Polémica en torno a El Gordo Alvarado en @tvunam
Aparte de su labor en distintos medios, Alvarado ha tenido ambición de poder.
No lo nombro Gordo por ofender sino para su más rápida identificación y, sobre todo, porque él mismo se califica así en sus programas de televisión pese al loable régimen dietético al que se somete con frecuencia para que su imagen aparezca lo mejor posible; aunque la papada de cualquiera siempre resulte traicionera.
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Independiente de que muchos lo consideran un hígado, Nicolás Alvarado Vale es un buen locutor. Lo he escuchado desde hace tiempo en la radio y la tv. Y tiene un buen conocimiento de su ámbito de trabajo, de la cultura en general y la literatura en particular aunque su estilo de exponer pueda ser chocante, un tanto pretencioso y llegue aun a la arrogancia. Escribe bien como articulista pero es insípido; trata de ser chistoso aunque poco retiene al lector. En fin, ese es el talante del Gordo Alvarado, le guste a quien le guste y a quien no, pues no.
Como exalumno de la UNAM, no tengo mucho problema con que se invite a egresados de otras universidades ya sea como profesores, investigadores o, tal vez, burócratas. Así, en el pasado llegaron a la Universidad excelentes académicos provenientes sobre todo del exilio español y sudamericano. El problema empieza cuando una institución universitaria deja de generar lo que suele llamarse, sus “propios cuadros”. Como en todo, debe de haber un balance.
Ese es uno de los puntos que ha desatado la polémica en torno al nombramiento de Alvarado como director general de TVUNAM, que no es egresado de la UNAM sino de la universidad Iberoamericana (si es que ya se tituló), que ni siquiera la conoce, argumentan sus críticos. Otro punto importante es que si bien ha participado de la televisión pública, su despegue ha sido en uno de los canales de televisa y los opositores consideran que pudiera incorporar los usos y estilos del monopolio a la institución universitaria. Uno más, que fue impuesto por el nuevo rector, Graue Wiechers, y que ha llegado con equipo e ínfulas, pues una de sus primeras acciones ha consistido en despedir a personal con conocimiento y experiencia en la televisora universitaria con el argumento de que no encajan en su proyecto. Los ha sustituido con personal traído de televisa.
Aparte de su labor en distintos medios, Alvarado ha tenido ambición de poder, como se muestra con esta designación, cobijado por su madre, la comunicadora Tere Vale y su padrastro, Miguel González Avelar, que entre otras cosas fue diputado y senador por el PRI además de secretario de educación pública con Miguel de la Madrid.
No hay de otra por ahora que dar a Alvarado el “beneficio de la duda”, pues ya sea por reconocimiento o amistad, ha sido impuesto y, a menos de que llegara a excesos, lo más probable es que Graue Wiechers lo respalde. Lo que sí sería delicado para el presente y el futuro es que se genere y propague la idea, o se vuelva realidad, de que al interior de la UNAM se carece de elementos para conducir de manera exitosa las distintas instituciones. Porque llevado al absurdo, ello supondría la llegada a rectoría de alguien que jamás ha pisado ciudad universitaria, que en vez de Enrique Graue su lugar estuviera ocupado por egresados de la Iberoamericana, el ITAM o la Panamericana.
Ya se sabe que en la Universidad los cargos de dirección y rectorado, si bien por lo general están sustentados por el currículum, usualmente son otorgados por decisiones de corte político, porque los universitarios, por muy comprometidos con su quehacer que estén, no escapan al amor y la ambición por el poder y la capacidad de trepar en el sistema; enseñanza y práctica priista, sin duda. De allí que por lo general el rector, salvo pocas excepciones, sea acordado desde Los Pinos. A la inversa, tenemos el ejemplo ahora de Narro Robles que, no obstante argumentar pluralidad, durante su rectorado coqueteó sobre todo con el PAN y el PRI. Al fin sucumbió a Peña Nieto y este lo ha nombrado secretario de salud. Así es la autonomía universitaria; es lo que vale.
Odiado y amado, hubo en México otro ser pasado de kilos y ligado a la cultura que fue identificado por esta característica física, El Gordo Alcaraz, polifacético y talentoso como músico, actor, director de teatro, productor y crítico cultural en Proceso yReforma (diario donde hoy hay otro gordo encargado de la supuesta crítica musical, pero no es más que una burda imitación o mala copia de Alcaraz). Polémico, Alcaraz al parecer no buscó el poder (como es usual entre los escritores y artistas mexicanos; y de allí nadie los saca, pasan de un puesto a otro, se rotan, ayer en la UNAM, mañana el canal 22 o el 11 o en Bellas Artes o Conaculta, etcétera; son una epidemia), se dedicó a lo suyo y ese sí, con mucho rigor y humor.
José Antonio Alcaraz ha sido el creador de bromas o anécdotas célebres en las que respondía como objeto de la crítica o la ejercía. Así, dijo alguna vez, “los grupos artísticos de Bellas Artes no merecen ni mi odio ni mi amor, sólo mi desdén”; rebautizó al Teatro del Palacio de Bellas Artes como Teatro Blancote, relacionándolo con su vecino, el Teatro Blanquita, y su mala calidad de producción. No podía pasar desapercibido. Y quién no lo iba a querer o aborrecer si lanzaba frases como esta: “A mí las rancheras no me agradan, las detesto, sobre todo, si están cantadas en alemán”; obstinado por la modernidad, se refería a la estructura y estilo reiterado de las canciones de Franz Schubert.



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