PRD: desvergüenza; 25 años de historia y un final de escoria
Esa sincronía de los espíritus, de la emoción y la razón, sería el núcleo anímico y político fundador del Partido de la Revolución Democrática en 1989.
El historial de lo que hoy se llama izquierda mexicana es, salvo excepciones, un fracaso. Ahora, mientras mantienen posiciones burocráticas dominantes, a los líderes del PRD les parece que no es importante ganar la presidencia de la república, cuando ese fue precisamente el origen de su fundación, buscar llegar a ella para desde allí modificar el proyecto de país.
Todos los que sincrónicamente en 1988 sintieron alguna vez el espíritu henchido de rebeldía palpitar en el pecho, estuvieron, física o mentalmente, en los mítines preelectorales y en las manifestaciones de protesta una vez consumado el gran fraude priista de entonces (incluso tal vez el apestado Guillén, alias Marcos, o los de su tendencia “radical”).
No tanto por Cuauhtémoc como por el reconocimiento al apellido heredado y sobre todo a la causa histórica y el proyecto nacional detrás del mismo tan caro a los mexicanos, esos espíritus unieron como un solo aliento el deseo y la demanda de justicia democrática ante el engaño.
Todos, jóvenes, ancianos y maduros salieron a las calles y al fin tuvieron que tragar la rabia, el coraje, el fracaso ante el poder ensoberbecido que se imponía en la figura de Carlos Salinas de Gortari (y sus negociaciones con el propio hijo del General y sus golpes de astucia), quien impulsaría una etapa histórica que se prolonga hasta hoy y que no ha sido sino de crisis y perjuicio para la nación y la mayoría de sus ciudadanos.
Esa sincronía de los espíritus, de la emoción y la razón, sería el núcleo anímico y político fundador del Partido de la Revolución Democrática en 1989.
25 años después, nada. El PRD está, como un hígado decadente, enfermo y lleno de tubérculos, en fase terminal, absolutamente vaciado de ese espíritu original por alguna de las razones siguientes:
Burocratismo.
Divisionismo.
Mezquindad.
Traición.
Corrupción.
Ancianidad física y mental.
Desengaño.
Quizá un calificativo las resuma: Chuchismo.
Todos estos elementos, causa de la enfermedad o acaso la enfermedad misma, son importantes. Así, por ejemplo, entre las figuras principales (poniendo de lado a quienes en la trayectoria han sido asesinados o han muerto como Rincón Gallardo y Heberto Castillo), hay decrépitos como Muñoz Ledo o Pablo Gómez, escindidos como López Obrador, fugados e institucionalizados por el PRI como Rosario Robles, decadentes en un último aliento infructuoso como Cuauhtémoc Cárdenas. Los expectantes o paralizados como Alejandro Encinas. Y también, por supuesto, los más fieles a la antípoda de los ideales de la fundación, a los “traidores”, a los negociadores, a Los Chuchos, sin olvidar a los cómplices y los vástagos que les sostienen del brazo a cambio de dádivas y posiciones.
Nada más patético en el PRD que las figuras de Jesús Ortega y Jesús Zambrano. Los caricaturistas los han dibujado bien. Los fotógrafos han hecho un mejor trabajo: imprimirlos cuando agachan hombros, cuello y cabeza, esbozan una sonrisa regalada y apretujan las manos del poder que los ha validado, adulado y hecho fuertes. Tal vez vivan bien, es lo menos que puede especularse de ellos, pero simbolizan la vergüenza y la escoria en relación al ideal del núcleo fundador original.
¿Quién le dijo a Los Chuchos que en un país con tanta injusticia como México se podía ser tan moderno como para sentarse a transar y negociar como si fueran alemanes o suecos? ¿Quién les autorizó para que en papel de pícaros tiraran el trabajo y la aspiración de cientos de miles al caño de las aguas negras? ¿Quién les dio el derecho de desnaturalizar el voto de sus electores?
Si bien el parto del PRD fue múltiple y complejo, como el de una linda marrana con 14 cerditos, la decadencia inicia con su burocratización en cuanto se hacen de algún poder municipal o estatal y del presupuesto que les hace olvidarse del origen. Continúa en la cama de Rosario Robles, con la incursión corruptora de Carlos Ahumada. Se mira en la caída de las jóvenes promesas como Carlos Ímaz. Prosigue con el reconocimiento de Los Chuchos a Felipe Calderón a cambio del control burocrático y financiero del partido por medio del fraude. Concluye en la entrega amorosa a Enrique Peña en el “Pacto por México”. Todos estos procesos aderezados de competencia y resentimiento en una dinámica de uso y usufructo común con y contra López Obrador, y una ambición personal desmedida.
Un árbol quemado por el fuego bello de un rayo no tarda en secarse a raíz. Lo mismo un árbol caduco cuyo corazón se carcome por la acción corruptora de los bichos y parásitos. Unas hojillas verdes surgen de pronto (hijas de la decadencia que son un último estertor) antes de que el tronco, roído, hueco, muerto, se paralice para siempre o la inercia lo desplome. Un tronco seco es hoy el PRD. ¡Felicidades!

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