martes, 28 de enero de 2014

¿Pueblo sumiso?
Pedro Miguel
S
e ha escrito y dicho enormidades sobre la presunta pasividad de la sociedad mexicana y de su supuesta obsecuencia ante el poder oligárquico que devasta al país desde hace tres décadas y que ha eliminado o atropellado derechos básicos, ha vendido o se ha robado buena parte de la propiedad pública y ha entregado a México al saqueo trasnacional. Pero es fácil desmentir esa apreciación con un apretado recuento de algunas de las rebeldías que han tenido lugar en ese lapso: ya desde 1988 la sociedad mayoritaria votó por sacar del gobierno a los tecnócratas neoliberales y a éstos les fue necesario perpetrar un fraude monumental e inocultable para conservar la Presidencia. Seis años después las comunidades indígenas chiapanecas se alzaron en armas, han resistido y a la fecha se mantienen en rebeldía y han desarrollado un modelo de desarrollo que es, en muchos sentidos, ejemplar. En 1997 la ciudadanía capitalina echó al PRI del gobierno de la ciudad. En el sexenio de Fox se sucedieron, entre otras, las rebeldías de los trabajadores de Lázaro Cárdenas y las rebeliones de Atenco y Oaxaca, implacablemente reprimidas por el démocrata Vicente Fox y por sus aliados priístas locales: Enrique Peña Nieto y Ulises Ruiz.
En 2005 la sociedad detuvo el intento foxista de fabricar un caso judicial que inhabilitara al aspirante presidencial mejor posicionado, Andrés Manuel López Obrador. En 2006 tuvo lugar una nueva insurgencia electoral, el régimen volvió a perder una elección federal y hubo de recurrir, de nueva cuenta, a la falsificación de la voluntad popular. Dos años más tarde la movilización social detuvo el primer intento formal de privatización de la industria petrolera y a partir de 2009 el Sindicato Mexicano de Electricistas se ha mantenido en pie de lucha, al lado de decenas de miles de usuarios de energía eléctrica que resisten los cobros arbitrarios y desmedidos. Durante el calderonato se multiplicaron las resistencias comunitarias a proyectos depredadores de desarrollo, como en La Parota, Temacapulín, Wirikuta y otros sitios. La violencia impuesta al país por el régimen desembocó en el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, el cual logró llevar a cabo importantes movilizaciones masivas. En el último año de esa administración desastrosa estalló el movimiento #YoSoy132, el cual asimiló con agilidad sorprendente la vieja noción de que el aparato mediático formalmente privado constituye uno de los pilares fundamentales del régimen oligárquico. El narcosexenio de Calderón se saldó con una nueva inmundicia electoral y una nueva imposición presidencial.
La resistencia civil pacífica encabezada por López Obrador ha desembocado en la constitución del Movimiento de Regeneración Nacional, del que se puede esperar que reinserte las luchas sociales y la propuesta de un modelo alternativo de país en un entorno electoral hoy dominado casi en su totalidad por el proyecto neoliberal. Se ha establecido un grupo plural de convergencia, la Unidad Patriótica por el Rescate de la Nación, que ha logrado acercar posiciones hasta hace poco irreconciliables. En estas tres décadas, la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación ha emprendido innumerables movilizaciones en defensa de los intereses del gremio magisterial, la democratización del sindicato y mantiene, hasta hoy, una resuelta oposición a las reformas regresivas peñistas. A su manera, las policías comunitarias y los grupos de autodefensa, siendo tan distintos entre sí, constituyen también formas de rebeldía ante un poder que ha venido delegando en los cárteles el ejercicio de gobierno. ¿Pueblo sumiso?
En algunas personas florece una rebeldía interior que lleva el nombre de literatura. Es una de las más virulentas y peligrosas para este desorden establecido que padecemos. José Emilio Pacheco la practicó desde siempre y hasta su último día. Va para él una pequeña despedida que es también un rencuentro.
No podía creer que fuera cierto 
cuando ayer por la noche, en mala hora, 
supe la novedad demoledora 
de que usted, José Emilio, había muerto. 
Imperan la tristeza, el desconcierto, 
y si la poesía lo deplora, 
llora el país y la decencia llora 
librando su batalla en el desierto. 
En esta soledad devastadora 
nos queda por lo menos algo cierto 
y un susurro de letras por aurora. 
Ayuda, José Emilio, en este entuerto 
saber que en esta tierra que lo añora 
viven muchos y usted está despierto.

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