Los demonios andan sueltos… ¿una nueva revolución?
Muchos de los actores e intelectuales que ahora atizan y cantan la “nueva revolución” en nuestro país serán quienes la sepulten.
La noche del domingo reflexioné y tuiteé: “Cada día que pasa sin que aparezcan los normalistas de Ayotzinapa, cada día que se asoma el fantasma de la tercera gran revolución social”.
Los elementos para armar una revuelta que cambie radicalmente al país parecen más que ideales. Si bien no hay una crisis económica de grandes magnitudes, dado que la macroeconomía sigue pujante el poder adquisitivo de las mayorías sigue deteriorándose. Las expectativas para el 2015 que iban a ser alentadoras, simplemente se están desvaneciéndose por no saber despetrolizar la economía. En resumen, no hay crisis, pero si como sospechan algunos analistas, incluido el gobernador del Banco de México, ya hay síntomas de salida de capitales y de que las inversiones extranjeras se han reservado cualquier interés por México, los números no cuadrarán.
En casi todo el territorio gran parte de los mexicanos están trabajando y hasta se puede decir que han sabido adaptarse a los tiempos violentos que vivimos, pero una amplia región hay un descontento social generalizado (lo señalo con precisión: Michoacán, Guerrero y Oaxaca). El corredor de estos estados del Pacífico no son todo México, es más, ni siquiera están en el radio de interés de otras entidades, pero tan cerca del centro del poder político y económico y tan efectivas movilizaciones estudiantiles y del magisterio se están generando desde la oposición a la reforma educativa hasta el caso de los normalistas desaparecidos, que la inconformidad ya llegó allende las fronteras y jóvenes de varios estratos sociales han hecho suya las causas de la indignación.
Adicionalmente, como suelen suceder todas las revoluciones, la división entre las élites políticas y económicas es la que prende más que las protestas callejeras. La ambición grupal o personal de algunas de las partes del status quo que se han visto impedidas de tener el poder total del país han provocado la caída o división de regímenes como ocurrió en la era reciente en 1988 y en 2000 con el PRI y el 2012 con el PAN . Pero en este año, las ambiciones políticas y sociales de los grupos políticos que buscan cambiar el sistema social parecen ser insaciables y quieren aprovechar la coyuntura de las movilizaciones para montarse sobre ellas y controlar su desenlace. De ahí que desde arrancado el sexenio han insistido en colocar las consignas, que no ideas articuladas, de “presidente impuesto” y “demando tu renuncia EPN”. No son inteligentes, pero venden bien entre los resentidos sociales y las bases de apoyo clientelar que las repiten y las han hecho que ya se palpen en las calles. El que un derechoso como Jorge Ramos y un izquierdoso como Epigmenio Ibarra coincidan en la misma tonadita es síntoma de lo que expongo en este párrafo.
No es la primera vez que lo presiento en esta coyuntura. Los elementos están a la orden del día.
Sin embargo, también es altamente probable que nada ocurra por la sencilla razón de que el protagonismo de los últimos siempre termina por echar a perder cualquier oportunidad de cambio.
Muchos de los actores e intelectuales que ahora atizan y cantan la “nueva revolución” en nuestro país serán quienes la sepulten, la descompongan, la dividan, la aprovechen para sus propios fines. Ellos serán los primeros en hacerla fracasar como hicieron fracasar antes otros movimientos sociales e insurgentes. Son los oportunistas de siempre.
Vayamos a datos concretos. Ocurrió con el EZLN en 1994 y en el 2012 con el movimiento #YoSoy132, absorbidos por los oportunistas que han llevado el agua al molino electoral de quien esté al frente de las izquierdas en ese momento. Antes para darle beneficios al PRD, hoy quieren reeditarlo con MORENA.
En 1994, diferentes fuerzas sociales y políticas de México a convocatoria del alzamiento neozapatista, organizaron la Convención Nacional Democrática para intentar cambiar el rumbo del país. Hoy, nadie la recuerda; el intento más acabado quedó en el olvido, los “moderados” se quedaron en el PRD para intentar los cambios por la vía electoral; los zapatistas se convirtieron en una gran ONG que cohabita en sus caracoles con los gobiernos priistas perredistas y hasta frívolos como el del “Güero” Velasco. Los radicales, según algunas fuentes, salieron expulsados de ahí para formar el EPR y esperar el momento para operar.
La actual irrupción de grupos sociales y estudiantiles despierta esperanzas y dudas entre quienes buscan una nueva revolución o al menos un nuevo 68. La experiencia del fracaso y el olvido colectivo está latente, sobre todo porque los grupos que ahora convergen en el mismo sentido son tan disímbolos, tan distantes unos de otros, que si bien hoy los une la necesidad de sacudir al país, también los dividen sus ideologías y, hay que decirlo, sus diferencias de clase. Sin la unificación ideológica ni un proyecto incluyente de todos y para todos los mexicanos, cualquier intento revolucionario está destinado al fracaso absoluto.
Una ruta complicada para los que vitorean el cambio radical y creen que llegó el momento. Sin duda, mucho más el gobierno de Peña Nieto, que no atina a cómo hacerle frente a esta gran crisis que le está costando demasiado y cree que sólo se limita a un municipio como Iguala. Está viendo sólo una rama incendiada, pero no ha sabido visualizar todo el bosque, donde hay muchas brasas prendidas

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