La increíble mochería del tapatío… La estatua diabólica del condominio de Guadalajara
JANE DE LA SELVAsáb 08 oct 2016 09:32
Sobra decir que la ciudad de Guadalajara guarda entre las paredes de sus hogares los sentimientos más mochos de México —incluso del planeta—, que podría rayar casi en la locura.
Porque a la par de dicha fe, se maneja una inconcebible doble moral entre la sociedad de aquellos lares. Los mochos pudientes mantienen su “casa chica” —donde con frecuencia se reúnen con sus amantes— que coexiste paralelamente con su “casa grande” —donde habita la esposa y descendencia que se reconoce como la suya y con quiénes se presentan cada domingo en la parroquia de su colonia. Se les conoce, por la devoción que falsamente demuestran, como “las braguetas persignadas”.
La clase alta, media y baja mocha —aquí es cuando se empareja la sociedad ya que en este rubro no existen ni contrastes económicos ni desigualdad social— simplemente aplica los mismos criterios: “tapar el sol con un dedo”, cerrar ojos y oídos a asuntos graves comprobados como la constante e impune pederastia de sus sacerdotes o como la asociación delictiva de miembros eclesiásticos —recordemos que Guadalajara siempre ha sido la tierra donde los narcos sinaloenses llevan a sus familias a vivir—, y sin tregua, continúan las braguetas persignadas asistiendo a las capillas ardientes con gran fervor a purgar sus pecados o sus penas, a ser absueltos y a dar su limosna. A cumplir pues, como dicen allá.
De lo más original que he escuchado últimamente —motivo de este texto, por lo ridículo que resulta, ya que historias verídicas sobre el tema abundan—me fue contado ayer por un querido amigo, magnífico escultor, que se le asignó una obra para una rotonda de entrada en un complejo de edificios.
Resulta que su pieza consistía en un bello busto monumental de una mujer con una melena que invoca el paso del viento elaborada su superficie en bronce y cuyos ojos quedaban huecos. El artista, al crear su obra, decidió que colocaría la pieza de una manera en la que al ponerse el astro rey, este reflejara desde dentro y hacia afuera de los ojos, esa luminosidad rojiza de la maravillosa puesta de sol occidental.
A la semana siguiente de que la obra fuese colocada luciendo todo su esplendor, el escultor fue citado por el desarrollador del proyecto para informarle que su pieza había causado un gran revuelo entre los condóminos y habían decidido por mayoría de votos que se quitara o se “adecuara” de inmediato, ya que ese resplandor que emanaba de los ojos de aquella mujer de bronce, les parecía demoníaco, como si el mismísimo infierno dominado por Belzebú se presentara cada día al anochecer en la entrada de sus hogares.
Acabó mi amigo el escultor por tener que alterar su creación y tapar “aquellos orificios demoníacos” que tanto pavor causaron entre la mochería de ese complejo habitacional.
Obvio que mi reacción a tal recuento fue una espontánea e incrédula carcajada. Así se las gastan los jalisquillos, pues: ni para dónde hacerse.
Supongo debo finalizar este comentario repitiendo lo que ellos y ellas pronuncian usualmente al despedirse: “Que diosito los llene de bendiciones”.


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