La misoginia parece triunfar en Brasil, afirma Kelly Kotlinski
Ardid contra Rousseff lastima a los más pobres: activista

Durante su gestión, Dilma Rousseff apoyó a millones de familiasFoto Ap
Blanca Juárez
Periódico La Jornada
Domingo 14 de agosto de 2016, p. 15
Domingo 14 de agosto de 2016, p. 15
La misoginia ganó en Brasil, dice con desesperanza la politóloga Kelly Kotlinski Verdade. Cuando Dilma Rousseff se convirtió en la primera mujer en dirigir ese país, fue como una derrota al machismo. Pero ahora, con una fecha definida para ser enjuiciada,
parece que triunfó de nuevo.
La exclusión política femenina en esa nación es de 90 por ciento y, en general, la violencia contra las mujeres está latente en la vida cotidiana, señala. En ese contexto, Rousseff, quien fue separada del cargo desde mayo pasado, es como será juzgada por supuestas irregularidades, subraya.
El hecho de que ella no es hombre facilitó a la oposición hacerla a un lado, afirma la defensora de derechos humanos en entrevista telefónica desde Brasil. En el proceso de destitución, conocido comoimpeachment, la oposición la calificó de
mujercita débil; en la campaña presidencial, de no ser guapa e incluso insinuó que era lesbiana.
Rousseff asumió su primer periodo presidencial en 2010. En 2014 fue relecta y dos años después el Congreso la suspendió 180 días para investigar la presunta violación de normas fiscales. La acusan de maquillar el déficit presupuestal.
El principal impulsor del juicio político contra la mandataria fue el presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha, quien fue acusado por delitos de lavado de dinero y corrupción.
Poco antes del impeachment
Cunha buscó el apoyo político de Dilma. Como no lo obtuvo, se vengó y aceptó la solicitud de destitución, sostiene Kotlinski, quien dirige la organización ELAS, dedicada a financiar movimientos sociales y organizaciones civiles que defienden los derechos de las mujeres.
El diputado declaró
que Dilma era una mujercita sin fuerza para controlar su propio partido y que la responsabilidad la ponía nerviosa. Si la presidenta lograba alianzas
aseguraba que lo hacía como los hombres. Pero que en realidad sólo podía lidiar con cosas básicas, a diferencia de los varones.
No fue la primera vez que Rousseff –de 68 años, guerrillera durante la dictadura militar, encarcelada y torturada– se enfrentó a ese tipo de expresiones. Por ejemplo, en la segunda campaña electoral rumbo a la presidencia
se dijo que no era bella ni simpática, que no vestía bien. Sus opositores llegaron a sugerir que era lesbiana y, para la derecha, eso significaba una cosa horrible.
Con roles de género, afianzados en una parte de la sociedad y de los representes políticos, se esperaba
algo de Dilma. En lo particular no podía definir bien qué era, muchos no lo sabíamos, reconoce Kotlinski.
En los días previos a que el Congreso avaló separarla del cargo, algunos medios de comunicación
iniciaron una campaña sobre la mujer brasileña: doméstica, feliz y satisfecha de apoyar a su marido; se encuentra en segundo plano, callada, discreta y vistiendo con elegancia.
Marcela Temer, esposa del presidente interino Michel Temer,
encaja en esa definición. Ahora sabemos qué es lo que se esperaba de Rousseff. Es mejor una primera dama que una presidenta.
Kelly Kotlinski aprovecha para denunciar que Michel Temer
echó abajo la política para eliminar la pobreza, instituida por el ex presidente Luiz Inacio Lula da Silva y secundada por Rousseff. Cerró los ministerios de Políticas para Mujeres, de Derechos Humanos, de Cuidado Racial, de Cultura y de Desarrollo Social, entre otros.
El gobierno de Rousseff apoyaba con
un aporte financiero mínimoa 14 millones de familias, lo que se traduce en más de 50 millones de habitantes, asevera la activista. Además, el Estado asumía hasta 80 por ciento de las viviendas, para que
los más pobres pudieran comprar una. Las escrituras se ponían a nombre de las mujeres, pues muy pocas tienen una propiedad,
casi siempre eran de los hombres.
La educación y la atención médica eran totalmente gratuitas. Pero ahora
llegó un gobierno que no fue elegido y esos beneficios ya no existirán mientras la derecha esté al frente del país. Fue un golpe de Estado. El mandato de Temer no se sustenta en ningún mecanismo democrático, apunta.
La salida de la mandataria creó
un ambiente de tristeza, al menos para los movimientos sociales y la población más pobre, pondera.
Se sienten sin fuerza, lo único que tenían era el voto y no se respetó.
Desde Brasil lanza un grito de auxilio:
necesitamos solidaridad internacional, que la gente sepa y nos apoye. Este gobierno no puede ser reconocido porque no es legítimo.
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