jueves, 14 de julio de 2016

COLUMNAS

¿Sería Carmen una buena presidenta para México?

jue 14 jul 2016 10:31
 
  
 
Carmen Aristegui
Carmen Aristegui
Foto propiedad de: Internet


Volteé la cabeza cuando escuché abrirse el portón, al estar quitándome los guantes que me agencié, para poder raspar bien los nopales libres de aguates. Los recogimos temprano del huerto entre otras variedades de comida que consumiríamos durante el día. Cuando por fin entró, le oí a lo lejos exclamar: “Hombre, ojalá se postulara Carmen Aristegui para la presidencia de México, sería una buena presidenta”.  
Hoy habría guisado de huevo con cebolla, chile, jitomate y nopalitos asados, por lo que me avoqué a echar a la lumbre las tortillas, sacar la panela oreada, calentar los frijoles, pues ya se estaba haciendo tarde para el almuerzo cuando mi compa de aventuras volvía del pueblo con el surtido de víveres que había adquirido. Antes de hacerlo tenía la costumbre de sentarse una media hora en una banca del jardín sobre la plaza, para mirar las novedades del recargado celular; recados importantes, mensajes por enviar, y aprovechando la clara señal merodeaba por las redes sociales o sitios de noticias en línea. Al acabar, se acercaba a la sombrilla protegiendo el bote de nieve de garrafa y pedía un cono doble que se devoraba con deleite.
Escuché cómo terminaba de acomodar lo comprado en la bodega que se construyó al norte de la cabaña pegada al cerro, para que los alimentos perecederos duraran más, ya que en este paraje rural del altiplano que pareciera tan cerca del cielo que constante abraza su carga de cúmulos, optamos por no meter la electricidad. Así es la vida aquí en la verde Sierra Madre, se amanece al alba y se duerme al caer el ocaso.
“Me llegó por la red el #apoyamosacarmenaristeguiparapresidenta”, dijo ya en la cocina dejando el periódico impreso sobre la barra--que cuando no se han acabado en el estante exterior de la tiendita de don José, siempre me lo trae.  “Sí, sus miles de seguidores lo piden; es tema viejo desde que la cesaron los Azcárraga, pero sigue vivo,” respondí. Ay, pero si México supiera cuántas otras casas blancas se han hecho o planean hacer. Entramos justo a la época de la rebatinga. Dos años antes de dejar los puestos públicos es cuando se cometen los mayores atracos a la nación, apurados andan todos por sacar la mayor raja personal.
Ambos hemos seguido a Carmen. Carmen no se amedrenta ni se detiene para actuar conforme su criterio ante los poderes fácticos que tienen secuestrada a la nación. Se enfrenta a ellos valiente y con conocimiento de causa pero sin altanería, sin agresión, con sencillez, por ello prevalece. Nadie podría impedir que ejerciera su inteligencia pro activa. Seguramente escogería un gabinete administrativo científico humanista, conocedor de la historia real de México. Lo imagino en su mayoría sin carrera en el gremio burocrático. Conciencias abocadas a solucionar a corto mediano y largo plazo las urgencias económicas sociales que históricamente afligen al pueblo. Gente que posea el debido criterio para elegir siempre el bien común, no el particular. Personas honestas con espíritu de servicio al prójimo, no con la ambición de llegar para enriquecerse.
Ignoro si Carmen ha considerado ser la primera mujer presidenta de México.
Una responsabilidad que requiere de un nivel energético de salud superior aunado a una calma concentrada y razonada hacia el balance de la justicia sin desborde de pasión.
Pero creo que si ella lo deseara a profundidad, podría.
Haría quizá mucho mejor papel político, sin serlo, que cualquier político. Sabría Carmen, pienso, de quien rodearse, para pedir consejo, para lograr atender los mandatos de la sociedad con base en prioridades. Se ve que tiene y podría crecer multitudinario apoyo, porque se ha ganado la confianza de la gente. Un apoyo que en su momento podría fortalecerse o fortalecer a conciencias líderes afines en pos del arduo trabajo de impulsar a México hacia adelante.
Termino de escribir esta breve reflexión robándole los últimos rayos al sol antes de que se esconda tras el horizonte escarpado, y al arribo de la oscuridad, a encender enseguida las veladoras para luego acostarnos.  

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