COLUMNAS
País de cuates y canonjías
Los cuates del presidente, han tenido la oportunidad de taparnos la boca a todos y demostrar que están en el cargo por razones que no tienen nada que ver con su cercanía a Enrique Peña Nieto o al PRI
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Antes de leer el artículo “el pésimo negocio de ser ´amigo´de Peña Nieto”[1], escrito por el periodista Ciro Gómez Leyva, pensé que éste se refería a Virgilio Andrade, Luis Videgaray, Murillo Karam, Emilio Chuayffet, Arturo Montiel, Aurelio Nuño, Fidel Herrera, Rosario Robles o los dueños de Higa u OHL, entre otros personajes cercanos al primer círculo del Ejecutivo.
Y es que en México, la realidad contra la que se estrellan todos los discursos oficiales, demuestra lo contrario a lo que afirma el título de la columna: ser amigo del presidente es más que un buen negocio, pero ese no era el tema del artículo.
Aparentemente, Gómez Leyva tiene la facultad de pensar y sentir por cada uno de los miembros de la junta de la UNAM que eligió a Enrique Graue en lugar de Sergio Alcocer y aunque al principio parece respetar su decisión para poder construir un patrón –necesita por lo menos un caso más para tratar de demostrar la injusticia-, que demuestre el hecho de que a pesar de sus credenciales, Raúl Cervantes y el mismo Alcocer fueron víctimas de su cercanía con el presidente (¿?)
El tema no pasaría de ser un asunto afincado en el terreno de la anécdota y la subjetividad, si no tuviera repercusiones en todas las áreas de la esfera pública.
Aquí en México, el amigo Videgaray todavía insiste en que el Malinalco-Gate es un asunto entre particulares que ha afectado sobre todo a su familia, cuando es un tema de evidente conflicto de interés que tiene que ver no solamente con lo ilegal, sino también con lo ilegítimo.
Parafraseando a The Economist, no solamente el Presidente no entiende que no entiende, sus cuates tampoco tienen la menor idea de los graves mensajes que envían a la opinión pública sus actuaciones al amparo de la institución presidencial.
Mientras el amigo Virgilio Andrade a través de la Secretaría de la Función Pública, afirma que no hubo conflicto de interés en los asuntos de la Casa Blanca y Malinalco, mientras Arturo Montiel y Humberto Moreira se pasean con toda libertad exhibiendo su riqueza al mundo y Fidel Herrera es cónsul en Barcelona, a nadie sorprende que según el IMCO, la corrupción es el enemigo público número uno de México[2].
El mensaje que envía el modus operandi presidencial, legitima la cultura del privilegio a la del esfuerzo, la sombra del líder antes que el reflejo del espejo, el clientelismo en lugar de la meritocracia y la amistad convertida en una moneda de cambio que paga complicidades y canonjías.
Los cuates del presidente, han tenido la oportunidad de taparnos la boca a todos y demostrar que están en el cargo por razones que no tienen nada que ver con su cercanía a Enrique Peña Nieto o al PRI, pero han preferido cerrar ojos y oídos a las voces ciudadanas que exigen transparencia, rendición de cuentas y justicia.
Y es que la corrupción no es un problema cultural, como afirmó el presidente a León Krauze. Sigue siendo un tema de Estado de Derecho y aplicación de la ley
¿Cómo puede México competir a nivel internacional si según el IMCO, el 99% de los delitos quedan impunes? “Usted y el fiscal son lo mismo, pura corrupción” gritó la madre de una joven desaparecida en Veracruz al gobernador Javier Duarte.
Mientras tanto, el Instituto Nacional de Evaluación Educativa –INEE- reconoce que la desigualdad social se evidencia a través de los resultados de la prueba PLANEA y que éstos no sufrirán modificaciones en el corto plazo, en México “la cigüeña es la que decide quién será un estudiante sobresaliente; lo demás, al parecer, carece de relevancia”, dice Ricardo Raphael[3].
La cigüeña y por ende, las amistades. Es muy grave que en México, la escuela siga perpetuando las desigualdades en lugar de ser factor de movilidad social. Muy grave.
Por eso, ojalá el artículo del periodista Gómez Leyva fuera cierto. Ojalá en México ser amigo del presidente o del gobernador o del alcalde fuera un pésimo negocio. Ojalá la gente tuviera que demostrar su valía por méritos propios en lugar de ser amigo de cualquier funcionario. Ojalá nadie se sintiera ofendido por eso y mucho menos víctima de aquellos que –con razón- ya no quieren a ningún “amigo” del presidente.
Otro gallo nos cantaría.
¿Usted qué opina, estimado lector?


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