domingo, 10 de febrero de 2013


El engaña bobos. Una radiografía

ANEL GUADALUPE MONTERO DÍAZ@Anelin00sáb 9 de febrero de 2013
Que se enfrenten la verdad y la falsedad; ¿acaso se ha visto alguna
vez que la Verdad sea derrotada en una confrontación franca y leal?
John Milton

Al engaña bobos podría llamarle charlatán, impostor, farsante o embarcador, pero lo cierto es que para que el timador sea considerado como tal, son necesarias dos condiciones:
1.- Un sujeto crédulo o estúpido[i].  Dice Pamela Meyer en “detección de mentiras”, que la mentira es un acto cooperativo y no es fortuito que el estafador apele a ésta como herramienta indispensable para convencer a aquel que por múltiples razones (baja autoestima, falta de criterio, nula capacidad crítica, decepción de las instituciones, anhelo de justicia, etcétera) decide conscientemente (y de buena fe) creer en el embaucador, aunque todas las evidencias apunten a que lo está engañando.
2.- Una mentira susceptible de proliferar en un campo fértil: instituciones débiles, impunidad, ciudadanos mal educados, políticos manipuladores o medios de comunicación tendenciosos, entre otros.
“La familia tuitera”
Las redes sociales son, sin lugar a dudas, un ambiente propicio para la mentira y la simulación, que representan las armas indispensables de los engañabobos.
Hay quien piensa que twitter, por ejemplo, es “una ventana abierta” a la vida y obra de las personas, pasando por alto que el hecho de “compartirlo todo”, no es honestidad, antes bien se presta a la manipulación mediática de la verdad en aras de la consolidación de la figura del engañabobos, a quien por cierto algunos seguidores denominan “Maestro”.
A estos tontos, a los que Facundo Cabral llamaba pendejos[ii], su autoestima les juega en contra, porque consideran que su propio valor depende directamente del reconocimiento del embaucador, quien con talento lo atrae a su mapa y domina así su territorio real, virtual, impreso o digital.
Íntimamente, el incauto goza del poder que detenta en la red su “Maestro”, como llama al impostor, que no solamente le utiliza, sino que le miente descaradamente y ofende y desprecia a la menor provocación.
El bobo debe ser cuidadoso y jamás “olvidar su lugar”, que está a eones del farsante gurú. En reciprocidad, éste se asegurará de que jamás lo olvide, presumiendo a la menor provocación, títulos en la pared que el estúpido asume que representan un ser humano digno y decente, porque para él, escolarización es sinónimo de educación.
El ecosistema del fraude, el engaño y la infamia
Hay una relación simbiótica entre el bobo y el engañador, basada en una sola condición que el imbécil debe cumplir para ser aceptado en la cofradía de idiotas: nunca, jamás, bajo ningún escenario, debe cuestionar al “Maestro”, so pena de ser tachado de “traidor”, “infiltrado” o de pendejo (paradojas de la vida). Esa es la ventaja del charlatán, del embaucador por excelencia: el bobo se guarda sus dudas para no “ofender” al “Maestro” y este no admite réplicas: demanda y exige obediencia total.
La  historia reciente nos brinda ejemplos demoledores de aquellos que en un momento determinado fungieron como los ejemplos a seguir por generaciones de estúpidos y hoy representan al engañabobos por excelencia: Bernard Madoff, Lance Armstrong y Jeffrey Skilling, de ENRON y Carlos Salinas de Gortari, entre otros.
El modus operandi se revela en seguida: ellos creyeron primero sus propias mentiras, para luego venderlas a quienes, incapaces de ver más allá de lo que éstos les mostraban, hicieron de la confianza un acto de fe y de la mentira su zona de confort. “No hay peor ciego que el que no quiere ver”, dice el sabio refrán.
En descargo relativo del estúpido, es de reconocer que el éxito de los fraudulentos no sería tal, si no existieran las condiciones para que operen con total impunidad y sus sofismas y dogmas se siembren en terreno fértil.
Ese ambiente perfecto es el contexto de la crisis de confianza en los bancos, las instituciones y los políticos, cualquier timador que diga lo que algunas personas estén dispuestas a creer, tendrá garantizado un séquito leal, subordinado a su voluntad e intereses.  Eso explica en parte el éxito de  cualquier teoría de la conspiración, aderezada con “datos”, nombres, fechas y cifras, fuentes “incuestionables” (que resultan ser páginas de chistes) y demás, constituirán para el bobo los argumentos infalibles que demuestran la sapiencia del ridículo mentiroso.
Lo cierto es que ni las fuentes ni los argumentos resisten el más elemental escrutinio, porque carecen, de hecho, del mínimo rigor para fundamentar cualquier postura política, académica, legal, humanista, etcétera.
Eso sí, debe aplaudir con fiereza y defender a rabiar, cualquier diatriba, insulto, difamación o calumnia, que el embaucador convierte en “argumentos”. Por supuesto, ante el justo reclamo de quienes exigen elevar el nivel del debate, su obligación es achacar a “la personalidad” del engañabobos, los “injustificados ataques” que el pobre charlatán recibe.
¿En México se educa para pensar o para obedecer?
En México, el plan y programa de estudio por competencias, no contempla en ninguna de las mismas, la capacidad de cuestionar, interpelar o debatir. Por el contrario, existe un énfasis en la instrumentación de órdenes, manuales y procedimientos que son “dados” por los currícula oficiales.
La verdad. El antídoto
 “El hombre más peligroso, es el que está armado con la verdad”, decía Facundo Cabral y decía bien. Es Fernando Savater quien a través del siguiente relato en su libro “Historia de la Filosofía sin temblor ni temor”[iii], devela la estrategia para descubrir al engañabobos. Mire usted.
 “Resulta que, hace unos años, se presentó en una pequeña ciudad inglesa, un gran sabio hindú que iba a dar una conferencia pública nada menos que sobre el Universo. ¡El universo, agárrate para no caerte! Naturalmente acudió mucho público curioso. La tarde de la conferencia, la sala estaba llena de gente y no cabía ni una mosca (bueno, una mosca que sí había, pero quiso entrar otra y ya no pudo). Por fin llegó el gurú, una especie de faquir de lujo que llevaba un turbante con pluma y todo, túnica de colorines, etcétera (una advertencia: desconfía de todos los que se ponen uniformes raros para tratar con la gente: medallas, gorros, capas y lo demás; casi siempre lo único que pretenden es impresionarte para que les obedezcas). El supuesto sabio comenzó su discurso en tono retumbante y misterioso: “¿Queréis saber dónde está el Universo? El Universo está apoyado sobre el lomo de un gigantesco elefante y ese elefante pone sus patas sobre el caparazón de una inmensa tortuga”. Se oyeron exclamaciones entre el público –“¡Ah! ¡Oh!”- y un viejecito despistado exclamó piadosamente: “¡Alabado sea el señor!”. Pero entonces, una señora gordita y con gafas, sentada en la segunda fila, preguntó tranquilamente: “Bueno, pero…¿dónde está la tortuga?”. El faquir dibujó un pase mágico con las manos, como si quisiera desaparecer del Universo a la preguntona y contestó, con voz cavernosa: “la tortuga está subida en la espalda de una araña colosal”. Hubo gente del público que sintió un escalofrío, imaginando a semejante bicho. Sin embargo, la señora gordita no pareció demasiado impresionada y volvió a levantar la mano para preguntar otra vez: “ya, claro, pero naturalmente me gustaría saber dónde está esa araña”. El hindú se puso de color rojo subido y soltó un resoplido como de olla exprés: “Mi muy querida y…¡ejem!...curiosilla amiga, je, je –intentó poner una voz meliflua pero le salió un gallo-, puedo asegurarle que la araña está encaramada en una gigantesca roca”. Ante esa noticia, la señora pareció animarse todavía más: “¡Estupendo! Y ahora sólo nos falta saber dónde está la roca de marras”. Desesperado, el faquir berreó: “¡Señora mía, puedo asegurarle que hay piedras ya hasta abajo”. Abucheo general para el farsante”.
¿Usted qué opina, estimado lector?

No hay comentarios: