Ambigüedad de Cuauhtémoc Cárdenas y un viejo estilo de la “izquierda”; Chilangos
“Por México Hoy”: Cuauhtémoc Cárdenas convoca a formular y desarrollar su enésimo proyecto de nación, “muy distinto al que nos han impuesto los intereses hegemónicos de afuera, con el sometimiento pusilánime y entreguista de los colaboracionistas locales”. Ahora sí, muy valiente el ingeniero. El problema con él ha sido su ya legendaria ambigüedad. Dependiendo de la situación y circunstancia ha transitado del foxismo al “Pacto por México”, pasando por el calderonismo. Como el subcomediante tamaulipeco o el poeta católico de Cuernavaca, no ha sabido sumar. Si realmente lo que le mueve es el interés por una alternativa de nación, ya han pasado 2 elecciones sin que esta decrépita valentía haya sido contundente; y viene el 2018. La relación de Cuauhtémoc con la izquierda es de bandazos, no se decide de qué lado estar más allá de su cauce personal y familiar.
Su nueva convocatoria (y su defensa del nuevo héroe “independiente” junto con otros 99) me ha llevado a recordar que en Chilangos -novela inédita de la cual publiqué hace tiempo en SDPNoticias.com un capítulo que se refiere precisamente al desempeño político del hijo visto y narrado por la estatua del general empotrada en el Eje Central-, hay un fragmento que recrea el estilo de un tipo de izquierda de finales de los ochenta, principios de los noventa, y en el cual se llama a crear el “Movimiento del Pueblo Mexicano”. Escribí la primera versión hace unos 12-13 años y la revisé por última vez en 2009. Poco han cambiado las cosas. Va aquí “Jardín de pingüicas”, fragmento del primer capítulo:
Jardín de pingüicas ***
El edificio era tan estrecho que más bien parecía el de un jardín de niños que el de una Facultad. Y sarcásticamente así le llamaban. “Jardín de niños”, un tanto por el tamaño, pero sobre todo por el nivel académico que aquellos que así le nombraban deseaban atribuirle. Como si el diseño arquitectónico hubiera sido tomado de acuerdo al modelo de las casonas y palacios de la Colonia, la construcción era circular aunque con formas cuadradas. Es decir, el cuadrado conjunto formaba un círculo en cuyo centro hallábase el característico jardín o la fuente. Lo cierto es que aquel jardín -literalmente lo era puesto que la edificación de la Facultad albergaba en su centro una suerte de vergel pletórico de setos de pingüicas que, cuando era la temporada, coloreaban de rojo opaco el verde seco de los arbustos y los árboles y el lila velado de las jacarandas- funcionaba como el centro de reunión de quienes allí convergían, profesores y alumnos. Los muy estudiosos y los perezosos, agitadores, ideólogos, intelectuales, artistas, poetastros, estetas, espías-orejas-de-gobernación, ingenuos, inciertos, listos, pendejos, perversos, drogadictos, narco-satánicos (Gustavo me miraba indeciso todas las mañanas con sus ojos rojos, brillosos, inyectados, hinchados; era uno de los socios y amantes del célebre narcosatánico cubano Constanzo. Gustavo, compañero de clases silencioso, moriría pocos años más tarde en una cárcel enfermo de sida, enfermo de sí mismo), fósiles, aspirantes a genio, brutos, profesores, ayudantes, autoridades, marxistas, cristianos, católicos, ateos, judíos, guadalupanos, putas, putos, herederos del joven Vasconcelos los Flores Magón Revueltas Rulfo Cortázar Fuentes García Márquez Galeano Gramsci Wright Mills Lewis Weber Sartre, “odiadores” del viejo Vasconcelos Ortega y Gasset Paz Vargas Llosa Krauze, arribistas, parientes de políticos, provincianos, campesinos, los que quisieron organizar ciclos de lectura de Hegel Freud o Cervantes y nunca lo lograron, los que presumieron con crear una obra o escribir una novela y nunca la empezaron… Todos apiñados en las pausas entre clases y aun durante el horario de aula. Se discutía interminablemente o se mataba el tiempo allí. Ágora, plaza pública, mercado, tianguis. Aquello era Calcuta, solía exclamar La Vaca Sagrada (amante de Broadway, con certeza había visto reestreno de Oh! Calcutta!, el musical terriblemente cantado pero escandalosa y abiertamente erótico inspirado en una pintura y juego de palabras en francés de Clovis Trouille, O Calcutta, Calcutta! O quel cul t'as!; ¡Oh! ¡Qué culo tienes!, en verná-culo gachupín).
Aquel mi primer año en la Facultad fue el último de ésta en el jardín de las pingüicas antes de trasladarse a la zona rocosa vecina al espacio escultórico. En invierno el vergel fue de un verde sombrío en consonancia con el frío matutino. Destacaban las espinas de los arbustos entre la hojarasca semiseca y las simétricas ramas recortadas por las filosas tijeras del jardinero. La primavera anunció el verde brillante y el nacimiento de las pequeñas e incontables volutas de fruta roja, amanzanada, de la pingüica. Aunque se suponía venenosa, no había quien hubiera pasado por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales sin probar o sin jugar con aquella frutilla desintegrándola entre los dedos palpando su porosidad, su engañosa sequedad, su aparente humedad (y toda la ciudad se poblaba de ella y la gente toda jugaba con o comía de ella). Alguien habría referido que ingerirlas podía causar la muerte. Como se me hacía inverosímil, yo comía, tiraba y trituraba la pequeña fruta con mis dedos. Y mientras, las reuniones, los encuentros, continuaron entre el humo y la mota. Las clases, los profesores, la nota económica o política del día, los libros, las obras de teatro, las películas de “arte”, todo era pasto a la discusión. En mi grupo el tema favorito era el de nosotros mismos: nuestras vidas, experiencias, hallazgos. Ahora sólo voy a relatar dos avances: uno de Chucho Sandía y el otro de Pepe Buenrostro.
Recuerdo a Chucho Sandía y sus incursiones prácticas en la teoría de la liberación…
…
Pepe Buenrostro inició su relato. “Pues lo mío es menos peligroso que lo de Sandía. Lo que voy a contarles es muy confidencial, aquí entre nos. Así que chitón güeyes, porque si no, me queman y ahí sí puede ser de cuidado. Resulta que González, el profesor que coordina el seminario de Marx, me invitó a unas reuniones en Coyoacán. Como participo mucho en las sesiones y es evidente mi interés por los movimientos sociales y revolucionarios, creyó conveniente incorporarme a sus encuentros clandestinos. Se decidió porque el otro día, al estar discutiendo sobre la crisis económica, el neoliberalismo, la política social y sindical del gobierno, le pregunté que si ante los problemas planteados él creía que la sociedad estaría ya consciente y preparada para luchar por su propia causa organizadamente y así confrontar al gobierno y que qué podíamos hacer nosotros como estudiantes con conciencia de clase para cambiar el estado de cosas, para modificar la realidad pese a las circunstancias. Su respuesta fue poco clara y hasta evasiva diría yo. Recurrió a generalidades, como evitando el tema, y pronto llevó el debate por otros senderos. Sin embargo, días más tarde, cuando terminó la sesión siguiente, me llamó aparte. Me dio una hoja de papel con una dirección anotada. ‘Ve aquí mañana a las ocho de la noche. Allí podrás encontrar la respuesta a tus preguntas. Ve solo. Y si acaso, no lleves más que algún libro. No uses de ninguna manera mochila o portafolio’. Puta, pues de qué se trata me dije sin arredrarme. Pero hasta que no dieron las ocho de la noche del día siguiente y entré en aquella casona cerca de la esquina de Aguayo y la plaza central de Coyoacán, en la misma cuadra del ex palacio del gachupín asesino Cortés -que ahora quieren los traidores restaurar como héroe y dizque padre del mexicano por La Malinche y su hijo Martín, El Mestizo-, no disminuyó mi inquietud. Sorpresa mayúscula para mí fue encontrarme en el lugar en cuestión a algunos de los más renombrados profesores de la Universidad. Había allí lo que se diría un nido de vacas sagradas de la ciencia política, la sociología y la economía política. Había también otros chavos que como yo lucían desencajados, como fuera de lugar. Lo bueno fue que el café, las galletas y los cigarros empezaron a correr. Se relajaron pronto los ánimos y nos presentamos unos con otros. Éramos más de veinte personas. González me saludó muy profesionalmente y me presentó con algunos amigos suyos. La anfitriona, profesora de la Facultad de Ciencias, era dueña de la casa que nos daba cabida. Se mostró amigable y quería que nos sintiéramos a gusto. A las ocho y media nos pidió que pasáramos a la sala porque la sesión iba a comenzar. Las sillas y sillones estaban dispuestos circularmente. El coordinador de debates tomó la palabra. Se trataba de Martínez, una de las auto asumidas vacas sagradas que yo había escuchado en la Universidad en algunas conferencias con temas económicos. ‘Bienvenidos compañeros -estableció secamente-, el documento del cual voy a dar lectura es el punto de partida de nuestra organización. Sienta las bases filosóficas y doctrinarias que espero se enriquezcan con su activa participación y con la lucha cotidiana en favor de las causas justas de la sociedad civil en general y en pro de los más desprotegidos y necesitados de nuestro país. La lucha en contra de las medidas político económicas que afectan el desarrollo democrático de nuestra ciudad y la nación. Partimos de la idea de que una sociedad requiere de la toma de conciencia necesaria para la lucha cívica. Es responsabilidad de organizaciones como la nuestra, en muchos sentidos inédita en el país, informar a la sociedad civil y promover la conciencia política entre los ciudadanos. Hoy sabemos que no basta con una mera democracia sin adjetivos. Está bien procurar un sistema de elecciones y partidos pero debemos ir más allá. La justicia social nos debe procurar una democracia económica también. Nuestra organización toma el nombre de Movimiento del Pueblo Mexicano porque se identifica con y quiere representar los intereses del pueblo mexicano. No tenemos compromisos con ningún partido político. Creemos que por ahora es indispensable continuar en la clandestinidad para no infiltrar virus contaminantes en nuestro movimiento. Con la participación de ustedes y otros compañeros decidiremos el tiempo oportuno de dar la cara ante la luz pública. Por el momento extenderemos con cautela nuestra militancia y las relaciones con organizaciones afines a nuestra causa.
Ante la crítica situación económica y frente a los eventuales cambios políticos coyunturales, es importante que cerremos filas y demos la pelea ante el poder y contra los enemigos del pueblo…’. Mientras tomaba mi café amargo, escuchaba atento y expectante esperaba la lectura en boca de Martínez de este documento que a continuación les leo…”. Pepe Buenrostro, con la faz evidentemente transformada por la emoción de su hallazgo político comenzó a leer. Conforme avanzaba, el espumarajo salival, característico en él, se acumulaba en la comisura de sus labios resbalando desde las zanjas de la lengua que sobresalía de su mandíbula prognata. Semejaba al perro con la blancura de la rabia en el hocico y el tono ronco, deshidratado, nervioso, del ladrido. Pepe se ajustaba los densos anteojos y hacía suyas las arengas del documento de Coyoacán: “Al pueblo de México, a la sociedad civil, a los estudiantes, a los profesionistas, intelectuales y artistas comprometidos con la lucha popular: Considerando…”.
“Pues para mí que se trata de una caballada, concluyó Amando cuando Buenrostro terminó la lectura. ¿Cómo? Sí pendejo. Que ese grupo ‘clandestino’ –hacía al aire con los dedos índice y medio de ambas manos el movimiento arriba-abajo de las comillas para marcar la adjetivación- no es más que un cuerpo que se está formando para apoyar a algún partido político o candidato para las próximas elecciones. Pero hace falta mucho, masculló Buenrostro. Y eso qué, pendejo, así son todos esos grupos dizque de izquierda. Si no, ¿por qué tantas ‘vacas sagradas’ están ahora en el gobierno, cobrando un chingo de lana? ¿Acaso crees que esos cabrones van a tomar las armas y se van a lanzar a hacer la guerrilla aunque sea con rifles de palo, se van a poner en huelga de hambre, van a coserse la boca con agujas, a sacarse sangre con jeringas, a mostrar las nalgas ante el Congreso, o algo así? A ver, dime. No sé, respondió Buenrostro, pero a mí me gustó la onda. Estos camaradas se me hicieron distintos a los que dices. Y yo siento como un llamado a la lucha. Quiero ser como el intelectual orgánico gramsciano que se prepara para la toma del poder, para ejercerlo por el bien social. Además, aparte de Los escritos de la cárcel estoy leyendo elManifiesto, a Lenin, a Mao, La guerra de guerillas del Ché, los libros de Fidel. Se me hace que eres burgués de Xochimilco, Amando. Yo no. Ustedes no se conmueven por la miseria, por los olvidados, los indígenas. Yo soy de clase media jodida del norte del DF, pero tengo mi conciencia. Quiero luchar. Órale pues, retó Amando, quiero verte haciendo al guerrillero, a ver si tienes güevos”. Pepe no respondió más. Quedó ensimismado en sus reflexiones mientras la espuma depositada en la comisura de sus labios comenzaba a escurrir y a gotear cayendo al piso del jardín de pingüicas. Sólo entonces levantó el torso del antebrazo y lentamente lo pasó por su boca.
*** “Jardín de pingüicas”; fragmento del primer capítulo de la novela inédita, Chilangos, de Héctor Palacio.


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