Usted y yo nos podemos poner a discutir todo el día sobre nuestras ideas: que si AMLO, que si Peña Nieto, que si Felipe Calderón, que si el crimen organizado, que si los medios.
¿Pero sabe qué? No va a pasar nada. ¿Por qué? Porque son ideas, las ideas de un reducido número de personas que lee, que consulta los periódicos, que se comunica a través de las redes sociales.
Hay algo mucho más poderoso que la más importante de las ideas, que la más popular de las publicaciones, que el más comentado tema de la internet: las emociones.
Ellas son las que mueven al mundo, las que mueven a México, las que no distinguen entre analfabetos e intelectuales, las que definen las elecciones y las que realmente nos impulsan a decir y a hacer lo que decimos y hacemos.
Por eso creo más en las telenovelas que en los libros. El más limitado de los melodramas seriados alimenta el alma de más personas que el más maravilloso de los ensayos, que el más vendido de los periódicos, que el más inteligente de los trabajos del más sabio de los escritores.
Es, entre otras cosas, una cuestión de matemáticas. En la democracia, todos somos iguales y son más las personas que se exponen a la televisión que las que leen los periódicos o las que opinan a través de Twitter y Facebook.
Y si queremos ser verdaderamente escrupulosos, son más los televidentes que miran producciones como Abismo de pasión, Amor bravío y La mujer de Judas, que las que sintonizan noticiarios o mesas de análisis tipo Tercer Grado.
Si queremos un cambio democrático, lo tenemos que hacer a través de las telenovelas, no a través de las noticias, de las barras de opinión o de los foros en internet.
El problema es que nuestros especialistas están tan ocupados y son tan finos que no tienen tiempo de ver melodramas seriados, se sienten superiores a ellos, los desprecian.
Qué pena porque, si fueran más humildes, hubieran detectado, desde hace años, muchas situaciones que hoy nos tienen divididos y otras, delicadísimas, que nadie denunció y que este año tuvieron más impacto en las audiencias que los mismísimos debates presidenciales, como los parlamentos a favor de El Copetes en títulos como Por ella soy… Eva.
¿Por qué le estoy escribiendo esto? Por dos razones fundamentales: urge que en este país, tal y como sucede en otras naciones, reconozcamos la importancia de las telenovelas y nos pongamos a estudiarlas, y porque hoy, a las 21:00, por el canal Cadenatres, termina Infames.
¿Qué es Infames? Una telenovela realizada por la casa Argos para Grupo Imagen que usted, que es inteligente, que es influyente, que lee, que consulta los periódicos, que navega por internet y que convoca, no se puede perder.
Es uno de los productos más valientes que se han hecho en toda la historia de la televisión mexicana, el objeto más tremendo de denuncia que haya pasado por nuestras pantallas, un milagro para una industria tan controlada y tan conservadora como la nuestra.
¿De qué trata? Del poder y de la gente que controla al poder a través de la corrupción, del sexo, de las drogas, del dinero, de la política, de la manipulación de contenidos, del miedo, del placer y del dolor.
Obviamente es una telenovela, con presupuesto de telenovela y con las presiones típicas a las que se enfrentan los creadores de telenovelas pero, aún así, ahí se han dicho cosas que jamás se habían dicho de esa manera, a través de las emociones y no de las ideas.
¿Como cuáles? Como que el narcotráfico está infiltrado en el gobierno, como que Estados Unidos pesa más en nuestros asuntos de lo que nosotros mismos nos imaginamos, como que muchos de nuestros políticos son homosexuales y no lo reconocen.
Infames es tremenda porque al mismo tiempo que es muy local, es muy universal, y porque entre más la vemos, más aprendemos y más descubrimos que todos somos parte de un sistema, que todos somos como esos hombres y mujeres, que todos somos infames.
Hoy vamos a comprobar si Cadenatres es “la televisión más abierta que nunca”. Esta noche va a suceder algo fuerte a nivel emociones.
Sería una lástima que usted se lo perdiera, que estos señores, por no tener la distribución de Televisa y Azteca, no trascendieran y, peor tantito, que la opinión pública los castigara con su silencio. ¿A poco no?
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