jueves, 15 de abril de 2010

(((Quién tiene el control de la plaza?))) EMMA DIAZ RUIZ

Quién tiene el control de la plaza?

Bajo la nube de humo que dejó en la esfera mediática la muerte de Paulette y la ineficacia (el eufemismo del año) de la procuraduría del estado de México en este caso, quedan enterrados, literariamente hablando, los cadáveres de los jóvenes que han sido sistemáticamente asesinados por toda la República Mexicana.
Llámese Ejército Mexicano o delincuencia organizada, las injusticias (otro eufemismo), el hecho ineludible es que en toda guerra se cometen abusos que no son consensuados por nadie como un sacrificio en favor de la causa que activa la guerra. Bien dijeron los molestos padres de muchachos ejecutados en Ciudad Juárez: nadie pidió esta guerra. Y por lo tanto, ¿qué derecho tiene el gobierno mexicano a pedirnos sufrirla con todo el terror e impotencia que ha generado?
El reto primordial de Felipe Calderón consistió en descorrer una cortina para mostrar una especie de músculo armado para intimidar o desarticular a la delincuencia organizada, o al menos ése fue el discurso. La pregunta permanece, ¿quién tiene el control? Lo único que ha mostrado esta gesta es que no lo tienen las policías, pues el primer impulso fue quitarlas del escenario para poner a las fuerzas armadas.
Tampoco lo tiene el gobierno federal, pues teniendo el control de las políticas económicas, no lo tiene sobre las instituciones que la gestionan en los hechos, como los bancos y las grandes empresas, de manera que se le “escapa” un narcotraficante de altos vuelos a la lista de Forbes, compartiendo estrado con un empresario reconocidísimo por las prácticas monopólicas de su empresa.
El control tampoco lo tiene el Ejército, al menos no el de sus instintos guerreros primitivos. Ya casi se hace costumbre que se les “escapen” ráfagas de plomo contra la población civil, en completa impunidad, ante lo cual tenemos que conformarnos con un “ups, no me fijé”.
Pero sobre todo, tú pierdes el control gradualmente; el control sobre tu vida laboral debido a la permisividad del gobierno ante los abusos, el control sobre tu vida personal ante la gran logística de inteligencia que ha desplegado el gobierno para su guerra, el control sobre tu tránsito porque en cada carretera hay retenes de narcos o militares que potencialmente podrían plomearte, el control sobre tu futuro porque tus pensiones se apuestan en un juego de naipes en la bolsa de valores sin tu consentimiento.
En fin, la cortina se corre para descubrir en dónde reside realmente el poder, y no me atreveré a decir que en el narcotráfico. El poder reside en el mercado, como siempre lo quisieron los gobiernos neoliberales. El mercado, sobre todo el externo (digamos al norte pasando el río Bravo) exige exportación de estupefacientes e importación de armas. El mercado también pide que el gobierno renuncie a sus responsabilidades con respecto a la política económica, y que no provea seguridad social. Estas exigencias han permeado en todas las instituciones que deberían protegernos de manera que la guerra se libra contra un fantasma, y no porque no exista la delincuencia organizada, sino porque no se trata del pistolero ni del narcomenudista; son actores secundarios. El mercado no es un actor, es precisamente el fantasma. No tiene nombre ni vida propia.
Una verdadera guerra contra la delincuencia organizada tendría, al menos, la intención del gobierno para controlar el mercado y la economía; minimizar el desempleo y promover la educación. Por ahí empezaría. Mientras esto no suceda, los sacrificios que se nos piden no tienen, ni razón de ser, ni motivo final: son inútiles, como inútil es tener fuerzas armadas que no nos están defendiendo de las amenazas externas y en cambio, descargan su fusil en nuestros jóvenes.

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