jueves, 22 de julio de 2010

¿Partidos o candidatos? Octavio Rodríguez Araujo

Me temo que hemos llegado a un punto tal que hasta podemos pensar que los partidos actuales sólo sirven como apoyo logístico de candidatos, entendiendo por éstos personas destacadas que los electores reconocen en diversos grados y ámbitos.

Si es así, ya da igual qué nos planteen los partidos. Lo que parece importar ahora es lo que nos propongan los candidatos o, mejor, pues todavía falta para la selección de éstos, qué nos proponen los precandidatos.

El PAN no parece tener una persona que pudiera ser atractiva como precandidato. Su caballada, diría el fallecido Rubén Figueroa, está flaca, casi anoréxica. El PRI nos presenta, por ahora, a Peña Nieto. Y el PRD-Convergencia-PT, bajo la expresión Dia o sin ésta, apunta hacia Ebrard, López Obrador y De la Fuente. El año entrante, milagro mediante, las cosas pueden cambiar, pero eso será en 2011, aunque la carrera ya empezó. El Panal y el Verde se inclinarán por el partido que mejores ofertas les haga, siempre y cuando no esté a la izquierda del PRI o del PAN y les sirva para mantener su registro y colocar a parte de sus dirigentes en cargos de elección.

La idea de los partidos, incluso como están contemplados en la ley electoral vigente, es que tengan principios ideológicos de carácter político, económico y social que los diferencien entre sí (artículo 25 del Cofipe), y dicha diferenciación, se supone, deberá expresarse claramente en sus programas de acción que determinarán las medidas para: a) realizar los postulados y alcanzar los objetivos enunciados en sus declaraciones de principios, y b) proponer políticas a fin de resolver los problemas nacionales (artículo 26 del Cofipe). La apreciación y el diagnóstico de los problemas nacionales, se infiere, no tienen que ser los mismos para cada partido, como tampoco sus bases ideológicas ni las políticas a seguir para resolverlos. Aquí, si de veras son distintos, los partidos deben ofrecer tanto diagnósticos como soluciones diferentes, precisamente para que los ciudadanos podamos votar conscientemente (con conocimiento) por uno y no por otro. Lo que se ve en la práctica no es esto, sino promesas de campaña que incluso se han ido ajustando, pragmáticamente y sin imaginación, conforme un candidato trata de ganarle a otro.

En el caso del PAN llama la atención que en sus principios diga que le indigna la herida innecesaria de opresión y miseria que unos seres humanos infligen a otros y que al mismo tiempo, tanto el partido como sus gobernantes, favorezcan en la práctica a los grupos sociales dominantes y privilegiados. También merece destacarse que para este partido el Estado debe intervenir para atenuar las profundas desigualdades sociales de nuestro país y “regular los mercados […] para evitar que el más fuerte imponga condiciones que terminen por destruir la competencia misma”. En la realidad, lo que hemos visto bajo sus gobiernos es que las desigualdades sociales han aumentado lejos de haberse atenuado, y que la competencia entre mercados se ha subordinado a los capitales más fuertes.

El PRI dice más o menos lo mismo. Demanda un Estado fuerte y eficaz, que sin menoscabo de la libertad económica [de mercados, diría el PAN] aliente la economía social de mercado [lo que el PAN llama economía humana]. También señala en sus principios que la autoridad pública debe promover la mejora de los equilibrios sociales y que el Estado debe combatir la pobreza. Décadas de gobiernos priístas demuestran que el discurso actual, mucho más light que en el pasado, no ha correspondido a la realidad y que se han desarrollado grandes desigualdades sociales en beneficio de unos cuantos. Ambos partidos defienden formalmente un sistema de vida que genere igualdad de oportunidades, y lo que se sabe es que dicha igualdad es obstaculizada (y hasta reprimida) cada vez que se exige o se demanda como un derecho ciudadano.

El PRD, por otro lado, se define como un partido de izquierda, plural y democrático, que desarrolla una crítica del capitalismo en la perspectiva de lograr una sociedad igualitaria y libertaria que supere dicho sistema de explotación, dominación y opresión. Y más adelante en su declaración de principios dice aspirar a construir un socialismo democrático que respete las libertades, las garantías individuales, derechos humanos, justicia social y se construya desde abajo mediante la participación de la sociedad organizada en las decisiones fundamentales. Casi perfecto; sin embargo, hemos visto que incluso se inhibe la participación de sus militantes en las decisiones fundamentales y que sus dirigentes, además de hacerle trampa a sus afiliados, por ejemplo en elecciones internas, se reparten el botín y establecen alianzas con partidos que explícitamente no sólo no son socialistas sino que están en favor de la libertad de mercados y del capitalismo (llamado economía humana o social, da igual).

El PRI y el PRD están a favor de un Estado laico, en tanto el PAN ni siquiera menciona la expresión. El PRD, en cambio, defiende el derecho de las mujeres a decidir libremente sobre sus cuerpos, en tanto que el PRI no les reconoce este derecho y el PAN simplemente entiende la vida del ser humano desde la concepción hasta su muerte, es decir que está en contra del aborto. El PRI también está en contra, aunque no lo dice, pero hemos visto su posición en las leyes estatales donde ha votado en su contra.

En síntesis, sí hay diferencias relativas entre los principales partidos mexicanos, pero dichos desacuerdos sólo se encuentran en sus declaraciones de principios. En la realidad, sobre todo al proponer candidatos al margen de los principios expresos, nada corresponde y sus diferencias se diluyen. Si, como parecen estar las cosas, los partidos renuncian a ser los protagonistas de las elecciones para cederles el lugar a sus candidatos (convirtiéndose aquéllos en apoyos logísticos de éstos), entonces no deberemos leer sus documentos fundamentales sino los discursos de los candidatos, aunque poco les creamos. ¿Y el llamado sistema de partidos?

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