lunes, 7 de enero de 2019

COLUMNAS

A propósito de #Venezuela, sobre la política exterior mexicana

@NietzscheAristolun 07 ene 2019 14:18
 
  
 
Nicolás Maduro,
Nicolás Maduro,
Foto propiedad de: Internet
A raíz de la nueva “embestida” de los adversarios de López Obrador por la postura oficial del Estado Mexicano de no firmar el Acuerdo de Lima que exige desconocer al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, como mandatario de ese país (ratificado por la OEA), publico un extracto sobre política exterior mexicana proveniente de un ensayo al que ya he hecho referencia en este medio. Jaime Torres Bodet, los Contemporáneos y la dorada prisión de la burocracia (de próxima aparición) que es una revisión y actualización de mi tesis universitaria, Obra diplomática y educativa de Jaime Torres Bodet. Contrario al Acuerdo, México ratifica su política constitucional de no intervención y autodeterminación, y propone diálogo y mediación, no aislamiento. Este fragmento contribuye, me parece, a contextualizar el argumento del presidente mexicano.

II. La diplomacia: Camino a la Secretaría de Relaciones Exteriores

La política internacional, totalidad de interacciones de las políticas particulares, no sólo de los Estados, también de otros organismos sociales, económicos, culturales, etcétera, de carácter internacional, es una realidad que en su  contenido expresa, como una de sus partes, a la política exterior. Esta comprende, en términos generales, el cuerpo de acciones y actitudes que un Estado soberano asume ante otros Estados y/o frente a ciertos acontecimientos que implican terrenos formales y no formales, más allá de su control.
   Desde antiguo, los pueblos adoptaron un modo particular ante los elementos extranjeros a través del Derecho de Gentes. En el siglo XIX y, sobre todo, después de la mitad del XX, se consolidaron los departamentos, ministerios o secretarías  estatales dedicadas en exclusivo a los asuntos exteriores, generándose así una intensa actividad internacional a través de ellos. Al contemplar el fin de la Primera Guerra Mundial, Woodrow Wilson propuso que los Estados realizaran una “diplomacia abierta”. Contenida en sus célebres “14 puntos”, la propuesta fue adoptada por la Sociedad de Naciones, pero no fue sino hasta la creación de la Organización de las Naciones Unidas donde alcanzaría su madurez, cuando se hizo posible la proliferación de organismos internacionales representativos de los diversos Estados. Además, se publicaron Convenciones, Acuerdos, Tratados,…
   De acuerdo con el investigador e internacionalista Mario Ojeda, (1) en el México posrevolucionario se dieron dos períodos diferenciados y uno de transición en su política exterior en general y en el área diplomática en particular. El primero de ellos, calificado de “diplomacia tradicional”, va desde los gobiernos surgidos de la Revolución hasta el sexenio de López Mateos, durante el cual, junto con el de Díaz Ordaz, se da un proceso de transición al segundo período. Este se inicia con Echeverría y se caracteriza por una actividad constante y, en gran medida, independiente de la diplomacia de otros países y de los Estados Unidos en particular. Una cuarta etapa puede identificarse cuando la política exterior comenzó a cambiar esta tendencia independentista. Desde el sexenio de Miguel de la Madrid y acentuadamente durante el gobierno de Salinas de Gortari, se inició una postura conciliadora y de arriesgada genuflexión ante el gobierno estadounidense. Fenómeno manifestado en la renegociación de la deuda externa mexicana y en la concreción del Tratado de Libre Comercio. Pese a todo, la política exterior mexicana, basada en principios de la ONU de respeto a la soberanía y la autodeterminación de los pueblos, se mantuvo cuando menos en el plano del discurso internacional. Con el arribo del Partido Acción Nacional al poder (cuyo fracaso inevitable advirtió Daniel Cosío Villegas desde 1947) y el posterior regreso del PRI, se distingue una quinta etapa en la que la incorporación de México al interés norteamericano es total (y en simultáneo, se registra un distanciamiento de Latinoamérica y las causas históricas compartidas; es decir, una claudicación del pasado y el futuro), cuando a éste se le han concedido una por una sus exigencias. En particular, la guerra contra el narcotráfico y la reforma constitucional para permitir procesos de privatización de los recursos energéticos, cuando al país se le ve ya no sólo como zona de seguridad estratégica, sino prácticamente como el “patio trasero” de Norteamérica (el famoso e indispensable backyard de las casas gringas, o sea, el culo de los gringos), cual estableciera el riguroso internacionalista Adolfo Aguilar Zínser; lo que habría de costarle, exigida por Vicente Fox, la renuncia al cargo de embajador mexicano ante la ONU.
   La primera etapa está cubierta por dos principios que fueron tradicionales e irrestrictamente respetados por la política exterior mexicana: la autonomía (o autodeterminación) y la no intervención en los asuntos internos de los estados  considerados soberanos, o susceptibles de serlo. (2) Principios de derecho internacional, tienen un matiz defensivo, sugiere Ojeda. La explicación a la actitud defensiva de México se encuentra en su propia Revolución. Las revoluciones, tan inquietantes como resultan (hoy, casi piezas de museo), atraen, más que amigos, adversarios. México, revolucionario al interior mas conviviendo en un mundo fundamentalmente conservador, tenía que ser cauto hacia el exterior. Siempre y cuando sus intereses no se vieran amenazados, los gobiernos mexicanos de este período de “diplomacia tradicional” se mantendrían al margen de una actividad internacional sólida. Este lapso diplomático incluye más de cuarenta años; 19171958. Comprendió la participación de diplomáticos que validaron el discurso de la Revolución y sus “revolucionarios”. También contó con la de aquellos “disidentes” e inconformes, retirados o exiliados de la política nacional. Gente valiosa como Alfonso Reyes, Martín Luis Guzmán, Enrique  González Martínez, Genaro Estrada, Jaime Torres Bodet, Isidro Fabela, Ezequiel Padilla, Luis Quintanilla, Manuel Tello, José Gorostiza, Narciso Bassols, Castillo Nájera, entre otros. Políticos importantes como Marte R. Gómez y Portes Gil, desfilaron también en el servicio exterior mexicano de aquellos años.
   En este cuadro y en este tiempo destacaría, como pocos, Jaime Torres Bodet. Uno de los diplomáticos mexicanos más lúcidos e importantes de la historia del país, su participación en diversas representaciones de México, su arribo a la Secretaría de Relaciones Exteriores y su designación como director general de la UNESCO, demostrarían ampliamente su valor. El poeta representa, por su obra práctica y escrita, uno de los abrevaderos de la contribución mexicana al Derecho y la Política Internacional. A partir de sus discursos y ensayos (esencialmente sus Memorias), es posible teorizar y ejemplificar con casos y datos concretos los aspectos más relevantes de la política externa del México de este período de la historia.

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