domingo, 27 de febrero de 2011

La gran ausente-- Rolando Cordera Campos

A más de un siglo del inicio de la primera revolución social del siglo XX, y tras más de 25 años del comienzo de los programas de combate a la pobreza, el rostro social del país se ha oscurecido, con clases medias pujantes o echadas. Lo que sobresale son la desigualdad que con la megaurbanización se vuelve realidad cotidiana y abrumadora; la concentración de privilegios y la pobreza masiva.

Si los cientos de indicadores que sobre la indigencia de nuestra vida pública pudieran condensarse en un índice, podríamos decir que éste es el de la desprotección avasalladora de pobres y ricos, personal, colectiva, institucional y hasta anecdóctica. La inseguridad es física o regional, caminera o de estacionamiento, pero también es social y no puede superarse por decreto o por alarde, así tengan tras de sí las mejores intenciones.

El sainete del secretario de Hacienda, bautizado ya como el bartolazo, no sólo puso en evidencia sus reflejos oxidados, fruto tal vez de la maldición que acompaña al misterioso caso de la Secretaría de Hacienda, sobre el que escribiera magistralmente don José Alvarado. También y sobre todo, hizo evidente el peor aspecto de nuestra faz como comunidad política: la obstinación con la que, desde las cumbres hasta el llano, nos hemos dedicado a soslayar o mistificar, ocultar o de plano borrar, el baldón más estridente de nuestra evolución como Estado nacional, nuestra marca histórica: la desigualdad económica y social.

Cordero se fue de bruces con sus desafortunadas metáforas, pero eso parece ser ya marca de fábrica de nuestros hacendarios. Pero lo más preocupante es que propició una reacción en la opinión pública profesional que por la vía de la burla o el escarnio no hizo sino revelar la enorme falta de sensibilidad de la sociedad en su conjunto y de sus capas acomodadas de las que forman parte esos profesionales, respecto no sólo de la pobreza sino sobre todo de la distancia inicua que tiñe nuestra convivencia social y la visión que sobre ella tenemos.

La voz del Congreso se dejó sentir como gracejada y la de los líderes de opinión como sorpresa ante un hallazgo inesperado. Henos aquí, a dos siglos de vida independiente y a uno de vida como nación moderna y pretendidamente justiciera, descubriéndonos como sociedad injusta que no se atreve a cruzar el arroyo de su reconocimiento y a hacer la regla de tres más elemental: no habrá protección mientras la injusticia distributiva sea tan flagrante y grosera como se ha vuelto en estos años de arrogante alternancia que trajo consigo el arribo al poder del Estado de los más decentes y bien educados. No habrá seguridad para nadie, ni para los que se blindan desde el carro hasta el bigote, mientras esa desprotección se asiente y procese a través del desprecio de clase y la tontería y abyección de los que presumen de mandar con una legitimidad que una gran parte de la población les negó desde el principio.

La sociedad desprotegida transita impetuosa para volverse una sociedad del desperdicio de lo más preciado que tiene y de lo que tanto le costó alcanzar. La juventud se quema a diario como potencia del futuro en el desempleo, la inocupación o la incultura y el analfabetismo tardío. Y la pluralidad política, que nos prometía democracia y buen gobierno se corroe por la banalidad del discurso de los políticos que no encuentran en la sociedad civil y sus organizaciones el correctivo mínimo necesario. La izquierda, en la que podría cifrarse la esperanza de un giro mayor, de un golpe de timón en y desde la democracia de masas que su tradición promete, se desgarra y desgasta en riñas baratas y sus rififíes no hacen otra cosa que alejarse de las bases sociales todavía más que lo que han buscado imponer los medios de comunicación masiva y los profetas inútiles del bipartidismo y la gestión oligárquica.

Desde y frente a la desigualdad que es sobre todo una expresión de la injusticia social y no un mandato de las leyes de Dios o la naturaleza, la sociedad tiene que empezar a definir y a decidir el curso futuro que pueda llevarla a puertos más seguros y, si se puede, promisorios. Del Estado actual, quedan ecos, retazos y nostalgias, pero al tratar de remitir al olvido su cuestión social grave y aguda, cargada de tensiones destructivas y autodestructivas, el Estado que nos heredó la Revolución centenaria se negó como referencia histórica y como fuente de iniciativas y ganas de apropiarse del futuro. Su cambio y transformación debían ser vistos y entendidos como inminentes y de extrema urgencia y no como pretexto para una disputa por el poder que puede echar por la borda lo que de nación nos dejó nuestra extraviada transición.

De esto y más quisiera uno ver a la izquierda y lo mejor de la intelectualidad ocuparse. Sería la mejor ruta para rescatar nuestras otrora orgullosas ciudades norteñas, el espíritu de empresa y aventura, la ambición por al menos imaginar o inventar el porvenir. Sería la mejor manera de volver a intentar hacer política de la buena, revolucionaria o reformista pero siempre democrática y popular. La encrucijada llegó sin anunciarse y la antesala de la sucesión se pobló de sombras.

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