miércoles, 14 de enero de 2009

FEDERICO ARREOLA

Carstens el marrano y Ortiz el cochino, o viceversa
Por Federico Arreola
13 de Enero, 2009 - 20:18
No me refiero al físico de nuestros más importantes funcionarios económicos, Agustín Carstens y Guillermo Ortiz, pues si bien uno es gordo y el otro muy flaco, a ambos cabe llamarlos marranos o cochinos. Enseguida diré por qué. Y lo haré, desde luego, con fundamentos académicos.
Recuerdo que, en la campaña de electoral de 2006, Manuel Camacho era uno de los coordinadores del equipo que apoyaba a Andrés Manuel López Obrador, a la sazón candidato de la coalición Por el Bien de Todos. Camacho era el responsable de las giras en las entidades del noreste de México. Así, en una de sus visitas a Monterrey el ex regente del Distrito Federal se reunió con algunos empresarios. Político profesional y de plano muy tradicional, Camacho a los empresarios les dijo lo que éstos querían escuchar. Y como se suponía que los capitanes de industria regiomontanos veían con muy buenos ojos a Agustín Carstens, en ese tiempo funcionario del Fondo Monetario Internacional, pues Camacho de plano les aseguró que AMLO pensaba hacer secretario de Hacienda a semejante personaje.
Lo anterior me lo contó uno de los hombres de negocios que había charlado con Camacho. Aunque me llamó la atención el dato, como Camacho lo decía, simplemente me lo creí. Por esa razón, a ese empresario, propietario de una de las 10 mayores empresas industriales de Monterrey, le pregunté su opinión acerca de Carstens. Me respondió con tres contundentes, severas palabras: "Es un marrano". Después se rio a carcajadas y añadió: "Pero si lo contrataron en el Fondo Monetario Internacional es que debe ser un súper marrano, un cochino de calidad de exportación". Consideré que ahí había un buen chiste y me reí tanto como mi interlocutor.
Días después de ocurriera lo que estoy contando, le pregunté a Andrés Manuel que si él pensaba, con seriedad, darle la secretaría de Hacienda a Carstens. "De ninguna manera", me contestó el Peje. Influido por los comentarios del hombre de negocios de la Sultana del Norte, le dije a Andrés: "De seguro no lo quieres por marrano..." El tabasqueño me interrumpió: "No lo quiero por su lealtad al Fondo Monetario Internacional, su figura y su peso me tienen sin cuidado".
Eso lo comenté, en los días previos al segundo debate de los candidatos presidenciales, con alguno de los moneros, creo que con El Fisgón, quien divertido sintetizó todo con la siguiente expresión: "Los marranos y los cochinos y los del Fondo Monetario Internacional son exactamente lo mismo". Es verdad. Entre otras acepciones de la palabra "marrano", el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia Española ofrece las siguientes: "Persona sucia, desaseada, grosera, sin modales, que procede o se porta mal o bajamente". ¿Es todo eso el señor Agustín Carstens? Sí, desde luego, y no es el único funcionario económico al que le vienen a la medida tales definiciones.
Nuestros funcionarios económicos, los de hoy y los del pasado, se supone que son muy buenos. Por eso Carstens estuvo en el Fondo Monetario Internacional, Ortiz ha logrado un cargo relevante en el Banco de Pagos Internacionales y el ex secretario de Hacienda José Ángel Gurría es secretario general de la OCDE. Apantallan, sin duda. ¿Por qué, entonces, a los mexicanos siempre nos va tan mal? Vaya pregunta difícil de resolver ya que, en teoría, a los mexicanos nos debería ir de maravilla dado que nuestra economía la han dirigido, ya durante décadas, economistas tan brillantes que hasta son reconocidos con puestos en las más rimbombantes instituciones financieras o de desarrollo del mundo.
Nos va mal, ciertamente muy mal, a pesar de lo preparados que están tipos como Agustín Carstens y Guillermo Ortiz, porque éstos son, en realidad, un par de marranos, dos cochinos que no trabajan para los mexicanos, sino para sus jefes que residen en Londres, Nueva York, Suiza o París.
Lo único que nos queda a los ciudadanos es cuestionarlos, criticarlos, llamarlos a cuentas. Ya lo dice el refrán: aunque te chille el cochino, no le aflojes el mecate.

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