A diferencia de los humanos, el resto de los animales no son lujuriosos y su sexualidad está indisolublemente supeditada a la reproducción. Se limitan a practicarla en los periodos de celo de las hembras, que en muchas especies son anuales, y tanto ellas como ellos pasan el resto del año con la mente ocupada en otras cosas como cuidar crías, comer y sobrevivir.
Si creen que el párrafo anterior es cierto y que Dios formó a sus criaturas para que siguieran el estricto canon bíblico, lamento decirles que han estado viviendo en algún universo paralelo o, cuando menos, en un mundo anterior a 1999.
Piensen, para empezar, en los bonobos, que se la pasan en el cojín; en los conejos, que son verdaderamente adictos a reproducirse; en los perros, que andan copulando hasta con los muebles, y en los cerdos, que gozan (o padecen) de orgasmos de 30 minutos, razón por la cual tienen fama de batidos.
En ese año de 1999 el biólogo canadiense Bruce Bagemihl publicó su ya clásico “Biological Exuberance: Animal Homosexuality and Natural Diversity”, una formidable recopilación crítica de observaciones etológicas con la que se demuestra que a la naturaleza le valen madre nuestros archiveros de cartón en los que clasificamos “hembras”, “machos”, “mamás”, “papás”, “damas” y “caballeros”.
Además de exponer prácticas homosexuales y bisexuales habituales entre invertebrados, vertebrados y mamíferos superiores, el libro le asesta un golpe demoledor al vínculo presuntamente indisoluble entre sexo y reproducción que muchos daban como axiomático en el mundo animal, en donde los individuos le dan vuelo a la hilacha, se trepan al guayabo, le ponen, o como quieran decirlo, fuera de sus ciclos de celo y apareamiento.
Según el texto de Bagemihl, los animales se masturban solos o en compañía, emplean objetos para dar y darse placer, practican el sexo oral y anal a discreción, simulan ser del sexo que no son, otorgan favores sexuales a cambio de comida y refugio, conforman parejas estables o fingen que las conforman, se son fieles o se son infieles, se separan, se arrejuntan y establecen familias alternativas. Más inquietante aun, los bichos no humanos perpetran actos que en nuestra especie son considerados delictivos o cuando menos aberrantes, como el abuso sexual de las crías, la violación, el incesto y el sexo en grupo.
Durante milenios, las organizaciones clericales (y no solamente la católica) han estado jode y jode con que la homosexualidad es “contra natura”. Pero Bagemihl demostró que Natura es plurisexual y ahora curas, ministros, ayatolas y rabinos no tienen más remedio que adoptar la postura contraria y condenar las prácticas que no les gustan (al menos en público) con el argumento de que constituyen una expresión de “animalidad” o, más fuerte y tonto, de “bestialidad”.
Poco después de la aparición de “Biological Exuberance” vio a la luz otro libro que cuestionó seriamente una idea esgrimida en nombre de la ciencia, de Darwin en adelante, que asumía como natural la promiscuidad preponderante entre los machos y la monogamia mayoritaria entre las hembras; es una noción que dominó por más de un siglo los estudios del comportamiento sexual animal, tal vez porque que tales estudios fueron escritos principalmente por hombres, y es falsa.
“Promiscuity: An Evolutionary History of Sperm Competition”, de Tim Birkhead, un ornitólogo inglés que exploró la despiadada competencia sexual en la que viven más o menos todos los organismos animales del planeta –hembras y machos–, sean moscas, aves o peces, para asegurar el predominio de sus genes. Aunque a primera vista el enfoque de Birkhead podría parecer antagónico al de Bagemihl –porque el primero se mantiene en la idea de una sexualidad al servicio de la reproducción–, ambos autores convergen en la certeza de que hembras y machos convergen en igualdad de intensidades en el furibundo cogedero en el que vive el llamado Reino Animal.
Los textos que menciono tienen ya dos décadas de publicados, pero la ciencia camina rápido y en ese tiempo la vida no me ha permitido enterarme de novedades en estas materias, así que tal vez tanto Bagemihl como Birkhead estén ya superados o incluso desacreditados por estudios ulteriores en los que se asiente sin lugar a dudas que los religiosos tienen razón y que la biología es un monasterio carmelita en el que los individuos se atienen a conductas rectas, morales y acordes con los principios del Señor. Si es el caso, que vengan biólogas y biólogos a cagotearme; tengan por seguro que admitiré mi atraso y mi ignorancia.
Si creen que el párrafo anterior es cierto y que Dios formó a sus criaturas para que siguieran el estricto canon bíblico, lamento decirles que han estado viviendo en algún universo paralelo o, cuando menos, en un mundo anterior a 1999.
Piensen, para empezar, en los bonobos, que se la pasan en el cojín; en los conejos, que son verdaderamente adictos a reproducirse; en los perros, que andan copulando hasta con los muebles, y en los cerdos, que gozan (o padecen) de orgasmos de 30 minutos, razón por la cual tienen fama de batidos.
En ese año de 1999 el biólogo canadiense Bruce Bagemihl publicó su ya clásico “Biological Exuberance: Animal Homosexuality and Natural Diversity”, una formidable recopilación crítica de observaciones etológicas con la que se demuestra que a la naturaleza le valen madre nuestros archiveros de cartón en los que clasificamos “hembras”, “machos”, “mamás”, “papás”, “damas” y “caballeros”.
Además de exponer prácticas homosexuales y bisexuales habituales entre invertebrados, vertebrados y mamíferos superiores, el libro le asesta un golpe demoledor al vínculo presuntamente indisoluble entre sexo y reproducción que muchos daban como axiomático en el mundo animal, en donde los individuos le dan vuelo a la hilacha, se trepan al guayabo, le ponen, o como quieran decirlo, fuera de sus ciclos de celo y apareamiento.
Según el texto de Bagemihl, los animales se masturban solos o en compañía, emplean objetos para dar y darse placer, practican el sexo oral y anal a discreción, simulan ser del sexo que no son, otorgan favores sexuales a cambio de comida y refugio, conforman parejas estables o fingen que las conforman, se son fieles o se son infieles, se separan, se arrejuntan y establecen familias alternativas. Más inquietante aun, los bichos no humanos perpetran actos que en nuestra especie son considerados delictivos o cuando menos aberrantes, como el abuso sexual de las crías, la violación, el incesto y el sexo en grupo.
Durante milenios, las organizaciones clericales (y no solamente la católica) han estado jode y jode con que la homosexualidad es “contra natura”. Pero Bagemihl demostró que Natura es plurisexual y ahora curas, ministros, ayatolas y rabinos no tienen más remedio que adoptar la postura contraria y condenar las prácticas que no les gustan (al menos en público) con el argumento de que constituyen una expresión de “animalidad” o, más fuerte y tonto, de “bestialidad”.
Poco después de la aparición de “Biological Exuberance” vio a la luz otro libro que cuestionó seriamente una idea esgrimida en nombre de la ciencia, de Darwin en adelante, que asumía como natural la promiscuidad preponderante entre los machos y la monogamia mayoritaria entre las hembras; es una noción que dominó por más de un siglo los estudios del comportamiento sexual animal, tal vez porque que tales estudios fueron escritos principalmente por hombres, y es falsa.
“Promiscuity: An Evolutionary History of Sperm Competition”, de Tim Birkhead, un ornitólogo inglés que exploró la despiadada competencia sexual en la que viven más o menos todos los organismos animales del planeta –hembras y machos–, sean moscas, aves o peces, para asegurar el predominio de sus genes. Aunque a primera vista el enfoque de Birkhead podría parecer antagónico al de Bagemihl –porque el primero se mantiene en la idea de una sexualidad al servicio de la reproducción–, ambos autores convergen en la certeza de que hembras y machos convergen en igualdad de intensidades en el furibundo cogedero en el que vive el llamado Reino Animal.
Los textos que menciono tienen ya dos décadas de publicados, pero la ciencia camina rápido y en ese tiempo la vida no me ha permitido enterarme de novedades en estas materias, así que tal vez tanto Bagemihl como Birkhead estén ya superados o incluso desacreditados por estudios ulteriores en los que se asiente sin lugar a dudas que los religiosos tienen razón y que la biología es un monasterio carmelita en el que los individuos se atienen a conductas rectas, morales y acordes con los principios del Señor. Si es el caso, que vengan biólogas y biólogos a cagotearme; tengan por seguro que admitiré mi atraso y mi ignorancia.



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