Meade y Anaya van por el primer lugar

Una cosa es cierta, México no solamente no merece otros 6 años de gobierno bajo el imperio de la corrupción y la impunidad; no puede tolerarse ya
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Las cifras y los detalles de los casos están en manos de los técnicos y especialistas, pero lo cierto es que durante los últimos días, acaso semanas, los equipos de las candidaturas de Meade Kuribreña y Anaya Cortés se han dedicado a combatir uno al otro para ver quién, en el proceso electoral 2018, se queda con el primer lugar de la corrupción. El que pierda tal vez se quede solo en segundo lugar de la contienda por la presidencia del país para tratar de competir con el primer lugar absoluto, López Obrador; ¿y si empataran los considerados hasta hace poco los dos candidatos oficiales del PRIAN?
Y pueden empatar en esa lucha por demostrar que uno es más corrupto que el otro. Pues mientras que Anaya tiene meses de estar bajo sospecha de corrupción personal, Meade lleva lustros como cómplice del sistema de corrupción del PRIAN, pues ha servido a ambos partidos desde el gobierno, al PRI y al PAN; se trata de parientes, pues.
Ya sea prensa, radio o televisión, los de Meade, Ochoa Reza, Lozano, Vanessa Rubio, Nuño, entre otros, le dan con todo a Anaya, de los “moches” a la triangulación y de las empresas fantasma al lavado de dinero. Los de Anaya, Zepeda, Mariana Gómez, Granados (más patético y triste el perredista que el caso de Ochoa) y otros, le dan con todo a Meade, su complicidad con la corrupción del PRI-gobierno peñista, con Rosario Robles, el desvío de recursos desde las secretarías de Desarrollo Social y de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano, de lo cual no vio nada y sigue enceguecido.
Mientras tanto, en esos mismos medios, con Javier Risco, Carlos Loret y López Dóriga, entre otros, Yeidckol Polevnsky, Zoe Robledo y Eréndira Sandoval contemplan esa batalla entre los protagonistas de la corrupción. Y es que, sin duda, tanto Meade como Anaya tienen la obligación de responder por sus acciones, por sus complicidades; y ahí se va el tiempo.
Una cosa es cierta, México no solamente no merece otros 6 años de gobierno bajo el imperio de la corrupción y la impunidad; no puede tolerarse ya. El próximo presidente debe tener un historial claro, tiene que poseer autoridad moral para combatir el mayor mal del país y sus gobernantes: la corrupción y la impunidad. Y el único que se ve a la altura de las circunstancias es López Obrador. De allí su consistente y creciente posición de puntero en las encuestas.
Pese a la guerra sucia en contra del líder opositor y Morena, la sociedad ya no se traga fácilmente las calumnias de los adversarios y de los medios de comunicación cooptados por el poder. Y es que las encuestas han dicho que los electores mayoritarios de López Obrador serán los jóvenes y los que promedian estudios más altos. Por otro lado, las redes sociales juegan un papel fundamental en la difusión de la información veraz y el desbaratamiento de las guerras de lodo y las mentiras; y lo hacen con bastante sentido del humor, por cierto.
López Obrador tiene la solvencia y la capacidad para ser el próximo presidente de México. Condición que no se ve ni en Anaya ni en Meade, mucho menos entre los “independientes”. De entrada, con las irregularidades de estos para obtener las firmas, debieran de ser descalificados por el INE. Además, Zavala no sólo exhibe inexperiencia e incapacidad de comunicación, también carga con el fardo de su marido; Rodríguez ha sido un fraude como gobernador “independiente”, su papel es el del golpeador, una figura relacionada con Salinas; Ríos Píter, a quien nadie conoce ni sabe de sus “artes”, francamente resulta el más increíble de los tres en obtener las firmas, ¿cómo le hizo?
Algunos críticos han dicho que el gobierno de Peña Nieto está utilizando la fuerza del Estado para minar al arribista y ambicioso Anaya, que si bien es sospechoso de corrupción, está siendo “víctima” de un proceso de “justicia selectiva”, del “uso faccioso de las instituciones”, ya que no se procede igual en los casos de descomposición dentro del propio gobierno (lo cual es obvio, pues tratándose de un gobierno de políticos corruptos, es claro no se va a autoinmolar; por eso tiene que terminarse) y se está utilizando, en este caso, para favorecer al candidato oficial. Muy cierto. Pero Anaya, que ha sido asimismo cómplice y aliado del gobierno de Peña en el pasado reciente, no sólo se quiso pasar de listo contra ese poder que lo alimentó, al parecer no tendrá la capacidad ni jurídica ni moral para sostenerse, porque no se trata sino de otro político más que “manchado de corrupción”, como dice el candidato de Morena. ¡Ya hasta le están promoviendo un candidato sustituto! (Aunque otros argumentan que toda esta trama es una comedia para investir al papá de Mateo como “opositor”, que todo trata de un complot para posicionarlo como el “hombre” del PRIAN).
Enfrentar al gobierno como opositor exige de autoridad moral, de verdadera oposición, de un programa auténtico de cambio y compromiso radical en el combate al cáncer de la corrupción y la impunidad, así como del desarrollo de una economía que tienda a la distribución y no la acumulación de la riqueza en pocas manos. Y ya sabemos quién es el indicado para ello. Que después de eliminar a Anaya el gobierno se irá contra él (lo hacen de manera permanente de todas maneras), sin duda. Pero está demostrada su solvencia. La comisión de honestidad de Morena, o como se llame, tendrá que estar atenta de los personajes que se han ido incorporando a ese partido para actuar en consecuencia y de inmediato en caso de irregularidades; como lo han hecho. Por el líder, por ya saben quién, no tendrán que preocuparse.
Imaginar un país gobernado por Anaya, sería como el paraíso del negocio familiar y personal y de los “moches”. Por Meade, el robo en despoblado, la pirinola que indica “todos roban” y nadie se daría cuenta de nada; como pasar de noche. Por López Obrador, digámoslo con simpleza, sería la posibilidad del cambio verdadero.

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