Peña y sus chicos en Washington, ¿para qué?; regaños, órdenes, vergüenza…
Salvo cuando hay manifestaciones frente a la Casa Blanca (la de Barack y Michel), Washington es en realidad una ciudad apacible incluso con un viejo aire colonial en ciertas zonas. Y si se mira bien, la famosa casa pintada de blanco es pequeña (sobre todo, comparada con la de Enrique y Angélica), al grado de que algunos sientan desilusión semejante a la de descubrir el cuadrito de la Mona Lisa en el Louvre, que imaginaron gigante.
Bueno, pues aunque con frío y recibiendo un saludo de protesta en varias ciudades de Estados Unidos, incluida Washington, por allá ha andado Peña Nieto con sus chicos. No ha habido datos de si en esta ocasión han ido Rivera y su maquillista, como en el pasado viaje de la pareja de Los Pinos a China. Tal vez esto tenga que ver con el hecho, se ha dicho, de que aunque Peña buscaba sólo una grandilocuente reunión protocolaria de estado, tuvo que conformarse con un encuentro “de trabajo” (por eso han viajado tantos), y con el sobrio recibimiento del fox-calderonista embajador Medina Mora. Nada de parafernalia diplomática que, según Dolia Esteves, la corresponsal de Carmen Aristegui en Estados Unidos, es de poco agrado para Obama; contrario a Peña, a quien le encanta ser recibido incluso por el ex “rey” asesino de elefantes y su herencia.
En fin, ¿qué ha hecho Peña el 5 y 6 de enero en Washington? Las versiones cambian según quien las dé a conocer.
1. Para EPN y su equipo, se ha tratado de una reunión bilateral de iguales, de socios, de “amigos” donde se han revisado básicamente asuntos económicos y migratorios.
2. Para los críticos moderados, se ha tratado de una reunión para abordar cuestiones económicas y migratorias (éstas, en la agenda de Obama antes que en la de Peña), y además y a pesar de Peña y los suyos, para hablar del tema de la seguridad y la violencia; Tlatlaya y Ayotzinapa.
3. Para los críticos a secas, Peña y su equipo han ido, con toda y su debilidad creciente, a recibir un fuerte regaño y, sobre todo, órdenes sobre lo que tendrán que hacer para garantizar la seguridad y los negocios del imperio en su patio trasero (bien dicho por Adolfo Aguilar Zinzer), y para no cometer torpezas como las del tipo Casas-Higa y la respectiva sospecha de soborno.
De acuerdo a El Universal, los “contactos” para establecer el 5 y 6 de enero como fechas para la visita a Washington, iniciaron desde hace meses y se concretaron en septiembre pasado, que Anthony Wayne, embajador gringo en México, comunicó la noticia a Peña durante las fiestas de “Independencia”.
Es decir, antes de que reventaran los casos de Tlatlaya y Ayotzinapa. Esto es, en el contexto de la gloriosa marcha internacional de Peña como hombre y estadista del siglo y de Videgaray como su inigualable escudero merecedor de todos los premios de economía en el universo (hagan de cuenta “Un mundo maravilloso”, de Luis Estrada).
Concretada la reunión, se les vino el mundo encima: Ayotzinapa (y Tlatlaya). Y para no manchar la pasada gloria y la aún por venir, el gobierno federal desdeñó originalmente el problema, se atribuyó a elementos meramente locales y a la “izquierda” negociadora, se dejó de atender como una urgencia nacional, como la quiebra coyuntural de un fenómeno estructural.
A la lentitud de Peña correspondió la de Obama. Tan presto a llamar la atención sobre la violación de derechos humanos en países ajenos pero lejanos, Obama igualmente se echó en una hamaca veraniega de Washington, esperando a que la inercia del olvido, la impunidad y la negligencia mexicanas hicieran su trabajo.
De pronto se les vino de nuevo el mismo problema, pero exhibido esta vez por la prensa internacional, incluida la de Estados Unidos (la de México, si no está vendida, poco cuenta). Y tanto Peña como Obama han tenido que medio actuar sobre el asunto. Poco después se añadiría el escándalo de las Casas-Higa.
Lo señala otra vez El Universal, “…la realidad metió los derechos humanos a la mesa…” del mexiquense y el gringo (05-01-14).
Y no es que a Obama le importen los asesinados en Tlatlaya, los masacrados en Iguala y los normalistas desaparecidos o la Casa Blanca (excepto la suya, que ya dejará en 2 años). A Estados Unidos no le importa y nunca le ha importado la democracia en México (excepción sea hecha, tal vez, durante el periodo de la política del buen vecino, “Good neighbor policy, de Franklin D. Roosevelt). Pero sí que les importa mucho que el país esté, como sea y al precio que sea, controlado, en calma. Como su patio trasero, necesitan un territorio cuyos gobernantes garanticen su seguridad, que para ello han extendido ya la frontera sur hasta Guatemala; Tijuana no es ya sino un sueño mojado del pasado gringo.
Y si han tratado el tema de la violencia y el de los normalistas (Tlatlaya y Grupo-Higa no se mencionaron públicamente) es porque los gringos demandan seguridad, pacificación relativa o violencia controlada (porque, ¿de dónde vienen principalmente las armas?), y porque la prensa internacional se les ha metido hasta la cocina y cuando menos necesitan simular.
De allí se entiende a quienes dicen que, antes que como un gobierno soberano negociador, el encabezado por Peña ha viajado a Washington para ser duramente reprendido. ¡Pues cómo no! ¿Cómo van a garantizar sus negocios, sus intereses, la nueva “reforma energética” si el país está desbordado por los problemas? Eso sí les encabrona y de allí que, sobre todo, darán instrucciones (órdenes) de cómo proceder para limpiarlo de problemas.
Por supuesto, no todo es responsabilidad de Peña, quien es heredero (casi víctima) de una estirpe de mexicanos condenados a la vecindad, a condiciones políticas poco propicias, a ambiciones personales y de grupo y, sobre todo, a la poca voluntad de hacer valer la soberanía relativa del país (salvo contadas excepciones en la historia). Ya desde López de Santa Anna se dio muestra de lo que son capaces los mexicanos.
De vergüenza, todo este viaje, ha dicho Lorenzo Meyer con Carmen Aristegui. Y tal vez tenga razón. Mejor sería ser ruso, chino o brasileño.

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