miércoles, 8 de octubre de 2014

Andres Manuel Lopez Obrador
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 · 14 horas · 
Los arteros crímenes de los jóvenes de la escuela normal de Ayotzinapa, Guerrero, duelen y entristecen porque nos llevan a pensar que no salimos de la barbarie política o estamos regresando a los tiempos de Aguas Blancas, de la guerra sucia o más atrás.
De mi reciente libro “Neoporfirismo, Hoy como ayer” transcribo este fragmento sobre el asesinato del dirigente opositor Salustino Carrasco Núñez:
“Su fusilamiento se llevó a cabo en las afueras de Iguala y su cuerpo quedó abandonado frente al panteón: “Las cavidades de los ojos las tenía vacías… porque en ellos se le dio el tiro de gracia”. En una carta enviada a Madero, el 17 de febrero de 1912, el general Ambrosio Figueroa confiesa su crimen con singular cinismo. Empieza diciéndole que había ordenado ‘la ejecución de un tinterillo llamado Salustino Carrasco Núñez, el día 14 de los corrientes’ y explica su felonía con un cruel relato:
‘Dicho individuo ciertamente no había tomado las armas en contra del gobierno: pero, eso sí, predicaba de un modo desembozado la rebelión diaria y públicamente; decía que el gobierno actual era un gobierno ilegítimo y otras necedades por el estilo; que Zapata triunfaría y entonces se implantaría un gobierno sólido y duradero; era, en fin, un hombre altamente nocivo tanto por sus doctrinas anarquistas que mucho influían en el ánimo de los incautos, como porque se había convertido en deturpador terrible del actual gobierno y en agente secreto del zapatismo al que buscaba diariamente adeptos. Quizá en el procedimiento contra el expresado haya habido alguna irregularidad, o no se llenaron debidamente los requisitos que establece la ley sobre suspensión de garantías; pero yo estoy resuelto a hacer la paz en este estado a costa de sangre y de cuantos sea necesario, pues conceptúo que ajustándonos por completo a procedimientos rutinarios, muchos de los culpables, si se quiere los más peligrosos, podrían fácilmente escapar al castigo que justamente merecen y de esta manera nunca terminaremos. He querido poner todo lo anterior en el superior conocimiento de Ud. a fin de que no se vaya a tratar de sorprenderlo, lo mismo que para que usted, con su poderosa influencia, si fuere necesario, haga cesar el escándalo que tiende a ser muy grande, por la ejecución a que me he referido y a la que quizá no tarde tengan que seguir otras de no menos significación, pues estoy sobre la pista de una conspiración que parece se tramaba en ésta, teniendo por jefe al expresado Carrasco.’
La actitud de Madero frente a este caso es por entero reprobable y contraria a sus convicciones humanitarias. El 19 de febrero recibe una comisión que reclama justicia y les ofrece investigar los hechos, pero juzga por adelantado al señalarles que ‘los periodistas de oposición, que en su mayor parte son porfiristas, y que recibieron dinero del general Díaz, ahora están en contra de mí, porque yo no les he querido dar; son los que han provocado con sus informaciones esta anarquía y los lamentables acontecimientos que se han registrado en el sur de Chihuahua, Durango, Coahuila, Guerrero y Morelos. Son más culpables los periodistas que se escudan tras de su pluma para atacar a mi gobierno, que los pobres jornaleros que van a combatir; y a mí me informaron que de aquellos hombres — de los periodistas— fue el señor Carrasco.’ El 24 de febrero le escribe al gobernador de Guerrero, pero sólo para lamentar que el fusilamiento ‘no haya cumplido con todos los requisitos legales’, al mismo tiempo que lo justifica, pues ‘comprende’ su actuación y le informa que fueron a verlo un grupo de guerrerenses y que procurará arreglar el asunto de ‘modo conveniente.’
Este encubrimiento, a todas luces cuestionable, es de los pocos actos de incongruencia de Madero. Sin restarle responsabilidad, debe tomarse en cuenta que ya vivía asediado y sometido a fuertes presiones. Pero, sobre todo, se encontraba prácticamente solo, dependiendo de militares y caciques que poco o nada le ayudaban. Es probable que no hubiese deseado contar con los servicios de los Figueroa en Guerrero o de Huerta a escala nacional, pero no tenía otra opción. En el terreno militar tenía muy pocos hombres como el general Felipe Ángeles y en el plano político también predominaban los oportunistas, proclives a traicionar en cualquier momento; por desgracia, no había muchos personajes con ideales y principios.

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