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La práctica de evaluar a un gobierno en sus primeros cien días viene del mundo empresarial. Las escuelas de negocios norteamericanas la instituyeron en el contexto de La Gran Depresión de los años treinta y de inmediato pasó al ámbito gubernamental. Se trata de un “corte de caja” para saber si el modelo de gestión privada o pública está marchando como se planeó y prometió.
Franklin D. Roosevelt, en 1932, fue el primer presidente en utilizar esta práctica en el ámbito público, en medio de una ola frenética de reformas económicas y sociales para poner en pie a una nación golpeada severamente por la gran crisis de los treinta. En su discurso inaugural ofreció: “Os prometo, y me prometo a mí mismo, un nuevo modo de hacer las cosas para el pueblo norteamericano en los primeros cien días”.
En México, la práctica la puso de moda Carlos Salinas, quien en 1988 asumió el poder en medio de una crisis financiera posdevaluatoria, pero sobre todo, en medio de la primera gran crisis de legitimidad política de un presidente de la República.
La glosa de los primeros cien días de Salinas debería ser tomada en cuenta por los desmemoriados de hoy para constatar cómo estamos viviendo el inicio de una película remasterizada o restaurada, pero sobre todo, para recordar que los cien días más importantes de un gobierno no son los del inicio, sino los del final.
¿Cómo concluyó aquel primer proyecto de “modernización democrática” del país? La cruzada contra la corrupción, en una comalada sin precedente de nuevos políticos ricos. La privatización de las empresas públicas, que supuestamente traería más competencia y mejores precios y servicios a los consumidores, en un puñado de los hombres más ricos del planeta. El programa de combate a la pobreza “Solidaridad”, en un detonador de nuevas desigualdades sociales. El Tratado de Libre Comercio, en el desmantelamiento del mercado interno y del sector industrial nacional. La reforma agraria que modernizaría al campo, en el motor de la mayor migración ilegal. La apertura comercial y bursátil indiscriminada, en la megadevaluación de 1994. Y la reforma del Estado, en el mayor levantamiento indígena del siglo XX bajo las siglas del EZLN, en la remoción de 17 gobernadores, en una secuela de asesinatos políticos y en varias reformas constitucionales para concentrar mayor poder en el Ejecutivo Federal.
Aquello fue una presidencia de “ierros” al más puro estilo conceptual de Gonzalo N. Santos. Es decir, una presidencia que utilizó sin rubor ni pudor la receta que recomendaba el cacique revolucionario a los presidentes para concentrar el poder: el encierro, el destierro y el entierro.
Más que sumarse al coro fácil y propagandístico de los primeros cien días del nuevo gobierno, lo conveniente y pertinente es hacer el balance de los otros cien días que está viviendo el país en los temas que realmente interesan al ciudadano de a pie, que son inseguridad, desempleo y carestía de la vida.
En materia de inseguridad, lo más trascendente ha sido el combate a la percepción de los ciudadanos (sacando del discurso y de la agenda oficial los asuntos de combate al crimen organizado), pero no la modificación sustancial en el comportamiento de los crímenes de mayor impacto: ejecuciones, extorsiones y secuestros. Estos dos últimos, incluso, se han disparado en relación a los últimos cien días del gobierno de Calderón.
En materia laboral, el INEGI informó que el pasado mes de enero la tasa de desempleo fue la más alta de los últimos meses (5.42% de la PEA), justo a un mes de la entrada en vigor de la nueva Ley del Trabajo que se presuntamente se traduciría en miles de empleo de forma inmediata.
La carestía de la vida ha reportado una escalada en los últimos cien días, motivada en gran medida por los incrementos mensuales a los combustibles y efectos catastróficos coyunturales como la gripe aviar. Hoy la gasolina no sólo es más cara que en los últimos cien días de Calderón, sino que los incrementos mensuales se han duplicado.
Podemos concluir que existen otros son cien días, los de la cotidianeidad ciudadana, muy distintos y distantes a “los primeros cien días” oficiales. De entrada, se mueven con el tedio, la monotonía y la inercia de un péndulo; no con el ritmo, la elasticidad y la cadencia de la música palaciega con la que bailan las élites políticas, económicas y partidocráticas aglutinadas en el Pacto por México.
Una vez más, allá adentro de Palacio hay fiesta. Acá, afuera, en la plaza, continúan el deterioro de la seguridad, la descomposición social y la degradación salarial que afectan a la mayoría ciudadana, la misma que concede una aprobación media al nuevo gobierno. Estos ciudadanos y sus otros cien días no son parte del Pacto por México, sino del patio trasero de México.
ricardo_monreal_avila@yahoo.com.mx