COLUMNAS
No importa saber quién gana o pierde la elección, sino por qué; horizonte 2018
Más allá de las conocidas prácticas del fraude electoral reportadas antes y durante el proceso electoral del domingo pasado (“Domingo de consolidación de la anormalidad como normalidad”, plantea Julio Hernández: “El fraude electoral, corregido y aumentado, paseó su impunidad por medio país, a través del catálogo clásico de las marrullerías ya virtualmente institucionalizadas, más el grado de elevación que ahora se propició, con una mayor dosis de violencia y cinismo. La compra del voto fue practicada con una soltura inusitada, confirmando que el futuro electoral seguirá estando en quienes tienen el poder y el dinero y, por tanto, la capacidad de poner en marcha maquinarias aplastantes frente a las cuales la oposición, genuina o ingenua o ambas cosas, poco puede hacer de verdad. Y en varios estados se produjeron incidentes de violencia física abierta que dan testimonio de que el crimen organizado está tomando con mucha responsabilidad su papel de factor determinante, ya no sólo promoviendo candidaturas y campañas con dinero en abundancia sino, además, con acciones directas de confrontación y disuasión. La Jornada; 06-06-16. “Ser Morena en tiempos de fraude”, ha escrito John Ackerman: “Las elecciones de este domingo 5 de junio fueron las más sucias que ha tenido México desde hace mucho tiempo. Se desplegó una estrategia general en todo el país para defraudar la voluntad popular y cerrar el paso al partido Morena. Frente al miedo de que el movimiento de Andrés Manuel López Obrador utilizara sus victorias locales para apuntalar su candidatura presidencial hacia 2018, el sistema no escatimó esfuerzo alguno para manipular los resultados electorales.”; La Jornada, 06-06-16 9), más allá, lo que vale la pena preguntar no es quién ganó y quién perdió en la elección pasada -como si viviéramos en una democracia que se cumple a cabalidad-, sino preguntar por ése extraño fenómeno mexicano: ¿por qué votan los mexicanos por sus verdugos? En este caso, por el PRI y el PAN que son los máximos y casi únicos responsables de la deplorable y fracasada condición del país en el presente. Es una pregunta que se repite elección tras elección.
De acuerdo a los datos ofrecidos por Federico Arreola en “Las opciones del PRD, Morena, AMLO y Mancera” (SDPnoticias.com; 06-06-16), el PRI y el PAN -es decir, el prianismo formal- ha empatado en cantidad de votos: PAN 4, 512,440; PRI más aliados 4, 513,666. Esto es, no ha perdido el PRI o ha ganado el PAN (reforzado por el nuevo partido de derecha que es el PRD con 1, 338,075 votos; cuarta fuerza electoral aprehendida a las mañas prianistas) de acuerdo a las gubernaturas obtenidas por cada una de las alianzas. No ha perdido Peña o ganado Calderón y su gente. No. Ha ganado el mismo sistema empotrado en el poder desde hace decenios, el mecanismo que se soba sobre los mexicanos sin consideración alguna.
Allí anda Calderón, inmoral, cacareando triunfos, cuando él es el responsable mayor de la presente debacle mexicana. Peña llama a “dejar atrás la polarización, el encono y el enfrentamiento”, cuando él es responsable de continuar la política de Calderón y de ejercer el poder de manera autoritaria y con el garrote contra los ciudadanos en manos de Nuño, Mancera y Ávila, entre otros.
¿Va a cambiar la política de estos políticos y sus partidos a raíz de la nueva elección? Por supuesto que no (el único caso que quizá merezca el beneficio de la duda a pesar de su partido es, sólo quizá, Javier Corral, quien ha sido un hombre con ciertos principios respetables y con cierta consecuencia). Todo seguirá igual o peor. O acaso Yunes Linares, por ejemplo, que carga con un costal bastante abultado de corrupción ¿se convertirá ahora en “la hermana de la caridad”? ¿Acaso los priistas, como los Murat, serán ya buenas personas con una ética a prueba de “conflicto de interés”? Muy por el contrario, son capaces de igualar o mejorar el desprestigio de sus antecesores.
Al irse conociendo los resultados de la votación del domingo, alguien me preguntó en twitter si la sociedad mexicana es masoquista o es que se han sofisticado los métodos de coacción. Tal vez sean ambas cosas. Porque lo más lógico, lo más obvio en cualquier parte es que si el PRI y el PAN han hecho tan mal trabajo, si han hundido al país, si encarnan la corrupción, la impunidad y la violencia, lo más normal es que sean enviados al carajo, pero, ¿por qué se sigue votando por ellos?
Lo cierto es que hay una fuerza que a pesar de no ganar una gubernatura aún, ha crecido vertiginosamente y se ha convertido en muy poco tiempo en la tercera opción para los mexicanos y pudiera llegar a ser la número uno en 2018: Morena. Y si se considera que el llamado “factor AMLO” es un aporte inestimable de votos (14 millones en 2006, 15 millones en 2012; números redondos), esta fuerza tiene una gran posibilidad para que llegue al fin un cambio en México. Ahora bien, hay al menos tres factores que deben de tenerse en cuenta para lograr este objetivo: 1. ¿Considerará las alianzas, con quién y cómo? 2. ¿Le alcanzará su impulso y las posibles alianzas para derrotar a esa mafia del poder que lo ha disfrutado por tantos decenios y que no desea dejarlo? 3. ¿Logrará construirse una red ciudadana que, conociendo los antecedentes de 2006 y 2012, se organice y se prepare para esperar lo peor y aun así cristalizar ese cambio urgente que México necesita?
Hay condiciones reales para el triunfo presidencial de Morena en 2018, pero como se ha dicho, no será sencillo, no será “un día de campo”. Pero al menos existe esa posibilidad opositora genuina o ingenua o ambas cosas, como ha señalado Julio Hernández (la ingenuidad no tiene que ser negativa de manera fatal, puede ser utilizada como impulso creador muchas veces, cuando hay talento).
Morena por sí solo, a pesar del abstencionismo en la ciudad de México y como partido emergente obtuvo 2, 316,483 votos; un millón más que el PRD. Además, han ido surgiendo figuras que parecen estar guiadas asimismo por la ética y la honestidad, como Cuitláhuac García Jiménez en Veracruz, que ganó la diputación federal por Xalapa en 2015, en este ha competido muy fuerte por la gubernatura y que si no fuera por ese fenómeno doble, el fraude y el incomprensible masoquismo de votar por el PAN como alternativa del PRI, probablemente habría obtenido la victoria; tal vez la obtenga en 2018. Sin embargo, se ha convertido en un buen aporte para el nuevo partido y, en cierta manera, en tipo de lo que debe ser un político como una opción para el cambio verdadero en México.
No todo parece estar perdido para los mexicanos con la ratificación del PRIAN como supuesta condición bipartidista ineludible. A pesar del fraude en sus múltiples vertientes y del insólito hecho de creer que el PAN es una opción distinta al PRI donde éste gobierna mal o al revés, 2018 se ve con buenos ojos. Y si entonces no sucediera ese cambio tan urgente y necesario, quedan dos caminos: continuar la lucha a la manera de un Sísifo desesperanzado o tomar las maletas del exilio voluntario o involuntario.



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