viernes, 30 de septiembre de 2011

Narcoviolencia-- Le doy gracias a Dios porque a mi hijo nomás me lo balacearon

Acapulco rebasó en agosto a Juárez en muertes relacionadas con el crimen organizado

Inspección en el sitio en que fue atacado un vehículo en que viajaban dos policías federales, uno de los cuales murió, en agosto pasado en AcapulcoFoto Xinhua
Arturo Cano

Periódico La Jornada
Viernes 30 de septiembre de 2011, p. 3
Acapulco, Gro. Le doy gracias a Dios, padre, porque a mi hijo nomás me lo balacearon, dijo la señora, tras la misa de difuntos en la parroquia de La Laja. Lo cuenta Jesús Mendoza, un sacerdote que no se espanta a la primera, que lleva 18 años en esta colonia popular, donde ha visto todo.

Pero no estaba listo, como nadie lo estaba, para los decapitados y los desollados, para ver a la mitad de su feligresía tocada directamente por la violencia ni para que la mayor parte de las intenciones de misa sean para víctimas de asesinato.

Las cabezas con mensajes se inauguraron aquí, en 2006, dos meses antes de que rodaran en Uruapan. Y este año abrió con 15 cuerpos decapitados en un centro comercial.

Por eso la madre dio gracias. A su hijo nomás lo balacearon, su cadáver no fue desmembrado ni desollado, pudo enterrarlo con la cabeza en su sitio.

Eso cuenta el cura Mendoza, quien el sábado 10 de septiembre acompañó, en primera fila, al escritor Javier Sicilia y su marcha por la paz, sólo para un rato después ir a ofrecer otra misa de difuntos, de un hombre llamado Silverio Juárez. Uno de los tres asesinados el día de la marcha, la cuenta septembrina que, con todo, es nada al lado de agosto, el mes en que Acapulco rebasó a Ciudad Juárez en homicidios (150 frente a 119, aunque debe decirse que fue el registro más bajo de la ciudad fronteriza en lo que va del año).

Al comenzar septiembre, los diarios locales cabecean así una nota basada en declaraciones del procurador de justicia local, Alberto López Rosas: Disminuyen homicidios dolosos en el estado.

Un juego de cifras. El procurador informa que el promedio de homicidios dolosos, entre el primero y el 19 de agosto, fue de 5.4 por día. Entre el 20 y el 31, albricias, fue de 3.2.

El infierno de agosto se desató con la detención de Moisés Montero Álvarez, El Koreano, jefe del cártel independiente de Acapulco. El coctel detención de un capo, disgregación de su grupo y pleito por la plaza, ya muy explicado por los expertos, cobró a Acapulco una nueva cuota de sangre y también hizo crecer el miedo, pues hace mucho tiempo que las balaceras dejaron de ser hechos que sólo afectan a los que andan metidos.

A Ciudad Juárez se la agarraron durante mucho tiempo, ahora nos la van a cargar a nosotros, se queja el empresario Fernando Álvarez en su restaurante de la Costera, uno de los emblemáticos del puerto.

Álvarez sabe que en el Distrito Federal y muchas otras partes del país se cuentan historias terribles sobre breves vacaciones acapulqueñas que terminaron en encierros en los hoteles por miedo a las balaceras.

Es un hombre rollizo y de voz de trueno:

–¡Acapulco está blindado! Podrá estar pasando por un bache, como todo México, pero Acapulco está aquí –dice, y se toca el pecho, como queriendo apretar su corazón.

Sigue:

–¿Cuántos descubrieron aquí, por primera vez, el mar? ¿Cuántos aprendieron a nadar, se enamoraron, engendraron a sus hijos aquí? Acapulco se lleva aquí, por eso duele. Pero para acabarlo tienen que pasar por encima de esto –vuelve a tronar, corazón en mano.

Álvarez podría seguir horas con esa perorata del imbatible Acapulco con el que no pudieron ni los piratas, del paraíso traicionado por el gobierno federal al quitarle el tianguis turístico, de la inutilidad de los operativos federales. Se niega a que todos los muertitos se le carguen a Acapulco.

–¿Y qué pasa en Cancún, en Monterrey, en el Distrito Federal? Acapulco es un escaparate de México al mundo y por eso se fijan en nosotros. ¡Pero no vean nomás los descabezados! ¡Acapulco es mucho más!

Se conviene. No se habla de decapitados.

–¿Se han marchado las personas pudientes?

–No, pero han mandado a sus hijos fuera.

–¿Qué hecho le hizo ver que Acapulco ya estaba en el fondo de ese bache?

–¿Y quién dice que ya tocamos fondo? Sabremos que hemos tocado fondo cuando empecemos a levantarnos.

Los halcones y la cuota

No sólo los maestros han sido duramente castigados por la delincuencia, aunque han sido el único gremio capaz de una respuesta organizada.

El experto Eduardo Guerrero sostiene, según sus conteos, que basa en cifras oficiales, que 12 por ciento de las ejecuciones en Acapulco corresponden a trabajadores del volante, cuando en otros puntos turísticos del país la cifra no alcanza uno por ciento.

Guerrero y otros especialistas consideran que la razón puede ser que los taxistas acapulqueños han tomado partido y trabajan como distribuidores o halcones de los cárteles. Puede ser cierto en parte, porque también han ocurrido varios ataques contra sitios de taxis “porque no quisieron pagar la cuota”. Yo por eso ando sin sitio, de arriba para abajo, pero es más tranquilo, expresa un taxista mientras sortea un bache de la eterna ampliación del camino a Pie de la Cuesta.

Al llegar al destino, la colonia Jardín, el taxista busca la sombra y espera. El viejo mercado es enano para una colonia tan grande. Hace poco más de 50 años, estos terrenos fueron repartidos por el líder de paracaidistas Alfredo López Cisneros, El Rey Lopitos, padre del actual procurador del estado.

Ahí, a mitad del mercado, Nuria tiene una tienda de abarrotes que le fue heredada por su padre. En la parte de arriba ella construyó su vivienda. Abajo, en la trastienda, hay un pitbull que ladra y salpica baba apenas se acerca alguien.

Un hermano de Nuria era taxista y ahora vive en Tultitlán, estado de México. Se metió en esas cosas, se tuvo que ir, expone, y no hacen falta más palabras.

En otro pasillo del mercadito, una hermana y un cuñado de Nuria tienen una papelería. Ahí sigue la charla. Los pequeños comerciantes cuentan su trozo de violencia acapulqueña.

–¿Aquí les piden cuota?

–Pues dicen que al de la tortillería sí ya le pidieron –responde Nuria.

–No, no es cierto –cierra el cuñado.

–Donde sí pagan es en el centro, hasta los que venden mangos tienen que dar 30 pesos –sigue la mujer.

Según el sapo es la pedrada. Aunque es difícil que lo admitan los dueños o los gerentes, en el puerto se da por seguro que discotecas, bares y hasta hoteles le entran con la cuota, que no distingue niveles de ingreso.

En las inmediaciones del zócalo, apenas hace unos días puestos de discos compactos piratas fueron baleados e incendiados, como unos meses antes había ocurrido con un puesto de libros y revistas. Un vendedor resultó muerto. ¿Alguien dudará que fue por falta de pago de cuota?

Los comerciantes de la Jardín hablan también del narcomenudeo y su hija la violencia, como quien habla de viejos conocidos o de elementos del paisaje.

–Allá arriba –dice Nuria, y mira a la parte alta del cerro donde se extiende la Jardín– vivía el que se encargaba de eso (de la venta de droga), pero le mataron a toda su familia y ya no lo hemos visto por aquí.

Cuando La Maña respeta la misa

–¿Se han metido con ustedes, con la Iglesia?

–No –contesta el cura Mendoza, de botepronto, para enseguida rectificar. –Bueno, se nos metieron en una capillita que tenemos allá arriba.

La capilla era sólo un techo con algunas imágenes. Cuenta el cura que La Maña llegó un día y cubrió los lados con láminas para hacer un cuarto. La capilla fue convertida en narcotiendita. Aunque los domingos no la usaban, o sea que nos daban chance de hacer la celebración. Yo sólo mandé sacar las imágenes.

Con sus casi dos décadas en la zona, Mendoza apunta que siempre se han vendido drogas por aquí. A toda hora había clientela y de todas clases, desde adolescentes a profesionales, vaya, hasta marinos. Muchas veces fui a hablar con autoridades municipales, y la respuesta fue siempre que era un asunto federal.

Por eso ahora ya no fue a hablar con nadie. Tuvimos que dejárselas, lamenta, y cierra con una frase que alude a la vida útil de los narcomenudistas: Sabemos que no es por mucho tiempo.

Una fiesta segura

El 15 de septiembre, el alcalde Manuel Añorve ofreció todas las garantías para los ciudadanos que lo acompañaran a dar el Grito. Apenas unos centenares de personas asistieron. En el zócalo, a unos pasos del antiguo ayuntamiento, las vendedoras de banderitas y chucherías patrióticas se lamentaban. Ya nomás quiero sacar mi inversión, dijo Lucía, blandiendo una corneta tricolor.

Pasadas las nueve de la noche había más soldados, marinos y policías en los alrededores del viejo palacio municipal. Derrotamos a los agoreros del desastre, presume el alcalde Añorve su deslucida fiesta.

Más previsor, el secretario de Desarrollo Social del gobierno estatal, David Jiménez Rumbo, había invitado a los acapulqueños a otra fiesta, en el parque Papagayo. Ofreció música en vivo y juegos. Pero, sobre todo, según la publicidad que hizo publicar en los periódicos, prometió a los acapulqueños festejar en un lugar y un horario seguro. Por eso la fiesta fue de cuatro de la tarde a ocho de la noche.

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