sábado, 5 de marzo de 2011

La perspectiva de las izquierdas en el 2012-- Octavio Rodríguez Araujo* /I

En términos sencillos, más o menos aceptados por especialistas autorizados, izquierda y derecha son conceptos relativos y cada uno de ellos hace referencia al otro, especialmente el primero, puesto que la esencia de la derecha, para decirlo con Kolakowski, es la afirmación de las condiciones existentes –un hecho y no una utopía–, cuando no el deseo de volver a un estado que ya fue realizado, a un hecho ya cumplido. De aquí que a las derechas las llamemos conservadoras, cuando no reaccionarias, y a las izquierdas progresistas, en el sentido de luchar por mejorar las condiciones de vida de la sociedad mayoritaria y disminuir la brecha entre quienes tienen y los que no tienen nada o casi nada. La izquierda tiende al igualitarismo no sólo en el orden jurídico sino en lo social y lo político.

No merece llamarse de izquierda quien no hace nada por disminuir la injusticia social ni por distribuir la riqueza, entre países, y dentro de un país, entre su población. Cualquier persona o partido que con sus actos, más que sus declaraciones, afirme las condiciones existentes, no es de izquierda. El centro, me adelanto a decirlo, significa un no compromiso, una ambigüedad que, aunque sea por omisión, tiende a afirmar las condiciones existentes en un universo dado. Es, pues, de derecha, aunque no se reconozca como tal. De aquí que ahora se hable de centro izquierda y de centro derecha, conceptos que no significan otra cosa que cercanía a la izquierda o a la derecha. Por cercanía entiendo precisamente un no compromiso directo y explícito con las posiciones de izquierda o de derecha, o sea ambigüedad, como ya lo he dicho.

Durante más de 100 años la izquierda fue identificada con el socialismo, con una corriente ideológica de la sociedad que luchaba por el socialismo. En la actualidad, debe decirse, la izquierda no es sólo la que aspira al socialismo. El derrumbe de los países mal llamados socialistas ha hecho que el concepto sea cuestionado o que se trate de redefinirlo, en principio por lo que no debió ser en la Unión Soviética y sus satélites. Habrá que pensar en otra cosa sin que por ello se abandonen las ideas fundamentales que hicieron del socialismo un objetivo a alcanzar. Esas ideas son vigentes, sobre todo porque son las que proponen un mundo alternativo al capitalista, un mundo mejor del que vivimos.

Los partidos políticos no siempre fueron como son ahora. Al principio eran corrientes de interés parlamentario o clases sociales más o menos específicas. En esos antiguos casos los partidos no contaban con una estructura organizacional. Para finales del siglo XIX comenzaron a tener una organización, dirigentes e ideología. Ésta diferenciaba a unos de otros, por ejemplo, conservadores y progresistas, de izquierda y de derecha, proletarios y burgueses, reformistas y revolucionarios. Durante décadas, como ya hemos dicho, los partidos de izquierda eran o se decían socialistas; los más radicales, especialmente a partir del triunfo de la revolución rusa, comunistas. Una parte de la población se afiliaba o votaba por éstos, otra por los partidos conservadores. Las ideas socialistas, en sus diversas interpretaciones incluso estratégicas, eran vistas hasta hace poco como propias de la izquierda. Hoy esta percepción ha cambiado, pero nunca tanto como para pensar que no hay diferencias entre las izquierdas y las derechas.

En México, particularmente en los tiempos en que las izquierdas se distinguían por su lucha por el socialismo, las izquierdas fueron más o menos marginales y, por lo mismo, de reducido tamaño. Incluso cuando un partido de izquierda obtenía 400 mil o 900 mil votos, en un país de 90 millones de habitantes, se consideraba una gran victoria, pese a que esos sufragios no llegaban a 10 por ciento de la votación total. En Europa esta realidad de marginación, que no era exclusiva de México, llevó a los partidos comunistas, por ejemplo, a adoptar las posiciones de la socialdemocracia, menos radical en sus planteamientos y no necesariamente anticapitalista, para intentar competir electoralmente con los partidos del establishment, es decir con los partidos que afirmaban en sus declaraciones y en los hechos la conservación de lo existente. No lo lograron. El reformismo y el gradualismo de los partidos socialdemócratas fue el que mejor competía con la derecha, a veces dividiéndose casi por mitades el voto popular.

Muy pronto se descubrió, aunque no se reconociera al principio, que cuando un partido de izquierda se corre al centro gana más votos que si mantiene posiciones más o menos extremistas o en defensa de una clase social en particular. A pesar de que la mayoría de la población en cualquier país del mundo está compuesta por trabajadores del campo y la ciudad, un partido que se autodenominara explícitamente de los trabajadores o de la burguesía corría el riesgo de perder competitividad electoral, de quedarse marginado. La reforma electoral de 1977 en México facilitó la conversión de partidos marginales en partidos electorales, y con este simple hecho sus ideologías y sus programas se corrieron hacia posiciones menos izquierdistas y más cercanas al centro político. La idea era ganar votos, hacerse competitivos. El surgimiento del Partido de la Revolución Democrática debe verse en esta lógica: nació como un partido para competir por el poder por la vía electoral, y todo partido que quiera aumentar sus probabilidades de triunfo tiene que correrse al centro, pues de no hacerlo puede perder el voto de millones de personas que en muchos aspectos son conservadoras o, si se prefiere, que tienen temor a los cambios.