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Tráfico de órganos: verdades y leyendas/ II
Pedro Miguel

C
uenta la leyenda que Cosme y Damián, hermanos gemelos de origen árabe, vivían en Cilicia, en donde practicaban la medicina sin cobrar nada a cambio. Se les atribuyen curaciones milagrosas sin cuento y el propio emperador Justiniano I aseguró que lo habían curado de una dolencia indeterminada. Cuéntase también que un sacristán que padecía de pudrición en una pierna soñó que dos señores le cortaban la extremidad afectada y ponían en su lugar la pierna de un africano difunto que había sido enterrado poco antes en un cementerio cercano. Al despertar, el individuo se encontró con que su pierna había sanado, aunque se había vuelto morena. El milagro fue atribuido a los gemelos médicos, quienes habrían llevado a cabo el trasplante mientras el paciente dormía. Y así fue que quedaron como patronos de la cirugía y, en particular, del intercambio de órganos, tejidos y pedacería varia entre organismos distintos.
Hay otras antiguas historias sobre injertos y trasplantes procedentes de India (nariz, 800 aC), Jerusalén (senos, 15 dC), órganos varios (China, 200 dC), pie (Italia, 1200 dC), piel (Italia, siglo XVI) y hueso (Holanda, 1668), pero no son verosímiles. El primer galeno de la era moderna que aseguró haber llevado a cabo injertos exitosos fue el suizo Jacques-Louis Reverdin (1842-1929), quien en 1869 habría realizado aloinjertos (donante y receptor de la misma especie) y xenoinjertos (donante y receptor de especies distintas) de piel, pero hoy día se pone en duda su hazaña.
El primer trasplante incuestionable fue el de córneas, realizado por Eduard Zirm en 1905. En 1933 el cirujano ruso Serge Veronoff intentó, sin éxito, un trasplante de riñón de madre a hijo, pero el donante rechazó el órgano y murió 22 días después de haberlo recibido. En 1954 tuvo lugar el primer intercambio exitoso de riñón: lo efectuó Joseph Murray, en Boston, de un gemelo a otro, lo que le permitió prescindir de tratamientos para inhibir reacciones inmunológicas. En 1962, en el hospital Peter Brent Brigham, también en Boston, se llevó a cabo el primer trasplante de un riñón procedente de un difunto. El órgano le funcionó al receptor durante 21 meses. Entre 1963 y 1967 se llevaron a cabo, en Estados Unidos, los primeros trasplantes de pulmón, páncreas e hígado, y en ese último año el doctor Christian Barnard realizó, en Sudáfrica, el primer trasplante de corazón de la historia. De entonces a la fecha se han realizado avances tan impresionantes en las técnicas de pasar pedazos de un organismo a otro como los trasplantes de cara, mano y pie. Otra historia son los avances en el cultivo de tejidos para injerto o trasplante, en los cuales las impresoras 3D parecen destinadas a hacer posibles las granjas de órganos sintéticos.
Pero el impresionante desarrollo de la técnica de trasplantes no quiere decir que éstos sean procedimientos sencillos. Cualquier intento de trasplante debe hacer frente a tres asuntos sumamente complejos: procedimientos quirúrgicos especializados (sutura vascular, circulación extracorpórea, neurocirugía), pronóstico y tratamiento contra el rechazo (inmunología) y protocolos de conservación y preservación del órgano que se va a mover de un individuo a otro. Las dificultades de resolver esos tres aspectos hacen inviable la existencia de un negocio delictivo de descuartizamiento de humanos para conseguir órganos trasplantables.
Supongamos por un momento que los procedimientos, el personal y los aparatos requeridos para resolver los problemas quirúrgicos e inmunológicos de un trasplante pudieran estar al alcance de una clínica clandestina. Pongamos entre paréntesis el hecho de que cualquier organismo vivo o recién muerto que vaya a donar un órgano debe ser sometido a estudios previos de compatibilidad con el receptor. Aun así, quedan irresueltos los problemas de la preservación de los órganos, empezando por el del tiempo: el máximo que puede someterse a un hígado o riñón a la ausencia de riego sanguíneo (fase isquémica, o periodo entre la extracción del órgano o el fallecimiento de su propietario y la implantación en el receptor) es de 17 a 20 horas para un hígado o un riñón, y de sólo cuatro horas pára un corazón. Pero incluso durante ese tiempo se requiere, para la conservación adecuaeda del órgano, de procedimientos de hipotermia a 4°C (para lo que se necesitan dispostivios de enfriamiento rápido y homogéneo) combinada con inmersión en soluciones especiales y, de preferencia, con aparatos de bombeo de oxígeno y el agregado de fármacos cuidadosamente dosificados para prevenir lesiones por isquemia en el órgano trasplantable (proterenol y glucocorticoides como estabilizadores de las membranas lisosomales; prostaglandinas, por su acción vasodilatadora).
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