.. @ManceraMIguelMx a “mecate corto”, pero sin ahorcarlo
Casi desde cualquier perspectiva que se vea, el jefe de gobierno de la ciudad de México, Miguel Mancera, “no las trae todas consigo”. Beneficiario del voto razonado de la ciudad hasta en un 60%, colector de los frutos de los gobiernos de izquierda que desde 1997 manejan la urbe chilanga (hasta ahora más para bien que para mal), Mancera no ha logrado destacarse aún como el representante que los habitantes de esa ciudad crítica hacia su pasado, vigilante constante de los acontecimientos presentes, así como de la obligada interacción y el cómo de la misma con el gobierno federal, esperan.
Al ser elegido no ha recibido un cheque en blanco para llenarlo a su antojo, recibió un encargo crítico así como ciertas premisas básicas a seguir; por supuesto, con cierto margen para proponer su propio sello dentro de la dinámica general. Sin embargo, ciudadanía y gobernante no logran hacer clic.
Desde los oscuros y violentos actos del primero de diciembre pasado y sus secuelas, hasta la acción de la policía este fin de semana contra los manifestantes que se transportaban en el metro a la culminación del evento #OcupaLosPinos que es parte de la #OpResistencia en contra del gobierno de Peña Nieto, pasando por los perros de Iztapalapa y los once desaparecidos recientemente, entre muchas otras menudencias, Mancera se muestra vacilante y distante de lo que supondría un gobernante de izquierda. Se sabe que él no lo es, pero fue electo como representante de ella.
Y más que vacilante, muchos argumentan ya que su verdadero problema tiene nombre: Peña Nieto. La cercanía con él, que no actúa como político de oposición, que se comporta como burócrata más que como político, como empleado del gobierno federal, que sostiene una relación de subordinación, que Mancera, en fin, será, voluntariamente o no, parte del plan de regresar al PRI al gobierno del DF (en vía de hechos, con la burocracia del Estado de México y de Hidalgo, el PRI está asentado en la ciudad).
Y otros se preguntan, en un último conceder el “beneficio de la duda”, si Mancera finalmente se despejará, si escuchará la crítica (aun, que se dedica más a la vida social que a gobernar), y será al fin el gobernante que la ciudad necesita. Si al cabo cumplirá con su frase postelectoral: “No les voy a fallar”.
Lo cierto es que existe insatisfacción. Y ante esta perspectiva y ante la posibilidad de que no se dé el giro que la ciudadanía demanda, lo que ésta ha hecho y aún podría desplegar con mayor empeño, es la crítica constante a Mancera. Cuestionarlo, recordarle cómo, porqué y para qué fue electo. Traerlo a “mecate corto”, como dice la expresión popular. Y esto se ejerce ya, y no sólo en las redes sociales, también en la calle.
A mecate corto, pero sin ahorcarlo, porque otros sugieren que una “guerra” demasiado intensa en contra del jefe de gobierno, una solicitud de renuncia como circuló el fin de semana en las redes sociales como respuesta a los hechos de la policía impidiendo la libre manifestación, y debido la ausencia de un claro liderazgo actual entre la izquierda de la ciudad, podría darse pie entonces sí, al zarpazo priista siempre al acecho.
Y aunque el tácito maridaje entre Peña Nieto y Mancera no es deseable para los votantes (obligado un tanto por la acción del PRD en el “Pacto por México”), la ciudad ha aprendido suficiente de su negro pasado priista como para como para volver a él.
Mancera tiene la palabra, si no la toma, la expresarán entonces los ciudadanos, la calle.

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