Cuando un político comete un error, especialmente en un discurso o una entrevista, la población se desborda en críticas irónicas sobre el desacierto. En ese momento, todos se vuelven analistas y críticos políticos y, con mayor o menor ingenio, desarrollan una serie de chistes y puyas para ridiculizar al autor de la pifia.
Como el caso aquel de Luís Echeverría, cuando declaró: “esto ni nos beneficia ni nos perjudica, sino todo lo contrario”. Esa desafortunada oración dio pié a una serie de bromas, que hasta la fecha perduran, sobre la capacidad intelectual del mandatario.
La burla hacia las declaraciones (casi nunca hacia los actos) se convierte en una especie de revancha, de venganza ante la incapacidad popular de enfrentarse de otra manera a sus gobernantes, y viene siendo una válvula de escape para la frustración contenida de la población.
Esto es sano, pues evita enfrentamientos de otra índole que podrían tener consecuencias lamentables.
Pero por otra parte, mediante el chiste, la broma o la injuria verbal, la población se distrae de asuntos realmente importantes en el devenir del país y todos se vuelcan hacia un evento que puede ser, de muchas maneras intrascendente, olvidando lo medular del quehacer político de los gobernantes: la administración de los recursos públicos.
Este olvido colectivo viene a ser más grave que la burla o la injuria verbal, ya que bloquea la percepción de la población hacia los puntos importantes de la administración pública.
El caso actual ha sido el de los resbalones de Enrique Peña Nieto en sus desafortunadas respuestas, primero, hace algunos días, en la Feria Internacional del Libro, donde no fue capaz de mencionar a tres libros que hubiesen influido en su existencia, y más reciente, que no supo cuanto es el salario mínimo de los trabajadores en el país.
Esto es preocupante, porque la población se vuelca a criticar errores intrascendentes y, entonces, se olvida de percibir los verdaderos desaciertos de la administración del ex gobernador del estado de México. Tal vez Peña Nieto se mantiene estoico ante las burlas, que inclusive le favorecen, porque sabe muy bien que son distractores que no permiten fijar la atención de la población en sus verdaderas incapacidades administrativas.
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