recién aparecida en la semana; describí a la mulata y su animal.
_¡Ah, sí!, dijo la señora, ésa pinche vieja del perrote, ya la he visto.
_Me he contenido de decirle sus cosas, o denunciarla a las patrullas cuando pasan, afirmé combativo.
_ ¡Uy!, mejor ni diga nada, joven, se precipitó el “poli”, ni se meta. A lo mejor los patrulleros son hasta sus cuates, a lo mejor la protegen.
_Pues sí, agregó la señora, si se le ve muy, muy. Quien quita y está metida en cosas de drogas, que sea de esas que andan vendiendo por aquí. Déjelo así mejor, joven.
En ese instante apareció frente al edificio, parsimoniosa, la mujer con el formidableanimal prendido, contento y amoroso, a su correa; dispuesto a la tarea fisiológica cotidiana.
Subí a mi estancia y desde el balcón me asomé a la acera delineada por la calle y un prolongado muro. Entonces me reanimé en la posibilidad de hablarle en la próxima ocasión que la encontrara. Sin embargo, una reflexión más detenida me llevó a la momentánea conclusión de que si bien podría ser capaz de recrear ciertas variantes de los capítulos II y III, dentro de los experimentados por Dmitry Dmitrich Gurov, Anna Sergueievna y su lindo perrito blanco de pomerania, me sería intolerable transitar por el número IV y su terrible perspectiva.



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