martes, 16 de abril de 2013


Lo que los gringos de la calle creen sobre la explosión en Boston y el terror

HÉCTOR PALACIO@NietzscheAristomar 16 abr 2013 07:41
  
Cuestión entre el bien y el mal...
Saliendo de un pesado y lento subterráneo, me reuní con amigos neoyorquinos en un bar de la ciudad. Cuando la charla más animada estaba, las fastidiosas plasmas gigantes sintonizaron la noticia de último minuto: Explosiones en el tramo final de la meta del maratón de Boston. A las cuales se agregaría más tarde la de una biblioteca.
Y aunque naturalmente hubo un breve estremecimiento, la conversación continúo como si nada, con sonrisas y, claro, especulaciones sobre el evento. La vida prosiguió su curso excepto para los tres muertos y acaso para algunos de los graves heridos del incidente.
A final de cuentas atribuiría esa aparente indolencia no a que los neoyorquinos estén acostumbrados al bombardeo antiterrorista de los medios y se hayan insensibilizado, sino que simplemente ya no creen del todo la versión oficial del 9-11 y por tanto dudan sobre cualquier otro posible “atentado terrorista”.
Mientras nuevas imágenes corrían por la pantalla, básicamente se plantearon las dos hipótesis sobre el terror.
1. Responsabilidad atribuible a los enemigos de Estados Unidos. Que fácilmente se desechó, pues lo que en su momento se abrazó como verdad absoluta por casi todos menos por los escépticos, la versión oficial patriotera impulsada por George Bush, llevaría a una guerra interminable la cual no demostró que Osama Bin Laden fuera responsable (curioso que no fuera Bush sino Obama quien asesinara a Osama) y mucho menos Saddam Hussein, pero sí evidenciaría grandes negocios para los Bush y sus amigos. Incluso muchos recalcitrantes republicanos acabarían descreyendo de la versión oficial para entrar al grupo cada vez más sólido que cree que:
2. El 9-11 así como la explosión de Boston, ha sido generada en el interior del propio país, por los propios gobernantes y las corporaciones tras de ellos. Esta versión que ha documentado desde estudios sobre la caída de las torres, hasta las relaciones de los Bush con la familia de Bin Laden y Hussein, ha estado presente desde el mismo 2001 y cada vez gana más adeptos al interior de los Estados Unidos.
La versión del terror como producto doméstico ha añadido recientemente a una curiosa vertiente de inesperados adeptos entre obstinados ultraderechistas que ahora abominan aun de Bush y Reagan, por dos razones básicas. A). Al no lograr vencer a un indeseable Obama, en lo cual habían puesto sus expectativas, muchos de ellos se han incorporado a B). La creencia de que existe un mundo dividido entre un lado oscuro y uno iluminado, un poder para el bien y otro para el mal, y que va más allá de los partidos políticos tradicionales. Ese poder está relacionado con dios, pero por supuesto, natural a la ideología sajona, al capital.
Entonces, como el mundo está manejado por el bien y por el mal, de lo que se trata el asunto clave es de construir un poder supranacional que venza el lado oscuro que actualmente gobierna los Estados Unidos y muchos países del mundo para hacer el mal. De esta manera se explica que las fuerza malignas, de Reagan a los Bush,  pasando por Clinton y llegando a Obama, estén detrás del 9-11 y de la generación de todo terror al interior y en el mundo.
El mal acabará tras el triunfo del bien y con la consecuente transferencia de la riqueza divina de las cuentas de los malos a la de los buenos, quienes procurarán la bondad y la generosidad universal. Y todo movimiento como el de  las explosiones es una señal. Así están las cosas.
Mientras tanto en Boston se espera una explicación creíble desde Washington. Algo distinto a la estupidez de Felipe Calderón (bien se ha dicho, el patán se solidariza con las víctimas de Boston –sic; difícilmente le escucharán los muertos- y “el pueblo americano”, y desdeña sistemáticamente  a los familiares de las decenas de miles de los muertos de su sangrienta guerra).

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