Fosas de ayer y hoy; #Ayotzinapa, #CharlieHebdo
La fosa más peligrosa, no obstante, es la que representa la posibilidad de la hipocresía y la perversidad universal de los gobiernos y estados del mundo.
Hacia finales del año pasado reflexionaba sobre la lectura del ensayo “Para llenar de memoria el agujero negro”, de Michel Onfray (parte del capítulo “Defensa de la especie humana”, en Política del rebelde. Tratado de resistencia e insumisión; Anagrama, 2011. Edición original, París, 1997), en relación al crimen de Ayotzinapa y la desaparición todavía sin resolver de los jóvenes normalistas.
Y en este principio de año se ha hecho presente el asesinato de los colaboradores de la revista satírica Charlie Hebdo, en París, como un acontecimiento que expone al menos dos vertientes de un fenómeno cada vez más acentuado en Europa: el terrorismo fundamentalista, como acción reivindicada o como utilitarismo, a consecuencia de las guerras de occidente en territorios del islam y la alta inmigración musulmana.
En su texto, Onfray atribuye la muerte de su amigo ítalo-judío, el escritor Primo Levi, a la desazón y depresión causada por “la creciente divulgación (hacia finales del siglo XX) de las tesis revisionistas y negacionistas” de la versión oficial de la historia del “holocausto judío”. Sin dejar una nota, Levi se tiró de un quinto piso en Turín en abril de 1987. En enero de 1986 había publicado “El agujero de Auschwitz”, para refutar dichas tesis y evitar que “sus compañeros de campo murieran dos veces”.
Onfray hace homenaje al amigo y propone que todo dolor, todo sufrimiento y toda muerte ocasionada por los nazis debe ser, “con absoluta urgencia, objeto de la memoria fiel de las generaciones siguientes… Este agujero negro que abrieron los nazis y en el que fueron precipitados los cuerpos y las almas… no debe cerrarse.”. Esto es, debe de llenarse con memoria, con el recuerdo, el recuento, con los rostros, con las identidades. Llenarse de humanidad para que no se vuelva a repetir. Y por otra parte, no superarse como un olvido sino como una presencia activa y creadora permanente en la historia; lo contrario propiciaría la banalización de la muerte.
La propuesta del filósofo francés es correcta. Pues no deben de vaciarse y cerrarse sino abrirse y llenarse de identidad las fosas de muertos en cualquier parte del mundo. Y sobre todo, esto último: ya abiertas, llenarlas de memoria y humanismo, para que no quede del todo impune el crimen y para evitar su réplica. Que se sepa quién ha sido echado allí para su escondite y su olvido; su humana inexistencia. Y, por supuesto, para exigir la identidad del criminal.
Si esta propuesta de llenar las fosas de memoria es de fines del siglo XX europeo, cuando se suponía no existía más una amenaza fascista, aunque sí la sombra del olvido, hoy, en pleno siglo XXI, las fosas son una realidad en México.
México es una fosa de muertos, viviente. O, México es una fosa viviente de muertos. O simplemente, México es una fosa. No se trata, como las fosas de los campos de concentración, de un hecho histórico, sino de una brutal realidad cotidiana en la extensión total del país. Como ejemplo álgido se ha presentado Ayotzinapa. Una vez ejecutado el crimen (en el cual, por cierto, se han usado armas europeas, alemanas; entre las miles de norteamericanas que circulan en el país) y perpetrada la desaparición de los 43 estudiantes, cuando los padres de familia han forzado al gobierno y han ellos mismos emprendido la búsqueda de sus hijos y amigos, han aparecido, como flores marchitas entre la vegetación, un número indefinido de fosas “clandestinas” cuyos cadáveres no pertenecen a las víctimas de Iguala (excepto un pedazo de hueso correspondiente, según expertos austriacos y argentinos, a uno de los 43; Alexander Mora Venancio, quien deseaba ser maestro rural). ¿De quiénes son los restos de las fosas encontradas por “accidente”, de las que nadie ha dicho nada al respecto, ni una declaración pública oficial, ni una demanda de identificación, de aclaración, de desagravio? Ni una propuesta en la que los muertos de esas fosas busquen a sus vivos dolidos, sufridos. ¿Dónde están los vivos padres, madres, hermanos, amigos de esos enterrados anónimos? ¿Nada tiene que decir el gobierno, el Estado, la sociedad sobre estas fosas “clandestinas”? (ni modo que fueran públicas).
Los muertos del país que han crecido incesantes en número desde que Felipe Calderón iniciara una supuesta guerra contra el narcotráfico (colmada de “daños colaterales”) que se prolonga hasta hoy, ya sea enterrados, colgados, quemados o diluidos en ácido, conforman la gran fosa de la nación.
La histórica fosa europea aparentemente ensombrecida por la desmemoria, se recuerda hoy con la amenaza del terror fundamentalista. Charlie Hebdo es un sacudimiento, una advertencia de que la violencia y el odio en este caso, sí, contra la libre expresión humana, son una realidad vigente. Las guerras interminables de occidente en los países musulmanes como las que hoy mismo se despliegan, la inmigración musulmana de carácter humanitario que también conlleva el germen de la intolerancia hacia Europa, representan una seria preocupación. Mas no se trata de asimilar de manera simplista una de dos versiones maniqueas: los musulmanes son terroristas o los ataques fundamentalistas, como se dice en el caso de las torres gemelas de Nueva York, “son un trabajo de casa” porque el terror es de gran beneficio al poder. La inteligencia, la crítica tendrá que aguzar los sentidos y encontrar la raíz de los problemas, de donde provengan, y tratar de llegar a las soluciones más razonables (Umberto Eco ha señalado ya que la organización del Estado Islámico es el nuevo nazismo; Paul Craig Roberts, exsubsecretario del Tesoro de USA, entre otros, sostiene la hipótesis del trabajo planeado y ejecutado por el poder, una operación interna de “falsa bandera”).
Charlie Hebdo es una fosa de sangre viva al aire libre hoy en Europa.
Ayotzinapa y la sangre viva de las decenas de miles de muertos en México, enterrados o no, son una fosa gigantesca de dolor, sufrimiento, injusticia y oscuridad.
Si Charlie Hebdo es un estallido de alerta, un crimen barbárico, una intolerante brutalidad, un crimen contra los valores más altos de la expresión humana, ¿qué es Ayotzinapa, qué es México para el mundo?
Y si los europeos han reaccionado bien y masivamente contra el crimen de París, los mexicanos están paralizados, consternados, estupefactos (dejando de lado a los indolentes y a los satisfechos; que los hay) y no han respondido lo suficiente ante Ayotzinapa, ante el asesinato de la nación.
Los europeos, los norteamericanos, el mundo tampoco ha reaccionado lo suficiente contra la tragedia mexicana.
Si el crimen de Charlie Hebdo ha recibido el rechazo y la solidaridad internacional, Ayotzinapa ha merecido el desdén o casi el indolente olvido. Nada se ha hecho de gravedad en el mundo por condenar, rechazar, solidarizarse y clamar justicia por Ayotzinapa y la tragedia mexicana (mientras crecen también las atrocidades cometidas por Boko Haram y continúan las de Israel y Netanyahu, cínicamente presente en la marcha-Charlie-Hebdo, contra los palestinos).
La tragedia mexicana es mayor aún que la propiciada por los nazis y la infligida por los fundamentalistas islámicos. Que la de Charlie Hebdo, si se quiere, por la cantidad de muertos y el elemento cualitativo de la crueldad (no es lo mismo morir de una ráfaga fulminante que tras un cruento y largo martirio; claro, nadie debiera morir antes de tiempo). Que la de los judíos, porque sucede hoy, en una supuesta era de razón. El nazismo concluyó hace casi 70 años. La brutalidad mexicana está vigente (y por ello nadie la puede negar ni olvidar).
La fosa más peligrosa, no obstante, es la que representa la posibilidad de la hipocresía y la perversidad universal de los gobiernos y estados del mundo, tolerada y asimilada por la ingenuidad de la sociedad internacional complaciente: la fosa que entierre, una vez más, la razón y el mejor sentido histórico de lo humano.

No hay comentarios:
Publicar un comentario