CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- A dos meses de las elecciones, la avidez de poder está en su apogeo. Los aspirantes a presidir las instituciones nacionales se regodean en el estruendo y los insultos, prescindiendo de proponer ideas sensatas y soluciones viables para enfrentar los complejos desafíos derivados de la responsabilidad de gobernar. Eso sí, prometen todo sin decir cómo pretenden lograrlo, ni mucho menos haber analizado con rigor la pertinencia y las consecuencias de lo que ofrecen. La única meta es obtener la mayor cantidad de votos, a como dé lugar. La mercadotecnia ha desplazado por completo al pensamiento y la ética.
Obnubilados en la vorágine de sus campañas, los candidatos han ignorado el factor que da origen al atraso político y socioeconómico del país: la carencia de un auténtico Estado de derecho. Ninguno de ellos se ha dado cuenta de que los temas centrales de sus proyectos –corrupción e impunidad, pobreza y desigualdad, inseguridad, violencia y crimen organizado, democracia traicionada y suciedad electoral, baja calidad de la educación, economía informal, e incluso la baja productividad y el deficiente crecimiento económico– tienen una raíz común: la ausencia del imperio de la ley.